Esta parábola nos quiere enseñar hasta qué extremo la bondad de Dios no tiene límites. Pero también es la crítica que Jesús le hace al Dios de los fariseos y al fariseísmo. Porque hay dos maneras para entender y relacionarse con Dios: El “Dios de los fariseos” y el “Dios de los perdidos”. El Dios de los fariseos es el “Dios-patrono”, a ejemplo del hijo mayor, el cumplidor, el obediente. El Dios de los perdidos es el “Dios-acogedor”, a ejemplo del hijo menor, el perdido, el fracasado, el arruinado.
Este comienza su confesión; la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores. El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre, la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
Lo ha recobrado sano. La parábola del hijo pródigo describe de manera admirable, el itinerario que una persona puede seguir para rehacer su vida sanándola en su misma raíz.
Lo primero es experimentar el vacío, la insatisfacción, que tarde o temprano, provoca en nosotros la vida poco sana. Tomar conciencia de estar malgastando o arruinando nuestra vida. Ser capaces de admitir con valentía lo que sentimos por dentro: ¿Es esto lo que quiero vivir? ¿A esto va a quedar reducida mi vida? Quizá ésta sea la experiencia más importante, para desencadenar un proceso de conversión y sanación de nuestro ser, aunque también sea la experiencia más difícil, en una sociedad que nos empuja a vivir de manera frívola e intrascendente. Pero, ¿a qué queda reducida una persona si no es capaz de plantearse en serio su vida?
En segundo lugar, es necesario adoptar una postura de búsqueda sincera. Buscar la verdad en nuestra vida, sin engañarnos miserablemente a nosotros mismos. No vivir permanentemente en la mentira, la ambigüedad o la división interior. Sólo quien vive reconciliado consigo mismo y es fiel a su propia conciencia, puede vivir de manera sana y gozosa. Pero no basta reflexionar, ni siquiera añorar una vida mejor y más humana. Para que nuestra vida cambie hemos de dar un paso más y tomar una decisión. Sanar nuestra vida significa ponernos en camino de vivir de manera más plena, de ser más personas, de recuperar nuestra dignidad, introduciendo una calidad nueva en nuestro diario vivir.
El creyente, lo mismo que el hijo pródigo, da este paso con la confianza puesta en Dios. Confianza total en Dios que nos comprende, nos ama y nos perdona como ni nosotros mismos nos podemos comprender, amar y perdonar. Esta fe en el perdón de Dios es la que genera un dinamismo nuevo en la vida del creyente arrepentido.
La sicología sugiere diversas técnicas para curar las heridas pasadas y promover la liberación de sentimientos negativos de culpabilidad. Pueden ser útiles, pero difícilmente pueden ofrecer la paz interior, el gozo íntimo y la fuerza renovadora que infunde la fe en el perdón real de Dios. Perdón total y absoluto, comienzo nuevo de todo, gracia que regenera nuestro ser, desde su raíz. Según la parábola, el padre hace fiesta porque «ha recobrado sano» a su hijo. La conversión es siempre motivo de alegría, porque es un proceso que conduce a la sanación de la vida.
Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona, porque solo quiere nuestra alegría.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

