En la primera parte de la lectura un joven rico cae de rodillas ante Jesús y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Busca a Jesús porque ha intuido que solo de un maestro excepcional como Él le puede venir la Palabra que comunica serenidad y esperanza.
No habla de “ganar, merecer, tener derecho a”, sino de heredar la vida eterna. La herencia no se gana, no se recibe como premio, como el salario por un trabajo, sino que es dada gratuitamente. Como todo israelita es consciente de que todo lo que se recibe de Dios es en “heredad”: la tierra, la Ley, las bendiciones, las promesas, el reino de Dios, el Señor mismo es la heredad de Israel. Nada se da como recompensa por las buenas acciones. Todo es regalo.
A pesar de que la vida eterna es una heredad, le pregunta a Jesús sobre lo que le falta aún por hacer es la convicción de no solo debe esperar, sino que debe esforzarse y aceptar porque el Señor no obliga a nadie a aceptar su regalo.
Jesús responde con otra pregunta. Para ayudarlo en su búsqueda, cita el Decálogo, pero de forma incompleta; omite los tres primeros mandamientos, los relativos a Dios. Para Él es suficiente el cumplimiento de las obligaciones para con el hombre; de hecho, la única manera de expresar el amor a Dios es compartir su proyecto en favor del hombre: “Queridos, si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos unos a otros”
En la respuesta el joven rico declara estar convencido de haber guardado todos los mandamientos desde que tenía uso de razón.
Jesús, después de haber escuchado la declaración del joven rico, “lo miró con cariño” porque lo ve preparado para dar el salto cualitativo e inmediatamente le propone la exigencia definitiva: “Ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme”.
Pide la renuncia de cualquier uso egoísta. No se puede ser su discípulo si no se desprende el corazón de lo que se posee. El ideal del cristiano no es la miseria, el hambre, la desnudez, sino el compartir fraterno de los bienes que Dios ha puesto a disposición de todos. El pecado no es hacerse rico, sino enriquecerse en solitario.
En Marcos la historia termina amargamente: el joven rico decide quedarse con sus posesiones; no tiene el coraje de fiarse de la propuesta de Jesús, tiene miedo de perderlo todo y se aleja triste.
La segunda parte de la lectura se refiere a las consideraciones de Jesús sobre el peligro de la riqueza: es el mayor impedimento para quienes quieren ser discípulos del Maestro. Constituye un obstáculo casi insalvable para los que quieren entrar en el reino de los cielos. “Es más fácil – asegura Jesús– que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios”.
Algunos han tratado de interpretar esta extraña imagen. Es mejor mantener la imagen paradójica utilizada por Jesús que nos habla de una decisión imposible.
En la última parte se enumeran las personas y las cosas de las que el discípulo está llamado a desprenderse. Acerca de esta doble lista, nos damos cuenta de la inesperada presencia de los miembros de la propia familia entre los bienes de los que hay que desprenderse.
Pero tengamos presente ni Pedro ni los otros apóstoles han renunciado a su matrimonio. Ellos no han roto los lazos con sus familias; esto no hubiera sido justo ni humano. Cuando, por razones apostólicas, han tenido que viajar y cambiar de residencia, siempre han actuado de acuerdo con sus esposas quienes, por lo general, han accedido a acompañarlos (cf. 1 Cor 9,5). El compromiso con el Evangelio no se puede colocar en oposición a los deberes para con la familia.
- Jesús María Amatria CMF.

