2 de Septiembre - 2017

ANTE EL SUFRIMIENTO

Que cargue su cruz y me siga.

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas confusas sobre la actitud cristiana a adoptar ante el sufrimiento.

No es fácil hablar del sufrimiento. Nosotros sabemos decir frases hermosas sobre el sufrimiento. Yo mismo he hablado de ello con calor. Después de mi accidente aquel 24 de diciembre de 2014, he aprendido a no decir nada. Nosotros ignoramos lo que es sufrir.

Los que han sufrido intensamente, conocen la verdad que encierran estas palabras. Los demás hemos de escuchar con atención, para que nuestra reflexión sea humilde y discreta. Ante el misterio del sufrimiento poco podemos hacer si no es estar cerca de quien sufre. Hermanos, el sufrimiento rompe todas nuestras seguridades y certezas. Antes, la vida nos parecía, tal vez, sólida y tranquila: proyectos, amor, trabajo, familia, misiones… Ahora, todo nos parece vano y sin sentido.

Al mismo tiempo, el sufrimiento parece hundirnos en la soledad extrema. ¿Quién puede llegar a entendernos de verdad? Las palabras y los gestos de las personas más cercanas, quedan lejos de lo que estamos viviendo por dentro. A pesar de sus esfuerzos y su buena voluntad, hay una especie de impotencia inevitable en todos los que se acercan a aliviarnos. Uno mismo tiene que aprender a seguir siendo humano en medio de lo que parece absurdo y sin sentido.

Las reacciones ante el sufrimiento pueden ser muy variadas. Hay quienes se rebelan hasta el agotamiento y la desesperación. No pocos se dejan destruir por la angustia y la ansiedad. Otros se encierran en su propio sufrimiento aislándose de todo lo que pudiera aportarles alivio o consuelo. Hermanos, no es fácil ser dueño de sí mismo en medio del dolor.

Lo confieso con humildad, el cristiano no tiene una receta para superar el sufrimiento. Como todo ser humano se sabe frágil e impotente ante el dolor. La luz y la fuerza le llegan desde el Crucificado. En la cruz no hay teorías ni discursos hermosos. He descubierto que sólo hay un Dios que sufre en el silencio con nosotros. Un Dios Padre cercano, amigo del ser humano. Un Dios que arrastra la historia doliente de la humanidad hacia su salvación. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en el seguimiento fiel a Cristo.  De ahí las palabras de Jesús: «Quien quiera venirse conmigo… que cargue con su cruz y me siga».

Jesús se compromete con todas sus fuerzas, para hacer desaparecer de entre los hombres el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese sufrimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado y la muerte. El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. No hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás.

Jesús confía en el Padre, se pone serenamente en sus manos. Incluso, cuando la angustia le ahoga el corazón, de sus labios brota una plegaria: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Jesús es claro en su invitación: hay que tomar la cruz, hay que arriesgar la vida, hay que perder los privilegios y seguridades que nos ofrece la sociedad si queremos ser fieles al mensaje. ¿Cómo vivimos en la familia y la comunidad parroquial, la dimensión profética de nuestro bautismo? ¿Estamos dispuestos a correr los riesgos que implica el seguimiento de Jesús? ¿Conocemos personas que han vivido la experiencia del martirio por el Evangelio? ¿Ya no es tiempo para mártires, o lo es para mártires de otra manera?

Oración: Oh Dios, Amor eterno, que has engendrado a todos los seres y los envuelves en tu ternura materna. Acrecienta en nosotros una actitud de confianza en la bondad de la Vida y de la Existencia, para que seamos también creadores de Vida por Amor. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

27 de Agosto - 2017

NUESTRA IMAGEN DE CRISTO

 

¿Quién dicen que soy yo?

 

La pregunta no es fácil de responder y menos aún de transmitir. El evangelista Mateo recoge la primera de las líneas diseñadas por Jesús. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Conscientes del desafío de nuestro tiempo, necesitamos testimoniar creativamente nuestra fe, de palabra y obra. Un creyente pensante, Karl Rahner, apunta cuál debería ser el camino que hemos de seguir: “El cristiano del futuro, o será un “místico” –es decir, una persona que ha “experimentado” algo- o no será cristiano”. Quien se considere cristiano será alguien que ha experimentado de alguna manera la belleza y el amor del Dios vivo, alguien que se ha sentido atraído por Él, de manera que su fe se haya convertido en conocimiento personal, o de lo contrario su fe, será una quimera.

Lo mismo que los primeros discípulos, también los cristianos de hoy hemos de responder a Jesús para recordar de quién nos hemos fiado, a quién estamos siguiendo y qué podemos esperar de él. Cada uno hemos de ponernos ante Jesús, dejarnos mirar directamente por él y escuchar sus palabras desde el fondo de nuestro ser.

Jesús. Tú eres el Hijo de Dios vivo. Creemos que vienes de Dios. De ti podemos aprender a confiar siempre en Él, a pesar de los interrogantes, dudas e incertidumbres que nacen en nuestro corazón. ¿Quién reavivará nuestra fe en un Dios amigo, si no eres tú Jesús?

Jesús, tú eres el Mesías. Tú eres lo mejor que tenemos tus seguidores, lo más valioso y atractivo. ¿Por qué se apaga la alegría en tus seguidores, en tu Iglesia? ¿Por qué no acogemos, disfrutamos y celebramos tu presencia en medio de nosotros? Jesús, sálvanos de la tristeza y contágianos tu alegría.

Jesús, tú eres nuestro Salvador. Señor, la Iglesia que tú amas está enferma. Es débil y ha envejecido. Tú tienes la fuerza para sanar nuestra vida y encaminar la historia hacia su salvación definitiva. Jesús; si tú quieres, puedes curarnos.

Jesús, tú eres la Palabra de Dios hecha carne. Sacude la conciencia de tus seguidores. Despiértanos de una religión que nos tranquiliza y adormece. Recuérdanos nuestra vocación primera y envíanos de nuevo a anunciar tu reino y a curar la vida.

Jesús, tú eres nuestro único Señor. No queremos otros señores. No queremos sustituirte con nadie. ¿Por qué no ocupas siempre el centro de nuestras vidas, comunidades y familia? ¿Por qué te suplantamos con nuestro protagonismo? ¿Por qué seguimos tan sordos a tus palabras si son espíritu, verdad y vida? Jesús, ¿A quién vamos a ir? Tú sólo tienes palabras de vida eterna.

Jesús, tú eres nuestro Amigo. Tus has querido que tu Iglesia sea una comunidad de amigos. Nos has regalado tu amistad y tu paz. Tú estás con nosotros hasta el final. ¿Por qué tanta discordia, recelo y enfrentamientos entre tus seguidores? Jesús, danos hoy tu paz para nuestra familia, para nuestra comunidad parroquial, para nuestro país y para nuestros corazones.

Para Jesús, Dios es amor compasivo. La compasión es la manera de ser de Dios. Las tres preocupaciones principales de Jesús fueron: la salud de los enfermos, la alimentación de los hambrientos y las buenas relaciones interpersonales. ¿Quién es este hombre que, además de vivir sólo para la felicidad de los demás, se ha atrevido a sugerir que Dios se parece a él, pues sólo quiere y busca una vida más digna y dichosa para todos? A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a él. Seguir humildemente sus pasos, abrirnos con él al Padre, actualizar sus gestos de amor y ternura, mirar la vida con sus ojos, compartir su destino doloroso, esperar su resurrección y abrirnos a su Espíritu. Y sin duda, orar muchas veces desde el fondo de nuestro corazón. Creo, Señor, pero aumenta mi fe.

Padre, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu comunidad parroquial el amor a tu voluntad y la firme esperanza en tus promesas, para que en medio de las dificultades de la vida, mantenga siempre firme su confianza en Ti y goce de la verdadera alegría. Permítenos llevar esperanza, alegría, perdón y ánimo a muchas personas. Amén.

 

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

Párroco.

20 de Agosto - 2017

ALIVIAR EL SUFRIMIENTO CON LA ACOGIDA

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

Mateo escribe su evangelio cuando la comunidad se plantea una grave cuestión: ¿Qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos? Jesús sólo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Los discípulos recordaron dos cosas. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión sólo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.

Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del pueblo de los cananeos, que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. No tiene esposo ni hermanos que la defiendan. Tal vez, es madre soltera, viuda, o ha sido abandonada por los suyos.

Mateo destaca su fe. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se convirtió en su propio dolor: «Señor ten compasión de mí». Luego alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús. No acepta las exclusiones étnicas, políticas, religiosas y de sexos, en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo su soledad y abandono. Luego, Jesús se manifiesta con su humanidad: «Mujer qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Lo primero es aliviar el sufrimiento. ¿Qué hacemos los cristianos de dominicana ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado, justificando nuestro abandono, por exigencias de otros quehaceres?

Hermanos, cuando nos encontramos con una persona que sufre, la voluntad de Dios resplandece allí con toda claridad. Dios quiere que aliviemos su sufrimiento. Los testigos hemos aprendido a acercarnos al sufrimiento humano para tratar de aliviarlo. El trabajo de un misionero no es «conquistar» pueblos para la fe, sino servir abnegadamente, para liberar a las gentes del hambre, la miseria o la enfermedad.

Jesús alaba la fe grande de una mujer sencilla, que sabe suplicar su ayuda, de manera insistente. A Dios se le puede invocar desde cualquier situación. Desde la felicidad y desde la adversidad; desde el bienestar y desde el sufrimiento.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con los tantos mecanismos que nos marginan y que alejan a muchos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Una fe grande en nuestra parroquia Claret. Cuántos hombres y mujeres sencillos de nuestra comunidad parroquial saben vivir su vida de manera totalmente honrada y leal, animados por una fe profunda en Dios. Cuántos son capaces de enfrentarse al sufrimiento, la desgracia y la adversidad, sin deshumanizarse ni destruirse, apoyados en su confianza total en Dios. Cuántos saben gastarse en un servicio sencillo y callado a los demás, sin recibir homenajes solemnes ni pretender grandes aplausos, impulsados solamente por su amor generoso y desinteresado a los hermanos y su fe en el Padre de todos. Personas que se abrieron al misterio insondable de Dios. Hoy como Jesús podemos decir: «te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, al ocultar estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla».

Padre de todos los pueblos, que has escogido y llamado a todos con cariño paterno y cercanía materna. Danos el optimismo de la fe que sabe descubrir la presencia del Reino en los hombres y mujeres de todos los pueblos. Ayúdanos a hacer nuestros la esperanza y el optimismo que Jesús nos manifiesta en el Evangelio. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

13 de Agosto - 2017

EN MEDIO DE LA CRISIS JESÚS PRESENTE

Ánimo, soy yo, no tengan miedo.

