La parábola de los talentos encierra una carga explosiva. Sorprendentemente, el “tercer siervo” es condenado sin haber cometido ninguna acción mala. Su error consiste en “no hacer nada”: no arriesga su talento, no lo hace fructificar, lo conserva intacto en un lugar seguro.
La idea de Jesús sobre el camino de la fe es la de la disposición y la apertura: No al conservadurismo, si a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.
A veces los talentos no se usan para hacer el bien. Este siervo no se siente identificado con su señor y con sus intereses. No actúa movido por el amor. No ama a su señor, le teme. No entiende cual es su responsabilidad. No se implica en los proyectos de su señor.
Cuando el cristianismo llega a un punto en que es más un «conservar» que buscar caminos nuevos para acoger, vivir, y anunciar el proyecto del reino de Dios, olvidamos nuestra verdadera responsabilidad. El que no arriesga, limitándose a conservar lo que tiene, corre el peligro de perder hasta lo que cree tener. O crecer, arriesgar y enfrentar la vida, o morir.
Es muy tentador evitarnos problemas y no comprometernos en nada que nos pueda complicar la vida para defender nuestro pequeño bienestar. Pero, ¿qué estamos sembrando en la sociedad, a quiénes contagiamos esperanza, dónde aliviamos sufrimiento?
Nuestras nuevas generaciones difícilmente encuentran causas nobles por las que merezca la pena luchar. Les es mejor vivir el presente intensamente exprimiéndole el máximo placer. Valores como la familia, la autoridad, la tradición, han quedado oscurecidos en la conciencia de muchos. La crisis les ha provocado una sensación de vacío y desorientación y muchos se defienden instalándose en el pasado, cerrados a toda novedad.
Las leyes son necesarias para indicarnos la dirección a buscar y los límites que no debemos franquear. El seguimiento de Jesús implica una llamada a buscar y crear una humanidad siempre nueva y mejor. Seguir a Jesús es riesgo más que seguridad. Exigencia fecunda más que cumplimiento estéril. Urgencia de amor más que satisfacción del deber cumplido.
Cuando se vive la fe cristiana desde el miedo, todo se desvirtúa. La fe se conserva pero no contagia. La religión se convierte en deber. El evangelio es sustituido por la observancia. La celebración queda dormida por la preocupación ritual. Así, nos presentaríamos un día ante el Señor con la actitud del tercer empleado: “Aquí tienes lo tuyo. Aquí está tu Evangelio, aquí está el proyecto de tu reino y tu mensaje de amor a los que sufren. Lo hemos conservado fielmente. Lo hemos predicado correctamente. No ha servido mucho para transformar nuestra vida. Tampoco para abrir caminos de justicia a tu reino. Pero aquí lo tienes intacto”.
Oración: Gracias, Padre nuestro, por todo lo que día a día nos regalas y pones en nuestras manos. Líbranos de nuestros miedos y cobardías y ayúdanos a dar los frutos que esperas de nosotros. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF.
Párroco.

