TENTADO EN EL DESIERTO
Evangelio: Marcos 1,12-15
“Y Dios añadió: Pondré mi arco en el cielo, como señal de alianza con la tierra”. Es la imagen serena de la respuesta de Dios al pecado del hombre: no el rostro airado sino una luz, dulce como una caricia; no la voz amenazadora, sino una sonrisa acogedora dirigida a quien, alejándose del Señor, ya se ha infligido a sí mismo demasiado daño.
La ambivalencia del arco expresa una paradoja: la cólera de Dios no es otra cosa que su sonrisa y su severidad coincide con su ternura; la justicia es misericordia y de su arco no son lanzadas otras flechas que las del Amor.
Todos los años, en el primer domingo de cuaresma, el pasaje evangélico trata de las
tentaciones de Jesús en el desierto. El relato de Marcos es el más breve: refiere el hecho en solo dos versículos. Vamos a limitarnos al texto de Marcos, que es bastante rico, aunque no nos narra las tres tentaciones.
Es el Espíritu quien, después de haberse posado sobre Jesús en forma de paloma, lo empuja al desierto, donde pasó cuarenta días y fue tentado. Quien quiere crecer, mejorar, purificarse, reforzar la propia adhesión a Dios, no puede estar exento de estas pruebas. Ni siquiera Jesús se libró de ellas y, es precisamente esto, lo que lo hace más cercano, lo coloca a nuestro lado.
¿Por qué el evangelista coloca la prueba de Jesús en el desierto? ¿Qué representa este lugar? En el desierto ha entrado inmediatamente después del bautismo recibido de manos de Juan: ha iniciado su éxodo.
El número ‘cuarenta’ en la simbología bíblica indica toda una generación, con particular referencia a aquella que atravesó el desierto, fue tentada en el desierto y murió en el desierto. Toda la vida de Jesús está, por consiguiente, representada en estos cuarenta días transcurridos en el desierto. La prueba lo ha acompañado a lo largo de toda su vida.
¿Y quién es Satanás, este personaje que aparece junto a Él? La palabra hebrea satán no es nombre propio de persona sino un nombre común: indica a quien se pone en contra, al oponente, adversario o acusador. Se lo imaginaban como el enemigo del bien del hombre, el destructor de la obra de Dios. En Marcos es la personificación de todas las fuerzas del mal contra las que Cristo ha luchado durante su breve vida sobre la tierra.
En su relato de claro valor simbólico, el evangelista introduce otros dos personajes: las fieras y los ángeles. Las fieras representan los poderes opresores del mundo. Los ángeles aquí no entran en escena para servir a Jesús al final de los cuarenta días, sino que están a su lado durante toda su permanencia en el desierto. El término ángel no designa necesariamente un ser espiritual, como es creencia común; indica “todo mediador” de la Salvación de Dios y se aplica a quien se convierte en instrumento en las manos de Dios a favor del hombre.
En la segunda parte del pasaje bíblico, Marcos indica el lugar donde Jesús ha comenzado su anuncio: Galilea; después ofrece una síntesis de su mensaje: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia”.
“¡Crean en el Evangelio!” –recomendaba Jesús–; y confíen en la Buena Noticia; acojan la propuesta de Dios. Lo nuevo ya ha surgido.