Mateo escribe para la joven comunidad judeocristiana. A esta comunidad se le había enfriado el entusiasmo de los primeros tiempos. Las tensiones con los judíos eran fuertes. Algunos encontraban rechazo dentro de su propia familia y de su comunidad. ¿Se hundiría la fe de aquellos primeros creyentes? Mateo escribe para ayudar a los seguidores de Jesús a reafirmarse en su fe.

Hermanos, creer no es nada fácil. Según el texto, es «noche» cerrada, la barca de los discípulos se encuentra «muy lejos de tierra» en medio del mar, «sacudida por las olas» y con «el viento en contra». La comunidad de Antioquia estaba así. Conocían el lenguaje de los salmos: las aguas, la noche, la tempestad eran símbolos de la inseguridad, el miedo y la incertidumbre.

Nos podemos hundir  si solo nos fijamos en la «fuerza del viento» y olvidamos la presencia de Jesús. Si sabemos gritar como Pedro: «Señor, sálvame», percibiremos a Jesús como la «mano tendida» que sostiene nuestra fe. La fe es muchas veces un grito, una invocación, una llamada a Dios. La fe es un don de Dios, que hemos de acoger y cuidar con fidelidad. No olvidemos que en las crisis aprendemos a creer de verdad en Dios y en Jesús.

Dios está en el fondo de todo ser humano. El teólogo H. Von Bathasar lo expresaba de esta manera: «El hombre es un ser con un misterio en su corazón que es mayor que él mismo». Algunos rechazan la presencia de Dios en su vida. No sienten la necesidad de nadie para resolver su existencia. Otros intuyen que Dios les puede traer complicaciones, y ellos quieren tranquilidad.

El creyente vive la experiencia diferente. Sabe que el ser humano no se basta a sí mismo. En su corazón brota la confianza. Y en lugar de teorizar se pone a escuchar, en vez de caminar solo por la vida, se deja acompañar por una presencia misteriosa, en vez de desesperar se abre confiadamente al amor de Dios. Hermanos, cada hombre tiene una plegaria propia, igual que tiene un alma que le pertenece. Lo que necesitamos es encontrar nuestro camino hacia Dios, encontrar nuestra propia oración. La duda puede ser una ocasión propicia para purificar más nuestra fe, enraizándola de manera más viva y real en el mismo Dios. Todo cambia, si en el fondo del corazón se despierta la confianza en Dios.  Lo más importante, lo más decisivo de nuestro ser está a salvo. Dios es una puerta abierta que nadie puede cerrar.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir”, dentro de nuestro país, en nuestras comunidades, en nuestra familia, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús, en el interior de nuestra sociedad y de nuestros días?

Damos la bienvenida a los hermanos que han realizado el Retiro de Emaús Claret. Ustedes han tenido un primer encuentro con la persona de su vida. Jesús camina al lado, pero, en muchas ocasiones no lo vemos. Ustedes se han convertido en faros del Espíritu Santo, que iluminan a las personas del entorno, familiar y parroquial. Emaús es un camino de peregrinaje. Así es nuestra vida de fe. Se trata de encontrarse con Jesús, al que tantas veces no reconocemos en nuestra vida, tan vacía y tan llena de cosas materiales. Gracias por ser parte de nuestra comunidad.

Padre, Fuerza Viva, Creadora, que nos atraes sin manifestarte. Haznos sentir tu presencia en la profundidad de todo lo que existe, en la naturaleza pero también en la historia, en la tierra como en el cielo, en el pasado como en el futuro, en nuestra religión como en la de todos los pueblos. Nosotros te hemos sentido especialmente cerca en Jesús de Nazaret, y en el mismo Espíritu que él ha manifestado, te sentimos presente, a ti y a todo lo que existe. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF
Párroco

6 de Agosto - 2017

HUMANIZAR NUESTROS MIEDOS Y CONFECTOS

Este es mi hijo amado… Escúchenlo.

Los hechos más importantes de nuestra vida acontecen dentro de nosotros. En lo secreto del corazón, en la mirada insondable de Dios. Ahí se recompone nuestro ser, tal vez roto y maltratado por la vida. Se decide la orientación que queremos dar a nuestra existencia, se despierta de nuevo la luz y el aliento.

¿Qué le está pasando al hombre dominicano de hoy? Nunca antes había tenido tantos conocimientos para controlar la vida, ni había poseído tantos recursos técnicos y científicos para resolver sus problemas. Sin embargo, el hombre actual sigue viviendo con muchos miedos. Según no pocos estudiosos, más inseguro y amenazado que en épocas anteriores, anidando en su interior todo tipo de temores, a veces sin razón aparente. ¿Por qué se escucha a tantos esa extraña frase: «Todo me da miedo»? Son miedos concretos: locura, enfermedad, vejez, muerte, fracaso, desamor, soledad. El miedo es probablemente lo que más paraliza a los cristianos, en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos.

Hay miedo a lo nuevo, como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el Concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma» pues, «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto, que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia, no es tanto un Espíritu de renovación, como un instinto de conservación. Miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación». Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús.

Todos nos podemos ver sacudidos por la crisis. No sabemos lo que sucede, pero nos sentimos mal. La paz ha desaparecido de nuestro corazón. Nada logra iluminarnos por dentro. Nadie consigue alentarnos desde fuera. Pero dentro de toda crisis, surge algo de suma importancia: nuestro deseo de encontrar paz, luz y vida. Todo nos está llamando a vivir. Lo que necesitamos es ir a lo esencial. Sentirnos «acogidos» de manera incondicional. Saber que, en el fondo de todo, Dios está protegiendo nuestra vida. Él nos acepta tal como estamos: con nuestra fragilidad, frustraciones, errores y heridas. Podemos confiar en él sin temor a ser juzgados o avergonzados. Dios no quiere vernos sufrir.

Necesitamos, luz. Una luz que puede emerger precisamente con más hondura es esos momentos de sufrimiento interior. Sabernos acogidos por Dios nos puede ayudar a aceptarnos con nuestras sombras y heridas. Consolados por la misericordia de Dios, podemos dejarnos iluminar hasta el fondo, reorientar nuestra vida e iniciar humildemente un camino más auténtico.

Hay personas que nos pueden ayudar mucho desde fuera con su acogida y su luz, pero nadie como ese amigo y maestro interior de vida, que es Jesús. El relato evangélico nos habla de unos discípulos que se sobrecogen y asustan al verse «envueltos en una nube» que lo oscurece todo. Pero, desde el interior mismo de la nube, escuchan una voz que los orienta hacia Jesús: «Este es mi Hijo… escúchenlo a él». Escuchando a Dios, descubrimos nuestra pequeñez y pobreza, pero también nuestra grandeza de seres amados infinitamente por él.

Cada uno es libre para caminar por la vida escuchando a Dios o dándole la espalda. Pero, en cualquier caso, hay algo que todos hemos de recordar, aunque resulte escandaloso y contracultural: vivir sin un sentido último es vivir de manera «insensata»; actuar sin escuchar la voz interior de la conciencia es ser un «inconsciente».

Hermanos hoy no es posible crecer como persona, sin alimentar constantemente el espíritu. Como tampoco es posible ser creyente sin escuchar y acoger interiormente la Palabra de Jesucristo. Quien desee dar un sentido humano y cristiano a su vida, ha de cuidar con esmero en qué fuentes alimenta su existencia. Para los creyentes «sólo él es el camino, la verdad y la vida”. Siguiéndole a él, hallamos el verdadero camino en la existencia, conociéndolo, encontramos nuestra verdad, esperando en él, alcanzamos la plenitud de la vida. Podemos vivir cada día haciendo un mundo más humano.

Dios, Padre nuestro: en tu Hijo transfigurado, alentaste la esperanza de los discípulos, para que aceptasen el misterio de que sólo la Cruz del esfuerzo es el camino que lleva a la vida; te pedimos que fortalezcas también en nosotros la fe en la Resurrección, de modo que seamos decididos,  a la hora de entregar nuestra vida a la causa del Reino y al servicio a los hermanos. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

30 de Julio - 2017

LA DECISIÓN DE CREER EN EL REINO DE DIOS

Lleno de alegría…

Un tesoro sin descubrir. Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecen indiferentes. Quería sembrar un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto? Jesús estaba comunicando su experiencia de Dios: lo que había transformado por entero su vida. Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz porque la persona va descubriendo por dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a San Agustín: «Sólo lo que hace bueno al hombre puede hacerle feliz».

  1. Fromm escribe: «Nuestra cultura lleva una forma difusa y descentrada de vivir que casi no registra paralelo en la historia. Se hacen muchas cosas a la vez… Somos consumidores con la boca siempre abierta, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo… Esta falta de concentración se manifiesta en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos». Necesitamos tres cosas: luchar contra la dispersión, vivir las cosas desde dentro y recuperar la paz.

Necesitamos más que nunca orar, hacer silencio, curarnos de tanta prisa y superficialidad, detenernos ante Dios, abrirnos con más sinceridad y confianza a su misterio. Y decir como Pedro «Señor, ¿Dónde quién vamos a ir? En tus palabras hay vida eterna».

La Alegría de creer. Son muchos los hombres y mujeres que parecen condenados a nunca entender el evangelio como fuente de vida, esperanza y alegría. Nuestra cultura dominicana necesita de alegres testigos de la fe. Capaces de disfrutar, celebrar y gozar de su fe en Dios. Creyentes que, a pesar de sus crisis, dudas y luchas dolorosas, puedan hablar de su experiencia gozosa de Dios. Capaces de «cavar» pacientemente en la vida, ahondar en lo profundo de todo lo humano, y descubrir «llenos de alegría». el tesoro escondido de Dios. Sólo desde la alegría de la fe, se puede tomar la decisión de vivir con sinceridad sus exigencias. Sólo el que encuentra el tesoro escondido es capaz de venderlo todo por adquirirlo.

¿Por qué hoy escasean tanto en nuestra sociedad dominicana, esos creyentes llenos de vida y de alegría? Necesitamos no quedarnos en fórmulas externas ni en cumplimiento de ritos, sino ahondar en nuestras vivencias, descubrir las raíces más profundas de nuestra fe, la que nos enseñaron nuestros padres y abuelos, abrirnos con paz a Dios, tener el coraje de abandonarnos a él. Entonces descubriremos, quizás por vez primera y sin que nos lo digan otros desde fuera, cómo Dios puede ser fuente de vida y gozo arrollador. Entonces sabremos que la renuncia y el desprendimiento no son un medio para encontrarnos con Dios, sino la consecuencia de un hallazgo que se nos regala por sorpresa.

Felicito a todos los papás dominicanos en su día. No olviden apreciados padres que el encuentro con Dios es siempre creador y transformador. En la vida de ustedes hay momentos malos, de oscuridad y vacío, pero quien se ha encontrado de verdad con Dios ya no lo olvida.  Busquen un momento para pedir la sabiduría de Dios para escuchar a la esposa y a los hijos. Saquen de su corazón lo nuevo, como es el amor y la paciencia, y de lo antiguo, las tradiciones y los valores que aprendieron de sus padres.

