El número de setenta (o setenta y dos) se debe entender a partir del simbolismo del número 7. En el pensamiento judío, este número indicaba todas las naciones de la tierra (F. Bovon). En las antiguas culturas, se trataba de un número importante, porque indica plenitud o totalidad. Y así se entiende en la Biblia (Ex 1, 5 y Deut 10, 22). Para Jesús la vocación misionera es universal para todo cristiano. Las palabras de Jesús constituyen una especie de carta fundacional, donde sus seguidores han de alimentar su tarea evangelizadora. Subrayo algunas líneas maestras.
«Vayan, que yo los envío»: Aunque lo olvidamos una y otra vez, la Iglesia está marcada por el envío de Jesús. Por eso es peligroso concebirla como una institución fundada para cuidar y desarrollar su propia religión. Responde mejor al deseo original de Jesús, la imagen de un movimiento profético que camina por la historia según la lógica del envío: saliendo de sí misma, pensando en los demás, sirviendo al mundo la Buena Noticia de Dios. «La Iglesia no está ahí para ella misma, sino para la humanidad» (Benedicto XVI).
El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a salir de sí misma, olvidar miedos e intereses propios, para ponerse en contacto con la vida real de las gentes y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y mujeres de hoy sufren y gozan, luchan y trabajan. Y nos dice: “cuando la Iglesia se encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada, a una que esté enferma por encerrarse en sí misma”. “La Iglesia ha de salir de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a encontrarse con los demás”. “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”.
Por eso es hoy tan peligrosa, la tentación de replegarnos sobre nuestros propios intereses, nuestro pasado, nuestras adquisiciones doctrinales, nuestras prácticas y costumbres. Más aún, si lo hacemos endureciendo nuestra relación con el mundo. ¿Qué es una Iglesia rígida, anquilosada, encerrada en sí misma, sin profetas de Jesús ni portadores del Evangelio?
«Si entran en una ciudad… Sanen a los enfermos que haya y digan a la gente: El reino de Dios ha llegado a ustedes». Esta es la gran noticia: Dios está cerca de nosotros, animándonos a hacer más humana la vida. Pero no basta afirmar una verdad para que sea atractiva y deseable. Es necesario revisar nuestra actuación: ¿qué es lo que puede llevar hoy a las personas hacia el Evangelio?, ¿cómo pueden captar a Dios como algo nuevo y bueno?
Seguramente, nos falta amor al mundo actual y no sabemos llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. No basta predicar sermones desde el altar. Debemos aprender a escuchar más, acoger, curar la vida de los que sufren… solo así encontraremos palabras humildes y buenas, que los acerquen a ese Jesús, cuya ternura insondable nos pone en contacto con Dios, el Padre Bueno de todos.
«Cuando entren en una casa, digan primero: Paz a esta casa». La Buena Noticia de Jesús se comunica con respeto total, desde una actitud amistosa y fraterna, contagia paz. Es un error pretender imponerla desde la superioridad, la amenaza o el resentimiento. Es antievangélico tratar sin amor a las personas, solo porque no aceptan nuestro mensaje. Pero ¿cómo lo aceptarán si no se sienten comprendidos por quienes nos presentamos en nombre de Jesús? Para dar paz tengo que tenerla. ¿Cómo puedo conseguir la paz?
«No lleven bolsa ni alforja ni sandalias». Hay que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia desde la fe en Jesús y la confianza en el Padre. ¿Cómo se puede traducir hoy este espíritu de Jesús en esta sociedad dominicana del bienestar? Cada uno debemos revisar con humildad qué nivel de vida, qué comportamientos, qué palabra, qué actitud nos identifican con los últimos.
Nuestra cultura dominicana está necesitada de humanidad. Cada palabra odiosa que se pronuncia por medio de nuestros dirigentes políticos, cada mentira que se dice, cada violencia que se comete, nos está empujando a todos hacia una confusión cada vez más profunda y destructiva. No es fácil vivir hoy en esta actitud de respeto, comprensión y acogida. Lo fácil es endurecerse cada día más y defenderse, atacando y haciendo mal. Tal vez tendríamos que orar como sociedad diciendo: Señor, he ocasionado mucho mal en tu bella isla, en tu bella familia, tengo que soportar pacientemente lo que los demás son y lo que yo mismo soy; concédeme que pueda hacer algo, para que la vida de cada familia dominicana sea un poco mejor, allí donde tú me has colocado. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

