Hoy más que nunca debemos aplicar el proverbio oriental: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Esta noche intentemos meditar sosegadamente sobre Jesús y sobre lo que su figura supone para todos nosotros. Lo que debemos descubrir y vivir, no puede venir de fuera, debe surgir de lo hondo de uno mismo.
La Navidad es una fiesta llena de nostalgia. Se canta paz, a veces sin saberla construir. Nos deseamos felicidad, y parece más difícil ser feliz. Nos compramos mutuamente regalos cuando solo necesitamos darnos ternura y afecto. Cantamos a un niño Dios, cuando quizás en nuestros corazones se apaga la fe. La vida no es como quisiéramos, pero no sabemos hacerla mejor.
No es solo un sentimiento de Navidad. La vida está transida de nostalgia. Nada llena enteramente nuestros deseos. No hay riqueza que pueda proporcionar paz total. No hay amor que responda plenamente a los deseos más hondos y a nuestras aspiraciones. No es posible ser amados por todos.
La nostalgia puede ser positiva si podemos descubrir que nuestros deseos van más allá del poseer para disfrutar. Nos ayuda a mantener el horizonte de nuestra existencia, abierto a algo más grande y pleno que todo lo que conocemos. Nos enseña a no pedir a la vida lo que no nos puede dar, a no esperar de las relaciones lo que no nos puede proporcionar.
La fiesta de la Navidad, vivida desde la nostalgia, crea un clima diferente: estos días se capta mejor la necesidad de hogar y seguridad. Al entrar en contacto con el corazón, se intuye que el misterio de Dios es nuestro destino último.
Estos días, la fe invita al creyente, a descubrir ese misterio en un niño recién nacido. Así de simple y de increíble, acercarnos a Dios, como nos acercamos a un niño: de manera suave y sin ruido; sin discursos solemnes, con palabras sencillas nacidas del corazón. La navidad puede acercarnos a Dios cuando la vivimos con fe sencilla y corazón limpio.
Antes de escribir las felicitaciones, debemos preguntarnos: ¿Sé yo “felicitar”? ¿Me preocupa realmente la felicidad de los demás? ¿Estoy dispuesto a hacer feliz, a lo largo del año, a esa persona que hoy felicito? Nuestra felicitación será más sincera, si lleva consigo el compromiso de vivir creando en nuestro entorno un clima más humano. Desde las cosas pequeñas, cuidar el amor dentro del hogar, estar cerca de quien nos puede necesitar, cultivar relaciones más amistosas con todos.
Como dice K. Rahner, «esta experiencia es la más decisiva para comprender el mensaje central de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Lo divino ha irrumpido en el interior de lo humano».
Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios quiere nacer en sus vidas. Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, acogen con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño. Para ellos habrá sido Navidad. ¡Feliz Navidad!
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco.