Como padre dominicano, hoy te pido Señor: dame un poco de sol, un poco de trabajo y un poco de alegría. Dame un alma que ignore el aburrimiento, los lamentos y los suspiros. Dame humor para sacar un poco de felicidad de esta vida y así ayude a los demás. Enséñame a comprender los sufrimientos sin ver en ellos una maldición. Dame sentido común, que lo necesito mucho. Hazme bueno Señor; un alma desprendida, tranquila, apacible, caritativa, benévola, tierna y compasiva. Que tenga en todas mis acciones, en todas mis palabras y en todos mis pensamientos, el gusto de tu Espíritu Santo. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

23 de Julio - 2017

DIOS CONOCE A LOS SUYOS POR SU NOMBRE

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Solemos dividir y “organizar” la sociedad con criterios: buenos y malos. Jesús llama a la apertura de mente y de corazón para acoger con esperanza a quienes nos parecen diferentes. Necesitamos apertura para acoger con actitud de pluralismo asimilado, la diferencia que estará presente en nuestra humanidad.

La parábola de la cizaña no ignora la presencia del mal en la historia; la reconoce Jesús en el enemigo que siembra la cizaña en el campo. Pero sólo a Dios le corresponde juzgar, con su inmensa justicia y misericordia a cada ser humano, como sólo Él lo sabe hacer. Muchas veces, por creernos con el poder y la autoridad, nos atribuimos en nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan unos de otros.

Hemos de ver que la tarea de los seguidores de Jesús no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto de humanidad del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Buena Noticia, con pequeño “fermento” de vida humana.

La segunda parábola, el grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero cuando crece, se convierte en la mayor de las hortalizas. El proyecto de Dios tiene unos orígenes muy humildes. La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia, no es nada grandioso y espectacular. Los cristianos de hoy podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve a cometer los mismos horrores de siempre. Y nos cuesta ver el lento crecimiento del reino de Dios.

La tercera parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Y sin que nadie lo sepa, la masa trabaja silenciosamente hasta fermentarla. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Él humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa, libre y fraterna.

Hemos de confiar más en Jesús. Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los que no tienen nada en nuestro país, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de amor, y más humilde para vivir en medio de los necesitados, como fermento de una vida digna y fraterna.

Aprenderemos a vivir la fe de manera humilde, sin hacer mucho ruido ni dar grandes espectáculos. Y no cultivaremos tantos deseos de poder ni de prestigio. Caminaremos en la verdad de Jesús. Pasaremos la vida haciendo el bien.

Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos de Jesús. Para seguir a Jesús no hay que soñar en cosas grandes. El ideal es el arbusto de mostaza que crece junto a los caminos y acoge. Dios no está en el éxito, el poder o la superioridad. Para descubrir su presencia salvadora, hemos de estar atento a los pequeños, a lo ordinario y cotidiano.

No se trata de acallar nuestra conciencia crítica, sino de saber asumir nuestra propia responsabilidad, sin ver siempre en los demás «cizaña» que hay que arrancar y en nosotros «trigo limpio» que hay que respetar. Tenemos que respetar siempre la dignidad del otro. Nadie ha de «arrancar» la vida de ningún ser humano sólo por considerarla cizaña, mientras uno se autoproclama «trigo limpio».  Quien es testigo de Jesús sabe que no es lo mismo «poseer fe» que creer en Él y caminar con los ojos fijos en sus pasos. El reino es un «fermento» de humanidad y crece en cualquier rincón oscuro del mundo, donde se ama al hombre y donde se lucha por una humanidad más digna, para vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar, perdonar y ser.

Padre, que vienes hasta nosotros en Jesús de Nazaret, en su palabra y sus obras; queremos darte las gracias por esa presencia tuya en medio de nosotros; que ella nos ayude a profundizar en nuestra vida cristiana, para que tengamos una fe sencilla que nos haga vivir conforme a lo que creemos. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

16 de Julio - 2017

SEMBRAR LA PALABRA CON FE EN EL CORAZÓN

Para entender esta parábola, hay que tener en cuenta que en las culturas del antiguo Oriente, “palabra”  no era meramente un “signo” que transmite una “idea, sino una “fuerza” que transmitía una “realidad”. Lo que Jesús explica es el por qué, muchas veces la palabra no es fuerza, sino que frustra, y por eso resulta ineficaz.

La parábola del sembrador es una invitación a la esperanza. Jesús «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse, durante «mucho rato», a sembrar el Evangelio entre toda clase de personas.

Salir de nuestra casa. Hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con otros, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo. Esta “salida” hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús, el cual les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Antes de anunciarles el Evangelio a otros, hemos de acogerlos dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y en nuestras vidas. Una Iglesia en la que no se vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.

Las luces espirituales que hay en nuestras comunidades, se  están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a “sobrevivir”,  más que a sembrar vida nueva. Amigos, hemos de despertar nuestra fe. Hemos de aprender a sembrar con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio, escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo.

Jesús sembraba con el realismo y la confianza de un labrador de Galilea. Todos sabían que, en más de un lugar de aquellas tierras tan desiguales, la siembra se echaría a perder. Pero eso no desalentaba a nadie; ningún labrador dejaba por ello de sembrar. Lo importante era la cosecha final. Algo semejante ocurre con el reino de Dios. No faltan obstáculos y resistencias, pero la fuerza de Dios dará su fruto. Sería absurdo dejar de sembrar. Necesitamos sembrar palabras de esperanza y gestos de compasión.

El Papa Francisco dice que cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

 Dios ha sembrado su palabra en mi vida. ¿Cómo la he acogido yo? ¿Se ha secado o ha fructificado? ¿Cuánto, cómo? ¿Aun descubrimos en nosotros esa fuerza, que no proviene de nosotros y que nos invita sin cesar a crecer, a ser más humanos, a transfigurar nuestra vida, a edificar unas relaciones nuevas entre las personas, a vivir con más transparencia, a abrirnos con más verdad a Dios?

Señor, que la luz de tu Palabra sea siempre guía en nuestra vida, y que tu amor germine en nosotros, para que podamos dar frutos de vida entre nuestros hermanos, de modo que todos alcancemos la libertad, el gozo y la paz. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

 

9 de Julio - 2017

EL ARTE DE DESCANSAR DE LOS SENCILLOS

Las tres llamadas de Jesús que hemos de escuchar, pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces se respira en nuestras familias y comunidades.

La primera llamada. «Vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré». Hay cansancios típicos de la sociedad actual, que no se curan con las vacaciones de verano. Cansancios que nacen de saturación. Vivimos un exceso de actividades, relaciones, citas encuentros, comidas. Estamos en todas partes, siempre localizables, siempre «conectados». Necesitamos aprender a «ordenar» nuestra vida. Elegir lo importante, dedicar tiempo a lo que nos da paz interior y sosiego. No son pocos los cristianos que viven agobiados por su conciencia. No son grandes pecadores, sencillamente han sido educados para tener siempre presente su pecado y no conocen la alegría del perdón de Dios. Si se encuentran con Jesús, vivirán aliviados, aprenderán a vivir a gusto con Dios, descubrirán una alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús, no por obligación sino por atracción.

Encontrar descanso. Vivimos sometidos a un duro ritmo de trabajo, que nos va desgastando a lo largo del tiempo. Somos más importantes que nuestro trabajo, oficio, cargo o profesión. Somos seres humanos hechos para vivir, amar, reír, ser. Queremos tenerlo todo, acapararlo y disfrutarlo todo. Y nos hacemos rodear de mil cosas superfluas e inútiles, que ahogan nuestra libertad y espontaneidad.  Pero, ¿qué es descansar? Descansar es reconciliarse con la vida; disfrutar de manera sencilla, cordial y entrañable, del regalo de la existencia, hacer la paz en nuestro corazón, limpiar nuestra alma, reencontrarnos  con lo mejor de nosotros mismos. No hay que recorrer largas distancias para encontrar descanso. Basta con recorrer la que nos lleva a encontrar la paz de nuestro corazón. Necesitamos salir al aire libre y encontrarnos con la naturaleza, salir de nuestros egoísmos y mezquindades, y abrirnos a la vida y a las personas. Es descubrir que uno está vivo, que puede mirar con ojos más limpios y desinteresados a la gente, que es capaz de enamorarse de las cosas sencillas y buenas, y, que uno se puede tomar  tiempo para ser feliz.

No se puede descansar cuando la insatisfacción, la tristeza, el miedo, el remordimiento o la culpabilidad nos amenazan. ¿Cómo transformar todo esto en paz? ¿Cómo dejarnos iluminar en lo más hondo de nuestro ser? ¿Cómo acoger de nuevo la energía de la vida?

Un Dios acogido en nuestra vida, no como ser  abstracto e impersonal, sino como amigo querido y cercano, es camino de pacificación, de iluminación interior, de unificación de todo nuestro ser, de perdón y liberación de nuestras contradicciones, errores y faltas. Abrirnos a Dios es encontrar descanso verdadero. Al organizar nuestras vacaciones, sepamos escuchar en las palabras de Jesús, la llamada de ese Dios amigo.

La segunda llamada. «Carguen con mi yugo porque es llevadero y mi carga ligera». Jesús no agobia a nadie. Libera lo mejor que hay en nosotros pues nos propone vivir haciendo la vida más humana, digna y sana. Jesús libera de miedos y presiones,  hace crecer nuestra libertad, despierta nuestra confianza, nos trae hacia el amor y nos invita a vivir haciendo el bien.

La tercera llamada. «Aprendan de mí y que soy manso y humilde de corazón y encontraran descanso». Hemos de aprender de Jesús a vivir como él. Jesús no complica nuestra vida.  La hace más clara y sencilla, más humilde y sana. Entiende nuestras dificultades y nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos siempre a levantarnos. Me entristece ver a tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia, viven “perdidos”, sin saber a qué puerta llamar. Están necesitados de un contacto más vital con Jesús, para obtener  aliento, descanso y paz.

Gente sencilla. Siempre que he tenido la oportunidad de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, tiene un alma humilde y limpia. Son gente que vive dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males, saben vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón siempre brota la alabanza al Creador. Por eso, Jesús da gracias a Dios delante de todos, por las gentes sencillas.

Te pedimos que también a nosotros nos des un corazón de pobre, un amor a la Causa de los pobres,  el desprendimiento necesario para no dejarnos atar por intereses egoístas, y que siempre sepamos captar el sentido de “estas cosas” que revelas a los sencillos.

