“Este es mi Hijo, el Amado, mi Predilecto”.
El encuentro con Juan el Bautista fue para Jesús una experiencia que dio un giro a su vida. Después del bautismo del Jordán, Jesús ya no vuelve a su trabajo de Nazaret; tampoco se adhiere al movimiento del Bautista. Su vida se centra ahora en un único objetivo: gritar a todos la Buena Noticia de un Dios que quiere salvar al hombre. Jesús se siente inundado por el Espíritu del Padre. Se reconoce a sí mismo como Hijo de Dios. Su vida no será en adelante sino reflejar y anunciar ese amor insondable de un Dios Padre. Jesús nos deja ver que la fe es un itinerario personal que cada uno hemos de recorrer. Todo lo que hemos escuchado desde niños a nuestros padres y educadores, sacerdotes y predicadores sobre nuestra fe, es muy importante. Pero, al final, siempre hemos de hacernos una pregunta: ¿En quién creo yo? ¿Creo en Dios o creo en aquellos que me hablan acerca de Él?
Una fe, vista como tener suficiente luz para soportar las oscuridades de la vida. La fe está hecha de felicidad. Por eso, el verdadero creyente sabe creer en la oscuridad, lo que ha visto en momentos de luz. Sabe buscar a ese Dios que está más allá de todas nuestras formulas claras o oscuras. O dicho de otra manera la fe es como las olas del mar sobre las cuales el nadador se apoya para superarlas. Y encuentra esa confianza para seguir hasta la meta final. Lo decisivo es la fidelidad al Dios que se nos va manifestando en su Hijo Jesucristo.
Jesús nos comunica una experiencia sana de Dios, sin proyectar sobre la divinidad los miedos, fantasmas y ambiciones de los seres humanos. “Tú eres mi Hijo querido”. Jesús vive y siente a Dios como Padre. Se confía al misterio de Dios como un hijo querido. Ese Padre del cielo es Dios de todos los pueblos, el Padre cariñoso de todas las criaturas. Es Dios de todos, incluso de quienes lo olvidan. “Él hace salir el sol sobre buenos y malos” (Mt 5, 45).
Jesús busca un Reino, basado sobre la justicia, la misericordia y la bondad de ese Padre, que contagie a todos, para que la humanidad pueda conocer una vida más digna y más propia de hijos de Dios. El Dios que nos muestra Jesús no está tan interesado en lo que pensamos de él o cómo le experimentamos, sino en cómo nos comportamos con los que sufren.
Hace unos días hemos comenzado un nuevo año en nuestra historia de vida. Pero el nuevo calendario no cambia las cosas. Los problemas económicos y los sufrimientos siguen ahí. Y la pregunta es: ¿Qué tendré que hacer yo para sentirme bien? A veces pensamos que lo decisivo es que cambien las cosas a nuestro alrededor y en nuestra familia. Esperamos que nos sucedan cosas buenas, que las personas nos traten mejor, que todo nos vaya bien y responda a nuestros deseos.
Al comenzar el año, muchas personas se proponen vivir de manera más sana y ordenada; cuidar más su cuerpo, estar más en contacto con la naturaleza y buscar momento para orar. Pero fácilmente llega un momento en que la persona siente que su yo más profundo pide algo más. Al parecer, el ser humano no puede crecer de manera plena y armoniosa si le faltan dos experiencias fundamentales.
Lo primero y necesario en nuestra vida, es amar. Parece un tópico decir que la gente está enferma por falta de amor y que lo que muchos necesitan urgentemente es sentirse amados, pero realmente es así. La segunda es el sentido. No hay vida humana completa, a menos que la persona encuentre una motivación y una razón honda para vivir.
Ser creyente no hace desaparecer de nuestra vida los conflictos, contradicciones y sufrimientos propios del ser humano. Pero en el núcleo de la fe cristiana hay una experiencia básica que puede dar un sentido nuevo a todo: Yo soy amado, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque estoy habitado, creado, formado, redimido, y sostenido por un Dios santo que es amor insondable y gratuito.
Esta es la experiencia fundamental del Espíritu. El «bautismo del Espíritu» que nos recuerda el relato evangélico y que tanto necesitamos los creyentes de hoy. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5). Si no conocemos esta experiencia, desconocemos lo decisivo. Si la perdemos, lo perdemos todo. El sentido, la esperanza, la vida entera del creyente nace y se sostiene en la seguridad inquebrantable de saberse amado.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

