14 de septiembre
“Exaltamos la Cruz, Testimoniamos la Esperanza”
El texto que la liturgia nos propone para esta fiesta de la exaltación de la Cruz, está inserto en el diálogo de Jesús con Nicodemo que Juan lo sitúa al comienzo de su Evangelio. ¿Qué llevó a Nicodemo a encontrarse con Jesús?
Nicodemo quería conocer quién era ese Jesús de Nazaret que había tenido la valentía de expulsar a los mercaderes del templo. Sentía la necesidad de conocerlo, de discutir lo acontecido, de comprender, quién era realmente Jesús.
En el evangelio de Juan, Nicodemo representa al israelita sincero que busca la verdad. La oscuridad de la noche en que lo vemos acercarse a Jesús, es la condición del que se mueve en tinieblas, pero ansía encontrar la luz y ha intuido quién se la puede dar.
Hoy se nos ofrece la parte conclusiva del monólogo pronunciado por Jesús ante Nicodemo. Comienza con una referencia al episodio de la serpiente de bronce que hemos escuchado en la primera lectura. Jesús lo interpreta como un símbolo de lo que está a punto de sucederle: “así será levantado el Hijo del hombre, para que quien crea en Él tenga vida eterna”. Nicodemo era un fiel observante de la ley y, sin embargo, el discurso sobre el levantamiento del Hijo del hombre, le resulta difícil de comprender. Las palabras del Jesús le llegaban envueltas en el misterio. Debió quedar un poco desilusionado. Le faltaba la luz del Resucitado. Solo después de los acontecimientos de la Pascua, recordando aquel encuentro nocturno comprendería lo que el Maestro quería decirle.
La Cruz no es un amuleto para colgarlo al cuello ni un símbolo para marcar la conquista de un territorio o la sacralización de una habitación o edificio. Es el punto de referencia de todas las miradas del creyente, que en ella ve sintetizada la propuesta de vida presentada por el Maestro. En la cruz eran ajusticiados los esclavos, solamente los esclavos. Desde lo alto de la Cruz Jesús proclama que el hombre que ha conseguido el éxito supremo según los criterios de Dios, es aquel que se ofrece voluntariamente como esclavo por amor, se hace siervo de los hermanos hasta consumar la propia vida por ellos, incluso por los enemigos.
A lo largo de nuestro caminar nos encontramos con muchas serpientes que son capaces de envenenar nuestra conciencia. Serpientes son la sed poseer, el frenesí del poder, la manía de aparentar. Solo la mirada dirigida hacia Aquel que ha sido ‘levantado en alto’ puede curarnos del veneno de muerte que puede ser inoculado en el corazón de toda persona.
En la segunda parte del pasaje evangélico tenemos una meditación teológica sobre la misión del Hijo del hombre, Dios lo ha enviado “no para juzgar al mundo sino, sino para que el mundo se salve por medio de él”. El juicio de Dios no es una condena, sino una bendición, y no viene pronunciado al final de los tiempos sino ahora; y es un juicio que salva.
La fiesta de hoy también nos revela cómo juzga Dios, no pronuncia sentencias, señala solamente al hombre que ha logrado la perfección, Jesús levantado en la cruz, e invita a toda persona a valorar su vida según la de Jesús.
De acuerdo con los criterios de este mundo, la cruz es el signo de la derrota y del fracaso de una vida; según el juicio de Dios, es la prueba del sumo amor. No es de maravillarse si –como escribe Pablo a los Corintios– el mundo juzgue como locura esta sabiduría celeste. Hoy estamos invitados a contemplar el sentido auténtico de la cruz. Amamos y veneramos este símbolo, conscientes de que lo que hace cristiana a una sociedad no es la exhibición de crucifijos, sino la vida de los cristianos, ‘crucificados’ y perseguidos porque se niegan a adorar el dinero y el poder, convirtiéndose, por el contrario, en constructores de paz.
Jesús María Amatria, CMF.