JUAN ANDRÉS HIDALGO LORA, CMF

2 de Julio - 2017

LA MIRADA PUESTA EN JESÚS

La familia para Jesús. Los creyentes hemos defendido la «familia» en abstracto, sin detenernos a reflexionar sobre el contenido concreto de un proyecto familiar, entendido y vivido desde el Evangelio. Sin embargo, no basta con defender el valor de la familia sin más, porque la familia puede plasmarse de maneras muy diversas en la realidad. Hay familias abiertas al servicio de la sociedad y familias replegadas sobre sus propios intereses. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad. Familias liberadoras y familias opresoras. Jesús ha defendido con firmeza la institución familiar y la estabilidad del matrimonio, y ha criticado duramente a los hijos que no se ocupan de sus padres. Si la familia se convierte en piedra de tropiezo para seguir a Jesús, exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí». Cuando la familia impide la solidaridad y la fraternidad con los demás, y no deja a sus miembros trabajar por la justicia querida por Dios entre los seres humanos, Jesús exige libertad crítica, aunque esto traiga tensiones y conflictos familiares. Por eso pregunto: ¿Son nuestros hogares, escuela de valores como la fraternidad, la búsqueda de una sociedad más justa, la austeridad, el servicio, la oración, el perdón y el amor?

Dispuesto a sufrir, llevar la Cruz. Jesús no quería ver sufrir a nadie. El sufrimiento es malo. Jesús nunca lo buscó, ni para sí ni para los demás; luchó toda su vida contra el sufrimiento. Los evangelios lo presentan siempre, combatiendo el sufrimiento que se esconde en la enfermedad, en las injusticias, en la soledad, en la desesperanza o en la culpabilidad. Así fue Jesús: un hombre dedicado a eliminar el sufrimiento, suprimir injusticias y contagiar fuerza para vivir. En varias ocasiones, empleó una metáfora inquietante, que Mateo ha resumido así: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». Llevar la cruz no es buscar «cruces», sino aceptar la «crucifixión», que nos llegará al seguir los pasos de Jesús.

Saber dar. El que dé a beber. Me pregunto, ¿qué es dar? Es la expresión más rica de vitalidad, de fuerza y poder creador. Cuando damos de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en un grado muy modesto; el amor hace que la vida merezca ser vivida, ayudar a los demás, produce una gran alegría de vivir. Hermano, dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico; es una persona disminuida, impotente, empobrecida, por  mucho que posea. En realidad, sólo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás, enriqueciendo a otros. Jesús nos dice que no quedará sin recompensa, ni siquiera el vaso de agua fresca que demos a un pobre sediento. Tenemos que aprender a dar; regalar lo que está vivo en nosotros y que puede hacer bien a los demás: dar nuestra alegría, nuestra comprensión, aliento, esperanza, acogida y cercanía. Con gestos sencillos como una sonrisa acogedora, un escuchar sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. Nunca lo olvidemos, hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo acto de amor, por pequeño que nos parezca. ¿No es un gesto noble y hermoso, poder regalar vida y amor a otro, aun cuando termina la nuestra?

Te damos gracias, Padre, por todas las cosas buenas que nos das en la vida, y te pedimos que fortalezcas nuestros corazones, para que pongamos nuestro amor a Ti por encima de todo lo demás, de modo que sepamos aceptar la Cruz, por servir a los hermanos.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

22 de Junio - 2017

CONFIAR EN EL DIOS DE JESÚS

No teman a los que matan el cuerpo.

Nuestro corazón está lleno de inquietudes, miedos e inseguridades. Las fuentes cristianas presentan a Jesús, dedicado enteramente a liberar a la gente del miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de las autoridades, intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por temor a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón lleno de Dios, emanaba un deseo: «no tengan miedo».

El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser humano, y solo nos podemos liberar de él, enraizando nuestra vida en un Dios, que únicamente busca nuestro bien. Tal vez, lo primero es detenernos a experimentar a Dios, nada más  como amor. Todo lo que nace de él es amor. De él solo nos llega vida, paz y bien. Yo me puedo apartar de él y olvidar su amor, pero él no cambia. El cambio solamente se produce en mí. Él nunca deja de amarme.

Puedo ahora pensar en mi vida. ¿Qué me pide Dios?, ¿qué espera de mí? Solo  que aprenda a amar. No sé en qué circunstancias me puedo encontrar y qué decisiones tendré que tomar, pero Dios tan solo espera de mí, que ame a las personas y busque su bien, que me ame a mí mismo y me trate bien, que ame la vida y me esfuerce por hacerla siempre más digna y más humana para todos. Que sea sensible al amor. Amando acertaré.

Así lo veía Jesús. Por eso, se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las personas. Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz. Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias.

Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace daño, mucho daño. Donde crece el miedo, se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.

Una comunidad de seguidores de Jesús debe ser, antes que muchas otras cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad, donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable, que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús.

Hay algo que no debo olvidar. Nunca estaré solo. Todos «vivimos, nos movemos y existimos» en Dios. El será siempre esa presencia comprensiva y exigente que necesito, esa mano fuerte que me sostendrá en la debilidad, esa luz que me guiará por sus caminos. Él me invitará siempre a caminar y decir «Sí» a la vida. Un día, cuando termine mi peregrinación por este mundo, conoceré junto a Dios, la paz y el descanso, la vida y la libertad.

La consecuencia de la confianza en Dios es la paciencia, ese arte de asumir la adversidad y resistir a la agresividad del mal, sin perder la propia dignidad ni destruirse. La palabra «paciencia», en el primitivo lenguaje griego de las primeras comunidades cristianas, se dice «hypomone», y significa literalmente «permanecer en pie» soportando el mal de cada día. Esa es la actitud secreta de quien pone su confianza última en Dios.

Les bendigo y que la gracia del Señor Jesucristo esté con ustedes.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

16 de Junio - 2017

DIOS SE COMPADECE

Llamando a sus doce discípulos, los envió.

 

Las lecturas de este domingo, nos dicen que Dios es compasivo con los hombres, es decir, que Dios siente dolor por el mal de la humanidad, y ese sentimiento lo mueve a ayudarlo a solucionar sus problemas. Dios nos ama y se compadece de nosotros.

Dios salva y quiere que su salvación llegue a todos, a través de los ya salvados. Este podría ser el resumen del mensaje de este domingo.

 

El Evangelio de san Mateo nos dice que, Jesús se compadeció de las multitudes, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. También hoy, Jesús siente lástima ante la desorientación, el abandono, las calamidades, ante los sufrimientos existentes en nuestro mundo.

 

Como ovejas sin pastor.  Así viven muchas personas, sobre todo jóvenes, en nuestra dominicana y en el mundo actual. Un mundo que algunos describen como un náufrago en el mar que, agarrado a una tabla, no tiene brújula que lo oriente, ni timón que lo dirija.

Nuestra cultura actual promueve la desorientación; los dirigentes sociales y culturales se sienten incapaces de orientar a la sociedad. Hay mucha tarea por hacer. La vida es un caminar, pero hacia una meta, el ser humano ha de   ser siempre un buscador y no un conformista.

Necesitamos hoy personas que, desde la fe, orienten a nuestro país y nos indiquen por dónde tenemos que ir en la vida. Necesitamos auténticos cristianos, no líderes que se imponen e imponen sus ideas a la fuerza.

Sigue habiendo mucho que hacer en nuestro país. No podemos conformarnos con disfrutar de lo que tenemos y de los logros materiales, sociales, tecnológicos y humanos que hemos conseguido. Hay que seguir haciendo un país más humano y mejor para todos.  Seguir sembrando todo aquello, que algunos hemos tenido la suerte de alcanzar: la fe, la esperanza, la experiencia de Dios, la solidaridad, entre otros dones.

Nuestra sociedad dominicana necesita de auténticos cristianos que, con su vida, enseñen que Jesús está vivo entre nosotros y que el Evangelio sigue siendo actual, para vivir con dignidad, confianza, esperanza y alegría.

Jesús sentía compasión por los hombres y mujeres que se acercaban a Él con sus problemas materiales y espirituales.  Por lo tanto, la Iglesia y cada uno de nosotros, siguiendo las huellas de Jesús, tenemos que pasar por esta tierra haciendo el bien, tanto material como espiritual.

“La cosecha es mucha y los trabajadores pocos”;  Jesús pide cristianos comprometidos que trabajen por el mundo. Hoy el Señor, te está llamando por tu nombre para que le respondas. No podemos seguir creyendo que este país va a mejorar, si como cristianos somos indiferentes ante sus necesidades. Hoy, Jesús te necesita, ¿Cuál es tu respuesta?

En tiempo de Jesús, se sintieron liberados del demonio, de las enfermedades, de sus pecados. ¿Qué liberación esperamos hoy? ¿Quién nos salva? ¿De qué nos tiene que salvar?

 

En una ocasión Jesús dijo, “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo”. La salvación es pues, toma de conciencia, descubrimiento de una realidad que ya está ahí. El tesoro escondido en el campo.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

 

 

11 de Junio - 2017

CONFIAR EN LA TRINIDAD

Tanto amó Dios al mundo.

Queridos hermanos y hermanas:

El misterio del Padre es amor entrañable y perdón continuo. Nadie está excluido de su amor, a nadie le niega su perdón. El Padre nos ama y nos busca a cada uno de sus hijos e hijas, por caminos que sólo él conoce. Mira a todo ser humano con ternura infinita y profunda compasión. Por eso, Jesús lo invoca siempre con una palabra: “Padre”.

¿Cómo vivir ante el Padre? Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno. Nos quiere sin fin. Nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último de todo. En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues sólo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad, desde la fe en un Dios Padre.

¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado? En primer lugar, seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante. En segundo lugar, colaborar en el Proyecto de Dios, que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran, Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este Proyecto que Jesús llama “reino de Dios” es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.

¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo? En primer lugar, es vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias. En segundo lugar, quien vive “ungido por el Espíritu de Dios”, se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.

Acoger el Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús, es acoger dentro de nosotros la presencia invisible, callada, pero real del misterio de Dios. Cuando nos hacemos conscientes de esta presencia continua, comienza a despertarse en nosotros una confianza nueva en Dios.

Hermanos, no olvidemos que nuestra vida es frágil, llena de contradicciones e incertidumbre; creyentes y no creyentes, vivimos rodeados de misterio. Pero la presencia, también misteriosa del Espíritu en nosotros, aunque débil, es suficiente para sostener nuestra confianza en el Misterio último de la vida que es solo Amor.

Invoco la bendición de Dios sobre su camino de hoy y de mañana, y a todos les encomiendo «a la gracia de nuestro Señor Jesucristo, al amor de Dios y a la comunión del Espíritu Santo» (2 Co 13, 13). Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

2 de Junio - 2017

EL ALIENTO DE FUEGO

 

«La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así yo los envío a ustedes.

Reciban el Espíritu Santo».

Señor, hoy celebramos ese gran regalo que Tú nos haces a todos y a cada uno de los seres humanos y que es tu Espíritu Santo.

Orar no es tan difícil: Hay preguntas que fácilmente le brotan a uno, en esta fiesta de Pentecostés: ¿Podemos aprender a abrirnos al Espíritu? ¿Podemos recuperar el gusto por la oración? ¿Qué puede hacer hoy, una persona que desea encontrar a Dios y no tiene quien le enseñe a orar?

