
Los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera.
La parábola de Jesús es breve y clara. Un padre envía a sus hijos a trabajar en su viña. El primero le responde: «No quiero», No le da explicación alguna. Sencillamente no le da la gana. Sin embargo, más tarde reflexiona, se da cuenta de que está rechazando a su padre y, arrepentido, marcha a la viña. El segundo le dice: «Ya voy», Parece dispuesto a cumplir sus deseos, pero pronto se olvida de lo que ha dicho. No vuelve a pensar en su padre. Todo queda en palabras. No marcha a la viña. Jesús pregunta: ¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?
Jesús conoció una sociedad estratificada, llena de barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto. Personas «puras» con las que se puede tratar, y personas «impuras» a las que hay que eludir. «Prójimos» a los que se debe amar, y «no prójimos» a los que se puede abandonar. Hombres «piadosos» observantes de la ley, y «gentes malditas» que ni conocen ni cumplen lo prescrito. Personas «sanas» bendecidas por Dios, y «enfermos» malditos del Señor. Personas «justas», y hombres y mujeres «pecadores», de profesión deshonrosa.
La religión no siempre conduce a hacer la voluntad del Padre. Nos podemos sentir seguros en el cumplimiento de nuestros deberes religiosos y acostumbrados a pensar que nosotros no necesitamos convertirnos ni cambiar. Son los alejados de la religión los que han de hacerlo. Por eso es tan peligroso sustituir la escucha del Evangelio por la piedad religiosa. Lo dijo Jesús: «No todo el que me diga “Señor”, “Señor” entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo».
El mensaje de la parábola es claro. También los dirigentes religiosos que escuchan a Jesús están de acuerdo. Ante Dios, lo importante no es «hablar» sino «hacer». Para cumplir la voluntad del Padre del cielo, lo decisivo no son las palabras, promesas y rezos, sino los hechos y la vida cotidiana.
¿Qué importará el credo que pronuncian nuestros labios, si vivimos sin compasión, ocupados sólo en nuestro bienestar, sin parecernos al Padre que sufre con los que sufren? ¿Qué importarán las peticiones que dirigimos a Dios para que traiga al mundo la paz y justicia, si luego apenas hacemos algo por construir una vida más digna, como él quiere para todos? ¿Quién sospecha hoy que los vagabundos, los pordioseros, y todos los que forman el desecho de la sociedad, puedan ser un día los primeros?
Cuando nosotros los evitamos, Dios se les acerca. Cuando nosotros los humillamos, Él los defiende. Cuando los despreciamos, los acoge. En lo más oscuro de nuestra noche no estamos solos. En lo más profundo de nuestra humillación, no estamos abandonados. Cuando no hay sitio para nosotros en nuestra sociedad ni en los corazones, precisamente entonces, tenemos un lugar privilegiado en el corazón de Dios.
Oración: Dios mío, ayúdanos a no contentarnos con creernos cristianos, sino a llegar a serlo de verdad. Señor, que quieres darte a conocer como el Padre misericordioso que nos perdona y nos da siempre una nueva oportunidad; derrama tu amor sobre nosotros, para que renovados por tu amor, vivamos siempre coherentes con el “sí” que te hemos dado. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF
Párroco