Si yo no encuentro a Dios dentro de mí, difícilmente lo encontraré fuera. Si, por el contrario, puedo percibirlo en mi interior, lo podré descubrir en medio de la vida.

Entonces, para abrirme a Dios, he de adoptar siempre una actitud de confianza y amistad. Dios me ama, me entiende y me perdona, como yo mismo no soy capaz de amarme, entenderme y perdonarme.

Ante Dios me presento tal como soy en realidad. Dejando a un lado ese «personaje», que trato de ser ante los demás o que los demás creen que soy. Dios me conoce y me mira con amor. No tiene sentido tratar de defenderme, engañarle o camuflarme.

Ante Dios he de estar yo, todo entero, con mi cuerpo relajado, un espíritu atento y una respiración en calma. Yo, con lo que siento y vivo en ese momento. Con mis deseos y necesidades. Con mis miedos, alegrías y sufrimientos.

En la oración casi siempre comenzamos por hablar nosotros a Dios, cuando lo más importante y decisivo es escuchar. Escuchar lo que brota dentro de nosotros. Hacer silencio para percibir la presencia amorosa y gozosa de Dios.

Hermanos, todo lo que es parte de mi vida puede ser ocasión de oración. Una alegría, un dolor, un éxito, un fracaso, un problema, una necesidad, un momento feliz. Así la oración se hace a veces invocación, a veces acción de gracias, otras, alabanza o petición de perdón.

Amigos, no se necesita hablar mucho ante Dios. Bastan unas pocas palabras, repetidas una y otra vez, despacio y con fe: «Dios mío, te necesito». «Tú conoces mi debilidad». «Enséñame a vivir». «Tú sólo eres grande y bueno». «Ten compasión de mí que no soy capaz de cambiar». «Te doy gracias porque nos amas». «Tu fuerza me sostiene siempre». «Guíame por el camino recto». «Despierta en mí la alegría». «Enséñame a orar».

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirlo antes. Ahora sabe por qué es posible creer, incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios, en medio de la agitación y la frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

Curarse por dentro: La verdadera seguridad y curación nace de la experiencia de saberse amado. El hombre se siente salvado, cuando vive la experiencia de que es aceptado y amado incondicionalmente. No se trata de que sea amado porque soy bueno, santo y sin pecado. Soy amado por Dios, tal como soy, con mis pecados y mediocridad. Soy amado aunque no cambie. Fue la experiencia de los primeros creyentes: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5). Una experiencia que nos ayuda a liberarnos de las tantas fijaciones negativas que pueblan nuestro espíritu. Una experiencia que nos trabaja silenciosamente desde dentro y nos defiende de la destrucción. «Ven, Espíritu Santo y sana en nosotros lo que está enfermo».

¿Cómo no gritar con fuerza: «¡Ven, Espíritu Santo! Ven a tu Iglesia. Ven a liberarnos del miedo, la mediocridad y la falta de fe en tu fuerza creadora»? No hemos de mirar a otros. Hemos de abrir, cada uno, nuestro propio corazón.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

28 Mayo - 2017

AMOR Y FIESTA

Yo estoy con ustedes.

La Ascensión, es para el creyente una llamada a «seguir esperando», a pesar de las decepciones, desengaños y desalientos, que de continuo, amenazan nuestro caminar hacia el hogar definitivo. Es un buen día, para escuchar la Carta de Santiago 5,7ª: « Tengan paciencia hasta que llegue el día del Señor». Hoy se habla poco de la paciencia, tememos caer en una postura de resignación o debilidad, indigna del ser humano. Olvidamos que, según San Pablo, la paciencia engendra esperanza (Rom 5, 4).  Hemos de recordar sobre todo, que la paciencia se opone a esa prisa y ansiedad, que nos hace vivir inquietos y agitados, siempre corriendo, aunque no sepamos muy bien hacia donde. Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida. Cada cosa tiene su tiempo.

El Evangelista Mateo concluye con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener su fe a lo largo de los siglos.

Los discípulos, siguiendo las indicaciones de las mujeres, se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su amistad con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo, colaborando en su proyecto del reino de Dios. Lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Ahora vienen, sin saber con qué se pueden encontrar.

Hermanos, el encuentro con el Resucitado no es fácil. Al verlo llegar, los discípulos «se postran» ante él; reconocen en Jesús algo nuevo; quieren creer, pero «algunos vacilan». El grupo se mueve entre la confianza y la tristeza. Lo adoran, pero no están libres de dudas e inseguridad. Los cristianos de hoy los entendemos. A nosotros nos sucede lo mismo.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El resucitado ha recibido del Padre, la autoridad del Hijo de Dios, con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él, no vacilarán. Jesús no les reprocha nada. Los conoce desde que los llamó a seguirlo; su fe sigue siendo pequeña, pero confía en ellos a pesar de sus dudas y vacilaciones. Desde esa fe pequeña y frágil, anunciarán su mensaje en el mundo entero. Así sabrán acoger y comprender a quienes vivirán una fe vacilante. Jesús los sostendrá a todos.

La tarea fundamental que les confía es clara: «Hacer discípulos» suyos en todos los pueblos. Les manda a trabajar, para que en el mundo haya personas que vivan como discípulos de Jesús. Seguidores que aprendan a vivir como él. Que lo acojan como Maestro y no dejen nunca de aprender a ser libres, justos, solidarios, constructores de un mundo más humano.

En ese caminar, los creyentes sabemos que no estamos solos. Nos acompaña el Resucitado. Su presencia nos sostiene, sus palabras nos llenan de nuevo aliento: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».

El amor es la experiencia más honda del ser humano. Poder amar y poder ser amado de manera íntima, plena, libre y total: ésa es la aspiración más radical que espera cumplimiento pleno. Si el cielo es algo, ha de ser la experiencia plena del amor: amar y ser amados, conocer la comunión gozosa con Dios y con las criaturas, experimentar el gusto de la amistad y el éxtasis del amor en todas sus dimensiones. Es donde se goza el amor  y nace la fiesta.

Acompañando a distintas personas enfermas, me he dado cuenta de que no hay manera más humana de morir, que la de quien se despide dando gracias por la vida (a pesar de todo lo malo), y pidiendo perdón por la mediocridad y miseria que uno lleva consigo. Más aún. Pienso que toda persona, cualquiera que haya sido su trayectoria religiosa o moral, puede morir abandonándose confiadamente al Misterio último de la existencia. El creyente vive esto desde la fe en Dios. No se abandona a la oscuridad, al vacío o la nada. Se confía a un Padre. En El está la última verdad. «Él es el único que me ama tal como soy. Vuelvo a Él. Ahora seré plenamente comprendido, liberado de la culpa, definitivamente aceptado y perdonado».

Felicidades a las madres de Nuestra Parroquia. Deberíamos, todos los días, agradecerles el enorme esfuerzo que hacen por nosotros. Cuando le damos cariño y amor a Mamá, es siempre un momento maravilloso. La vida me dio el regalo de poder llamarte mamá. Bendiciones en tu día Madre.

 

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

21 Mayo - 2017

NO APARTARNOS DE LA VERDAD

El Espíritu de la verdad

No hay una experiencia tan misteriosa y sagrada, como la despedida del ser querido que se nos va más allá de la muerte. Por eso el evangelio de Juan trata de recoger, en la despedida última de Jesús, su testamento. Ciertamente,  los humanos somos bastante complejos, cada individuo es un contraste de deseos y frustraciones, ambiciones y miedos, dudas e interrogantes. Con frecuencia no sabemos quiénes somos ni qué queremos, y desconocemos hacia dónde se dirige nuestra vida. ¿Quién nos puede enseñar a vivir de manera acertada?

Juan recrea en su evangelio, la despedida de Jesús en la última cena. Los discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ternura especial. Antes de dejarlos, quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a él, incluso después de su muerte.

Según la promesa de Jesús, este «Espíritu de la verdad», «vive con nosotros y está en nosotros». Es aliento, fuerza, luz y amor, que nos llega del misterio último de Dios. Lo escuchamos en nuestro interior y resplandece en la vida de quien sigue los pasos de Jesús, de manera humilde, confiada y fiel. Lo hemos de acoger con un corazón sencillo y confiado. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Buena Nueva.

El evangelista lo llama también «Espíritu defensor», porque ahora que Jesús no está físicamente con nosotros, nos defiende de lo que nos podría separar de él,  pues «está siempre con nosotros». Nadie lo puede asesinar como a Jesús; permanecerá siempre vivo en el mundo, y al acogerlo en nuestras vidas, no nos sentiremos huérfanos ni desamparados.

Necesitamos  del Espíritu Santo, para activar en nosotros la memoria de Jesús; su presencia viva, su imaginación creadora. No se trata de despertar un recuerdo del pasado, sublime, conmovedor, entrañable, pero recuerdo. Lo que el Espíritu del resucitado hace con nosotros, es abrir nuestro corazón al encuentro personal con Jesús vivo. Sólo esta relación afectiva y cordial con Jesucristo, es capaz de transformamos y generar en nosotros una manera nueva de ser y de vivir. Hay muchas cosas en la vida, de las que no sabemos defendemos por nosotros mismos. Necesitamos luz, fortaleza, aliento sostenido. Por eso, invocamos al Espíritu.

La experiencia está alimentada por el amor: «Al que me ama…yo también lo amaré y me revelaré a él». ¿Es posible seguir a Jesús y tomar la cruz cada día, sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible evitar la decadencia del cristianismo, sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá mover a la Iglesia, si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús? ¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros? ¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús, si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”? ¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada? ¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús, en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?

Felicito a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, por la decisión de seguir a Jesús Vivo y Resucitado, de vivir una verdadera amistad con Él, al recibir la plenitud de su Espíritu en los Sacramentos de la primera comunión y la Confirmación. Los  animo a seguir en este camino y en esta decisión de recibir los Sacramentos, que les darán la Fuerza de Dios. Puede que, en ocasiones, sientan deseos de abandonar el camino, de no rezar, de no asistir a Misa, de no ser amigos de Jesús. Sean fuertes y valientes. No tengan miedo. Les repito las palabras del salmista: <<El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré?>>. Les invito a que cada día, dediquen  un ratito a estar a solas con Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Amigo.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

12 Mayo - 2017

SEGUIR EL CAMINO DE JESÚS

Yo soy el camino, la verdad y la vida.

En la vida hay momentos de verdadera sinceridad, en que surgen de nuestro interior, con lucidez y claridad desacostumbradas, las preguntas más decisivas: “En definitiva, ¿en qué creo?, ¿qué es lo que espero?, ¿en quién apoyo mi existencia?”

Jesús capta la tristeza y la turbación de sus discípulos. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos: ”Que no se turbe su corazón; crean en Dios y crean también en mí”. Luego, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

“Yo soy el camino”. El problema de no pocos, no es que viven extraviados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.

Y, me pregunto ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.

“Yo soy la verdad”. Jesús nos conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

Muchos al abandonar la Iglesia, han abandonado a Jesús. Jesús es más grande que la Iglesia. No confundan a Cristo con los cristianos. No confundan su Evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejen todo, no se queden sin Jesús. En él encontraran el camino, la verdad y la vida. Jesús les puede sorprender.

Cristo es el camino que nos conduce a Dios Padre; hasta las mismas entrañas de misericordia de su Padre Dios. Nos introduce en el ʺcorazón de Diosʺ, para que nos dejemos abrazar por esa corriente de amor, donación, comunión del Padre y el Hijo, en el Espíritu. Jesús nos invita a no contentarnos con conocer de oídas a Dios, sino a experimentar la vida de Dios, de la que Él es parte, signo y testimonio. Tendremos que examinarnos y también ayudar a que cada persona recorra el camino de fe en Jesús, que nos conduce a vivir en comunión con el Padre.

Pidamos al Señor en esta Eucaristía, que permanezcamos unidos a Él, y en comunión con los hermanos. Que el Pan de Vida que vamos a comulgar, y la Palabra que hemos escuchado, nos vayan guiando por el camino de nuestra vida cotidiana, para que anunciemos con palabras y obras, la salvación que hemos recibido en Cristo, muerto y resucitado.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

6 Mayo - 2017

EL PASTOR Y EL REBAÑO

 

Las ovejas lo siguen porque conocen su voz.

 

En las comunidades cristianas necesitamos vivir una experiencia nueva de Jesús, reavivando nuestra relación con él y poniéndolo decididamente, en el centro de nuestra vida.

El evangelio de Juan presenta a Jesús con imágenes originales y bellas:

Pan de vida. Quien se alimente de él, no tendrá hambre.

Luz del mundo. Quien le siga, no caminará en la oscuridad.

Buen pastor. Quien escuche su voz, encontrará la vida.

Entre las  imágenes, hay una, humilde y casi olvidada, que sin embargo, encierra un contenido profundo:

La puerta. Una puerta abierta. Quien le sigue, cruza el umbral que conduce a un mundo nuevo, a una manera nueva de entender y vivir la vida. ¿Qué  secreto se encuentra tras esa puerta? Quienes entran por el camino abierto que es Jesús, y le siguen viviendo en su evangelio, son verdaderos pastores; sabrán alimentar a la comunidad cristiana.

El evangelista lo explica con tres rasgos:

Quien entre por mí, se salvará. La vida tiene muchas salidas. No todas llevan al éxito ni garantizan una vida plena. Quien, de alguna manera, comprende a Jesús y trata de seguirle, está entrando por la puerta acertada. No echará a perder su vida. La salvará.

Podrá salir y entrar. Tiene libertad plena. Entra en un espacio donde puede ser libre, pues sólo se deja guiar por el Espíritu de Jesús resucitado.

Encontrará pastos. Quien entre por esa puerta que es Jesús, no pasará hambre ni sed. Encontrará alimento sólido y abundante para vivir.

El evangelista también hace algunas sugerencias, en la relación de las ovejas con el Pastor:

Escuchar su voz, en toda su frescura y originalidad. No confundirla con el respeto a las tradiciones ni con la novedad de las modas. No dejarnos distraer ni aturdir por otras voces extrañas que, aunque se escuchen en el interior de la Iglesia, y en los medios de comunicación, no comunican su Buena Noticia.

Seguir a Jesús. La fe cristiana no consiste en creer cosas sobre Jesús, sino en creerle a él; vivir confiando en su persona, inspirarnos en su estilo de vida, para orientar nuestra propia existencia con lucidez y responsabilidad.

Es vital caminar, teniendo a Jesús delante de nosotros. No hacer el recorrido de nuestra vida en solitario. Experimentarlo desde ese Dios que se nos ofrece en Jesús, más humano, más amigo, más cercano y salvador, que todas nuestras teorías.

Apreciados amigos, en nuestra comunidad parroquial, necesitamos crear espacios motivadores y sanadores, lugares donde regenerar la fe en Jesús. Hemos de escuchar su llamado.

Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera, de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis, si no volvemos todos al espíritu de Jesús. El es “la Puerta”.

La fe en Jesucristo es posible, cuando se escucha su voz aunque sea de manera casi imperceptible. En el cuarto evangelio, se recogen estas palabras de Jesús: «Las ovejas siguen al pastor porque conocen su voz» (Jn 10, 4). Cuando se vive lleno de ruido interior y exterior, es difícil escuchar esa voz.

Al escuchar las palabras de Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante», el creyente no necesita acudir a otros para que le expliquen su sentido. El sabe que son verdad. 

  Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

30 Abril - 2017

LA TENTACIÓN DE LA HUIDA

Se puso a caminar con ellos.

El fracaso no tiene la última palabra. Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. Lo han visto morir en la cruz y en su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en él. Sin embargo, continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión? Una de nuestras más graves equivocaciones, es imaginar a Dios como un ser absolutamente distante, que dirige nuestra vida desde una lejanía infinita, sin acertar a percibir su presencia cercana y amistosa, en lo interior de nuestra vida cotidiana. Por otra parte, vivimos de manera tan apresurada y “ocupadosʺ por tantas cosas, que apenas nos queda tiempo ni espacio para detenernos a escuchar nuestro propio corazón. No son pocos los que hoy miran a la Iglesia con pesimismo y desencanto. No es la que ellos desearían; una Iglesia viva y dinámica, fiel a Jesucristo, realmente comprometida en construir una sociedad más humana. La tentación fácil es el abandono y la huida. Algunos hace tiempo que lo hicieron, incluso de manera ostentosa. Hoy afirman casi con orgullo creer en Dios, pero no en la Iglesia.

Un sentimiento de fracaso. Nuestro mayor desacierto sería «huir hacia Emaús», abandonar la comunidad y dispersarnos cada uno por su camino, movidos por la decepción y el desencanto. Debemos aprender «la lección de Emaús». La solución no está en abandonar la Iglesia, sino en rehacer nuestra vinculación con algún grupo cristiano, comunidad, movimiento o parroquia, donde poder compartir y reavivar nuestra esperanza.

Un encuentro inesperado. Allí donde hombres y mujeres caminan preguntándose por Jesús y ahondando en su mensaje, se hace presente el Resucitado. Es más fácil que al escuchar el evangelio, sientan de nuevo «arder su corazón».  Allí donde unos creyentes se encuentran para celebrar juntos la eucaristía, está el Resucitado alimentando sus vidas. Es más fácil que un día «se abran sus ojos» y lo vean. Por muy muerta que aparezca ante nuestros ojos, en la Iglesia habita el Resucitado. También aquí cobran sentido los versos de A. Machado: «Creí mi hogar apagado, revolví las cenizas…, me quemé la mano».

Una capacidad de sorpresa. Dios está en el centro mismo de nuestras experiencias más íntimas. Cercano a cada persona, de una manera única y singular, que sólo se da así, para esa persona concreta. Lo más importante es seguir preguntando por él. Buscar su rostro y su verdad. Buscar a Dios, quizás con el último resto de nuestras fuerzas, tal vez en medio de la desesperación y el miedo, a veces en la angustia y el desaliento.

Una aceptación humilde. La fe nace de la capacidad de dejarse atrapar por otro, de la sorpresa positiva, y nace también del diálogo. Todo camino y todo cambio conlleva riesgos. La fe, como aceptación de otro, también.

En la eucaristía, que es acción de gracias a Dios, por la vida y por la salvación que nos ofrece en su Hijo Jesucristo, las palabras de acción de gracias, la estructura de todo el conjunto, el tono de toda la celebración, contribuyen a vivir una experiencia intensa de alabanza y agradecimiento a Dios, que no debe reducirse a ese momento cultual. La vida cotidiana de un cristiano ha de estar marcada por la acción de gracias.

La eucaristía es, además, comunión con Cristo resucitado. Jesús no es una figura del pasado, cada vez más lejano en el tiempo, sino el Señor de todos los tiempos que permanece vivo entre los suyos.

La eucaristía es también escucha de las palabras de Jesús, que son «espíritu y vida». Para un discípulo de Cristo, el evangelio no es un mero testamento literario o un texto fundacional, sino la palabra viva de Jesús, que ilumina nuestra experiencia humana de hoy.

La eucaristía es un acto comunitario por excelencia. Todos los domingos, los cristianos dejan sus hogares, se reúnen en la iglesia y forman la comunidad visible de los seguidores de Jesús. Todas las oraciones de la eucaristía se dicen en plural: invocamos, pedimos perdón, ofrecemos, damos gracias… siempre juntos. Los textos dicen que somos «familia», «pueblo», «Iglesia».

Fuerza de Dios. Si alguna vez, al celebrar la Eucaristía, nos sentimos fortalecidos en nuestro camino y alentados para continuar nuestro diario vivir, recordemos que Él es nuestro «pan de vida». No se puede creer en Dios cuando falta la comunicación con él. No se puede seguir a Cristo cuando no hay contacto con él.

Un volver a empezar. Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie está más presente; Jesús camina junto a nosotros.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

23 Abril - 2017

DEL DESENCANTO A LA  PAZ

Paz a ustedes.

Pascua es una palabra de origen semita que proviene del arameo «pasha» (en hebreo «pesah»). Su significado original es discutido. Probablemente significa «paso», «tránsito» y con este sentido es empleada en diversos escritos judíos. En cualquier caso, las primeras generaciones cristianas han entendido la Pascua como «el paso» de Cristo de la muerte a la vida, que nos invita también a nosotros a «pasar» de una vida vieja y gastada a una vida renovada.

¿Hacia dónde hemos de cambiar nosotros? ¿Cuál es el «paso» que hemos de dar? ¿En qué dirección se ha de operar «el cambio pascual» en nuestras vidas? Pascua ha de ser para nosotros, el paso de la persona agresiva y resentida que hay en nosotros a otra más acogedora y amorosa; de intransigente y conflictiva a otra más tolerante y pacificadora. Pascua significa «pasar» de la muerte a la vida. Celebrar la Pascua es vivir en nosotros, un proceso de renovación personal.

María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por temor a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene la fuerza para despertar su alegría. Hermanos, solo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.

Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor». Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, y sea manifiesto en todos.

A veces nosotros lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero queda reducida a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces sólo escuchamos lo que dice el predicador.

En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano. Nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos.

Nuestra parroquia se llena de alegría por las nuevas 60 hermanas de la hermandad de Emaús, que han vivido la experiencia con el RESUCITADO. No olviden que no se puede acoger el Espíritu del resucitado, con la mirada puesta en el pasado. Jesús nos pone siempre mirando al futuro.

Felicidades para toda la comunidad parroquial por lo vivido en la Semana Santa. De manera especial a los hermanos que trabajaron con alma y corazón para el servicio del Reino. Estoy convencido que donde está vivo el Espíritu del resucitado se despierta la creatividad y se abren caminos siempre nuevos de evangelización. Gracias por la creatividad y los dones puestos al servicio de la comunidad.

Hermanos, abramos las puertas de nuestros corazones, de nuestras vidas, de nuestras familias, al aliento, la alegría y la paz. Y reavivemos la confianza en Jesús resucitado, movilizándonos sin temor, para colocarlo en el centro de nuestra parroquia, de nuestra comunidad, de nuestra familia, y concentrar todas las fuerzas en escuchar bien, lo que el Espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

14 Abril - 2017

CONFIANZA EN EL RESUCITADO

… que él había de resucitar.

La «confianza», es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las más esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza «caminamos solos, aislados en una especie de “túnel”, construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes» (O. Clement).

A veces olvidamos que Pascua es, ante todo, la fiesta de la confianza. Nuestra vida, creada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo

En el fondo, nuestros miedos y angustias brotan de la angustia  ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad. Nos aferramos a lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra ansiedad, tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».

La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con confianza. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza, sin hundimos en la soledad y el pesimismo, sin aferrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo y a tantas formas de olvido y evasión.

Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido, pues sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte amenaza por doquier,  el hambre y el horror de la guerra  destruyen poblaciones enteras y persisten la tortura, el exterminio y la crueldad.

La confianza en la victoria final de la vida, no nos vuelve insensibles, al contrario, sufrimos  y compartimos con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente.

Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección,  y por eso precisamente, nos enfrentamos a la tanta insensatez que arrebata a las personas, la dignidad, la alegría y hasta la vida en nuestro País.

K Rahner  nos dice  que el Resucitado es «el corazón del mundo», la energía secreta que sostiene el cosmos y lo impulsa hacia su verdadero destino, la ley secreta que lo mueve todo, la fuerza creadora de Dios que atrae la historia del hombre y del mundo, hacia su vida misteriosa e insondable.

Pascua es una invitación a vivir «en estado de fiesta», aun en medio de los combates de la vida cotidiana. S. Ambrosio de Milán nos invita a enraizar nuestra existencia en el Resucitado con estas palabras: «Si quieres curarte de tus heridas, Él es médico; si ardes de sed, Él es fuente; si necesitas ayuda, Él es fuerza; si temes la muerte, Él es vida; si huyes de las tinieblas, Él es la luz; si tienes hambre, Él es alimento».

Es necesario preguntarnos: ¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad, que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras caminamos tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?

Jesús resucitado, tenías razón. Estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.

Creer en el Resucitado es creer que ni el sufrimiento ni la injusticia, ni el cáncer ni el infarto, ni la metralleta, la opresión o la muerte tienen la última palabra. La última palabra la tiene el Resucitado, Señor de la vida y la muerte.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

7 Abril - 2017

CARGAR CON LA CRUZ

Lo llevaron a crucificar.

Lo que nos hace cristianos es seguir a Jesús. Nada más. Este seguimiento no es algo teórico o abstracto. Significa seguir sus pasos, comprometernos como él a «humanizar la vida», y vivir contribuyendo a que, poco a poco, se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo donde reine Dios y su justicia.

También significa, que los seguidores de Jesús estamos llamados a poner verdad donde hay mentira, a introducir justicia donde hay abusos y crueldad con los más débiles, a reclamar compasión donde hay indiferencia y pasividad ante los que sufren. Y esto exige construir comunidades donde se viva el proyecto de Jesús, con su espíritu y sus actitudes.

Seguir así a Jesús, tarde o temprano, trae consigo conflictos, problemas y sufrimiento. Hay que estar dispuesto a cargar con las reacciones y resistencias de quienes, por una u otra razón, no buscan un mundo más humano, como lo quiere ese Dios revelado en Jesús. Quieren otra cosa.

Seguir a Jesús es una tarea apasionante: es difícil imaginar una vida más digna y noble. Pero tiene un precio. Para seguirlo, es importante «hacer», hacer un mundo más justo y más humano; hacer una Iglesia más fiel a Jesús y más coherente con el evangelio. Sin embargo, tan importante o más, es «padecer», padecer por un mundo más digno; padecer por una Iglesia más humana.

Al final de su vida, el teólogo K. Rahner escribió: «Creo que ser cristiano es la tarea más sencilla, la más simple y a la vez, aquella pesada “carga ligera” que habla el evangelio. Cuando uno carga con ella, ella carga con uno, y cuanto más tiempo viva uno, tanto más pesada y más ligera llegará a ser. Al final sólo queda el misterio. Pero es el misterio de Jesús».

Escuchando hasta el fondo ese silencio de Dios, descubrimos algo de su misterio. Dios no es un ser poderoso y triunfante, tranquilo y feliz, ajeno al sufrimiento humano, sino ese Dios callado, impotente y humillado, que sufre con nosotros el dolor, la oscuridad y hasta la misma muerte.

Al contemplar al crucificado, nuestra reacción no es de burla o desprecio, sino de oración confiada y agradecida: «No te bajes de la cruz. No nos dejes solos en nuestra aflicción. ¿Para qué nos serviría un Dios que no conociera nuestra cruz? ¿Quién nos podría entender?».

¿En quién podrían esperar los torturados de tantas cárceles? ¿Dónde  pondrían su esperanza las tantas mujeres humilladas, violentadas y sin defensa alguna, en nuestra República Dominicana? ¿A qué se aferrarían los enfermos crónicos y los moribundos? ¿Quién podría ofrecerles consuelo a las víctimas de tantas guerras, terrorismos, hambres y miserias? No. No te bajes de la cruz, pues si no te sentimos «crucificado» junto a nosotros, nos veremos más «perdidos».

Nuestro País sigue necesitando urgentemente amor y verdad. Concretar el amor y la verdad no significa desvirtuarlos o manipularlos, menos aún eliminarlos. Quienes «cargan con el pecado» de todos, y siguen luchando hasta el final por poner amor y verdad entre los hombres, generan esperanza. El teólogo alemán J. Moltmann hacía esta afirmación: «No toda vida es motivo de esperanza, pero sí esta vida de Jesús, que por amor tomó sobre sí la cruz y la muerte».

«Este amor de Dios no protege de todo sufrimiento, pero protege en todos los sufrimientos». (H.Küng). Creer en la cruz es descubrir la cercanía de Dios y su presencia en nuestro mismo dolor y sufrimiento, sabiendo que un día «él enjugará las lágrimas de nuestros ojos y ya no habrá muerte ni llanto ni dolor, pues lo de antes habrá pasado» (Ap 21, 4).

Para creer en este Dios, no basta ser piadoso; es necesario además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, mirar la vida desde los que sufren e identificarnos un poco más con ellos.

ORACIÓN: Te damos gracias Padre, por Jesús, que, al entrar en Jerusalén como rey pacífico, nos enseñó el camino de la verdadera humanidad y afrontó, entre el dolor y la esperanza, el destino de su vida y de la nuestra. Amén

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

2 Abril - 2017

LLORAR Y CONFIAR

A todos nos pasa lo mismo. No queremos pensar en la muerte. Es mejor olvidarla, no hablar de eso y seguir viviendo cada día como si fuésemos eternos. Sabemos que es un engaño, pero no acertamos a vivir de otra manera. Se nos haría insoportable.

Lo malo es que, en cualquier momento, la enfermedad nos sacude de la inconsciencia. Cada vez se nos hace más frecuente una experiencia antes desconocida: la espera de los análisis médicos. ¿Cuál será el resultado? ¿Positivo o negativo? De pronto descubrimos, al mismo tiempo, la fragilidad de nuestra vida y nuestro enorme deseo  de vivir.

Si el tumor es benigno, respiramos podemos seguir con nuestras ilusiones y proyectos. Si el resultado es negativo, nos hundimos: ¿por qué ahora?, ¿por qué tan pronto?, ¿por qué me tengo que morir?, ¿no se puede hacer nada?

Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o nuestra postura ante la vida, todos hemos de enfrentarnos a ese final inevitable. Ante la muerte, sobran las teorías. ¿Qué podemos hacer?, ¿rebelamos, deprimimos, o, sencillamente, engañamos? Ante la muerte, Jesús hizo dos cosas: llorar y confiar en Dios.

El adiós definitivo a un ser muy querido nos hunde inevitablemente en el dolor y la impotencia. Es como si la vida entera quedara destruida. No hay palabras ni argumentos que nos puedan consolar. ¿En qué se puede esperar?

El relato de la resurrección de Lázaro es sorprendente. Por una parte, nunca antes se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Por otra parte, nunca como ahora, se nos invita tan directamente a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá… ¿Crees esto?»

Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos de Betania que, seguramente, lo acogen en su casa siempre que viene a Jerusalén. Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: nuestro hermano «a quien tanto quieres», está enfermo. Cuando llega Jesús a la aldea, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Ya nadie le podrá devolver la vida.

La familia está rota. Cuando Jesús se presenta, María rompe a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no se contiene y también se echa a llorar. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. ¿Quién nos podrá consolar?

Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Pasamos días y años luchando por vivir. Nos aferramos a la ciencia y, sobre todo, a la medicina para prolongar esta vida biológica, pero siempre llega una última enfermedad de la que nadie nos puede curar.

Tampoco nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería terrible un mundo envejecido, lleno de ancianos, cada vez con menos espacio para los jóvenes; un mundo en el que no se renovara la vida. Lo que anhelamos, es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos. Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

Esta es la fe de quienes creemos en Jesús: los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte, viven. Dios no los ha abandonado. Apartemos la losa con fe. ¡Nuestros muertos están vivos!

ORACIÓN: Gracias, Padre, porque no nos has hecho para la muerte sino para la vida. Sácanos de nuestras oscuridades y haznos salir a los caminos para anunciar tu nombre y anunciar por el mundo la alegría de Jesús. Amén.

Padre Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

                                                             

26 Marzo - 2017

IV DOMINGO DE CUARESMA 2017

CON LOS OJOS CERRADOS

¿También nosotros estamos ciegos?

Tal vez la mayor equivocación que cometemos es vivir con los ojos cerrados sin querer despertar a la realidad. Nos resistimos a mirar la vida hasta el fondo.

No queremos abrir los ojos. Preferimos encerrarnos en el mundo ficticio que nos hemos ido construyendo cada uno. Nos falta valor para romper la imagen que nos hemos fabricado de nosotros mismos. Tal vez tenemos la sensación de que estamos echando a perder nuestra vida, pero no queremos reaccionar.

Una persona comienza a transformarse cuando se atreve a poner a cada cosa su verdadero nombre y sabe llamar «negocio emocional» a lo que antes llamaba amor, «cuidado de la propia imagen» a lo que consideraba preocupación por los demás, «ambición interesada» a lo que parecía responsabilidad profesional.

Para descubrir la verdad, lo más decisivo no es hacer grandes esfuerzos de reflexión, sino sencillamente ver nuestros errores y admitir nuestras equivocaciones. Es entonces cuando la verdad se nos puede hacer más patente. Cuando vemos, empezamos a cambiar.

No se puede contemplar un paisaje, por muy luminoso que sea, a través de un ventanal empañado y lleno de suciedad. ¿Podremos contemplar el fondo de la vida e intuir el misterio último que lo ilumina todo, sin limpiar nuestros ojos y nuestra mirada? ¿Se podrá creer en Dios sin limpiar nuestra actitud interior?

Los hombres de hoy corremos el peligro de creernos muy lúcidos, conscientes y progresistas. Es fácil que, como los fariseos de otros tiempos, nos preguntemos: «¿También nosotros estamos ciegos?”.

Por lo general, el hombre actual no tiene coraje para preguntarse de dónde viene y a dónde va, quién es y qué debe hacer en el breve tiempo que va entre el nacimiento y la muerte.

Son muchos los que dicen no encontrar un sentido a la vida. ¿No sería más exacto decir que han perdido la capacidad de buscar sentido a la vida?

Según el célebre neurólogo Víctor Frankl, fundador de la logoterapia, «un hombre que ha perdido el sentido de la vida, la razón de existir, aunque sea sano psíquicamente, está espiritualmente enfermo». Quizás, una de nuestras primeras tareas sea la de reconocer que muchas de nuestras incoherencias,

contradicciones y conflictos internos, tienen su origen en nuestra incapacidad de buscar sinceramente la luz.

Podríamos decir más. Hay cegueras profundas en nosotros que sólo pueden ser curadas, si sabemos abrirnos con humilde sinceridad a ese Jesús que es luz, venida al mundo «para que los que no ven, vean, y los que ven, no vean».

A Jesús le daba miedo una religión, defendida por escribas seguros y arrogantes, que manejaban autoritariamente la Palabra de Dios para imponerla, utilizarla como arma o excomulgar incluso a quienes sentían de manera diferente. Temía a los doctores de la ley, más preocupados por «guardar el sábado» que por «curar» a mendigos enfermos. Le parecía una tragedia una religión con «guías ciegos» y lo decía abiertamente: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán al hoyo».

Teólogos, predicadores, catequistas y educadores, que pretendemos «guiar» a otros sin habernos dejado, tal vez, iluminar nosotros mismos por Jesús; ¿no hemos de escuchar su interpelación? ¿Vamos a seguir repitiendo incansablemente nuestras doctrinas, sin vivir una experiencia personal de encuentro con Jesús que nos abra los ojos y el corazón?

Nuestra Iglesia no necesita hoy predicadores que la llenen de palabrería, sino testigos que contagien, aunque de manera imperfecta, su pequeña experiencia del Evangelio. No necesitamos fanáticos que defiendan «verdades» de manera autoritaria y con lenguaje vacío, hecho de tópicos y frases hechas. Necesitamos creyentes de verdad, atentos a la vida y sensibles a los problemas de la gente, buscadores de Dios, capaces de escuchar y acompañar con respeto a tantos hombres y mujeres que sufren, que buscan y no aciertan a vivir de manera más humana ni más creyente.

Oración: Gracias Padre nuestro; que la luz resplandeciente de Jesucristo nos penetre e ilumine, para que en el difícil mundo que vivimos, nuestros ojos puedan encontrarle a Él y a ti en todas las personas que piden nuestra ayuda. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

19 Marzo - 2017

DIÁLOGO MÁS HUMANO

Junto al manantial de Jacob.

Tal vez, una de las mayores desgracias del cristianismo contemporáneo sea la falta de «experiencia de Dios». Muchos de los que se dicen cristianos no saben lo que es disfrutar de su fe, sentirse a gusto con Dios y vivir saboreando su adhesión a Jesucristo. ¿Cómo se puede ser creyente sin gozar nunca del amor acogedor de Dios?

La escena es cautivadora. Jesús llega a la pequeña aldea de Sicar. Está «cansado del camino»; su vida es un continuo caminar recorriendo los pueblos, anunciando ese mundo mejor que Dios quiere para todos. Necesita descansar y se queda «sentado junto al manantial de Jacob».

Pronto llega una mujer desconocida y sin nombre. Es samaritana y viene a apagar su sed en el pozo del manantial. Con toda espontaneidad Jesús inicia el diálogo: «Dame de beber».

¿Cómo se atreve a entrar en contacto con alguien que pertenece a un pueblo impuro y despreciable, como el samaritano? ¿Cómo se rebaja a pedir agua a una mujer desconocida? Aquello va contra todo lo imaginable en Israel. Jesús se presenta como un ser necesitado. Necesita beber y busca ayuda y acogida en el corazón de aquella mujer. Es un lenguaje que todos entendemos porque todos sabemos algo de cansancio, de soledad, sed de felicidad, de miedo, de tristeza o de enfermedad grave.

Las necesidades básicas nos unen y nos invitan a ayudarnos y dejar de lado nuestras diferencias. La mujer se sorprende porque Jesús no habla con la superioridad propia de los judíos frente a los samaritanos, ni con la arrogancia de los hombres hacia las mujeres.

Entre ellos se ha creado un clima nuevo, más humano y real. Jesús le expresa su deseo íntimo: «Si conocieras el don de Dios», «si supieras que Dios es un regalo que se ofrece a todos como amor salvador» … Pero la mujer no conoce nada gratuito. El agua la tiene que extraer del pozo con esfuerzo. El amor de sus maridos se ha ido apagando, uno después del otro.

Cuando oye hablar a Jesús de un «agua» que calma la sed para siempre, de un «manantial» interior, que «salta» con fuerza, dando fecundidad y vida eterna, se despierta en la mujer,  el anhelo de vida plena que nos habita a todos: «Señor dame de beber».

Algo no va bien en nuestra Iglesia, si las personas más solas y maltratadas no se sienten escuchadas y acogidas por los que decimos seguir a Jesús. ¿Cómo vamos a introducir su evangelio en el mundo, sin «sentarnos a escuchar» el sufrimiento, la desesperanza y la soledad de tantos y tantas?

Algo va mal en nuestra Iglesia, si la gente no se siente querida por quienes somos sus miembros. Lo decía san Agustín: «Si quieres conocer a una persona, no preguntes por lo que piensa, pregunta por lo que ama». Oímos hablar mucho de lo que piensa la Iglesia, pero los que sufren se preguntan qué ama la Iglesia, a quiénes ama y cómo los ama. ¿Qué les podemos responder desde nuestras comunidades cristianas?

De Dios se puede hablar con cualquiera, si nos miramos como seres necesitados, si compartimos nuestra sed de felicidad superando nuestras diferencias, si profetas y dirigentes religiosos piden de beber a las mujeres, si descubrimos entre todos que Dios es Amor y sólo Amor.

«Adorar al Padre en verdad» es vivir en la verdad. Es volver una y otra vez a la verdad del Evangelio, siendo fieles a la verdad de Jesús, sin encerrarnos en nuestras propias mentiras. Hoy debemos preguntarnos: ¿Hemos aprendido a dar culto verdadero a Dios? ¿Somos los verdaderos adoradores que busca el Padre?

Oración: Te damos gracias, Padre, por el agua viva que Cristo nos ha prometido. No queremos beber otra agua diferente. Queremos amarte siempre en espíritu y en verdad buscándote más en las personas que en los templos. Amén.

Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF.
Párroco

AGOBIADOS

No estéis agobiados…

La invitación insistente de Jesús a no vivir agobiados por las diferentes preocupaciones de la vida no deja de producirnos, a los hombres y mujeres de hoy, la impresión de ingenuidad y falta de realismo.

Nosotros damos por supuesto que, para asegurar nuestra felicidad, tenemos que poseer cosas, dinero, comodidad, éxito, personas… Pero la experiencia nos dice que, en realidad, por ese camino encontramos exactamente lo que habíamos buscado: cosas, dinero, comodidad, personas, pero no necesariamente felicidad.

Las cosas y las personas nos pueden producir una excitación agradable, enormemente valiosa para vivir, pero que no hemos de confundir precisamente con la paz personal.

Cuando buscamos la felicidad en las cosas o personas, hacemos depender nuestra dicha de algo exterior a nosotros mismos. Ponemos la fuente de la felicidad fuera de nosotros, en algo o alguien a quien entregamos la llave de nuestra felicidad.

Entonces nuestra vida se convierte en una especie de “yo-yo” que sube y baja constantemente. Cuando todo responde a nuestros deseos, nos sentimos eufóricos, alegres y dichosos. Cuando algo nos contraría o no responde a lo que buscábamos, nos deprimimos y entristecemos.

El problema no se resuelve buscando nuevas fuentes de satisfacción. Al contrario, cada vez que hacemos depender nuestra felicidad de más y más cosas, esa felicidad se hace todavía más problemática e insegura, pues cada vez hay más probabilidades de que algo nos falle y nos deje vacíos e insatisfechos.

Entonces crece en nosotros la insatisfacción, el desasosiego y hasta el agobio. No sabemos disfrutar de cada momento y gozar conscientemente de cada cosa por sencilla que nos parezca. No sabemos detenernos, entrar en nosotros mismos, encontrarnos con la Fuente de la vida y agradecer lo que ahora mismo se nos está regalando.

Nuestra atención se centra en ese pasado ya muerto que no ha sido como nosotros hubiéramos querido o en ese futuro imaginario por el que, tal vez, nos sentimos amenazados.

Y, mientras tanto, se nos escapa la vida y se nos olvida todo lo que tenemos, ahora mismo, para disfrutar el momento presente sin estar siempre deseando lo que no tenemos.

¿No sería más realista seguir las indicaciones de Jesús: buscar en cada momento a Dios, buscar su verdad, su bondad y su justicia. Y no agobiarnos tanto por el mañana?

Pero hay algo todavía más grave. Casi sin advertirlo, se va imponiendo la costumbre de tirar los objetos tan pronto como han cumplido su función y, a menudo, cuando todavía son utilizables. Vivimos envueltos en una cultura del «tírese después de usado». Todo tiende a ser efímero y transitorio. Una vez de usarlo, hay que buscar el nuevo producto que lo sustituya.

Esta cultura puede estar configurando también nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales. De alguna manera, «se usa» a las personas y fácilmente se las desecha cuando ya no interesan. Amistades que se hacen y deshacen rápidamente según la utilidad. Amores que duran lo que dura el interés y la atracción física. Esposas y esposos abandonados para ser sustituidos por una relación amorosa más excitante.

La advertencia de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», nos pone en guardia frente a los efectos deshumanizadores de una sociedad, en gran parte, consumista y frívola que puede reducir incluso la amistad y el amor a relaciones de intercambio interesado. Quien sirve exclusivamente a sus intereses materiales terminará por no conocer el amor que viene de Dios.

AYÚDAME, SEÑOR

A confiar en tu mano providente

A no tener miedo al mañana que me aguarda

Contigo, Señor, me basta. Amén.

 

Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

Párroco