ANTE EL SUFRIMIENTO
Que cargue su cruz y me siga.
Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas confusas sobre la actitud cristiana a adoptar ante el sufrimiento.
No es fácil hablar del sufrimiento. Nosotros sabemos decir frases hermosas sobre el sufrimiento. Yo mismo he hablado de ello con calor. Después de mi accidente aquel 24 de diciembre de 2014, he aprendido a no decir nada. Nosotros ignoramos lo que es sufrir.
Los que han sufrido intensamente, conocen la verdad que encierran estas palabras. Los demás hemos de escuchar con atención, para que nuestra reflexión sea humilde y discreta. Ante el misterio del sufrimiento poco podemos hacer si no es estar cerca de quien sufre. Hermanos, el sufrimiento rompe todas nuestras seguridades y certezas. Antes, la vida nos parecía, tal vez, sólida y tranquila: proyectos, amor, trabajo, familia, misiones… Ahora, todo nos parece vano y sin sentido.
Al mismo tiempo, el sufrimiento parece hundirnos en la soledad extrema. ¿Quién puede llegar a entendernos de verdad? Las palabras y los gestos de las personas más cercanas, quedan lejos de lo que estamos viviendo por dentro. A pesar de sus esfuerzos y su buena voluntad, hay una especie de impotencia inevitable en todos los que se acercan a aliviarnos. Uno mismo tiene que aprender a seguir siendo humano en medio de lo que parece absurdo y sin sentido.
Las reacciones ante el sufrimiento pueden ser muy variadas. Hay quienes se rebelan hasta el agotamiento y la desesperación. No pocos se dejan destruir por la angustia y la ansiedad. Otros se encierran en su propio sufrimiento aislándose de todo lo que pudiera aportarles alivio o consuelo. Hermanos, no es fácil ser dueño de sí mismo en medio del dolor.
Lo confieso con humildad, el cristiano no tiene una receta para superar el sufrimiento. Como todo ser humano se sabe frágil e impotente ante el dolor. La luz y la fuerza le llegan desde el Crucificado. En la cruz no hay teorías ni discursos hermosos. He descubierto que sólo hay un Dios que sufre en el silencio con nosotros. Un Dios Padre cercano, amigo del ser humano. Un Dios que arrastra la historia doliente de la humanidad hacia su salvación. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en el seguimiento fiel a Cristo. De ahí las palabras de Jesús: «Quien quiera venirse conmigo… que cargue con su cruz y me siga».
Jesús se compromete con todas sus fuerzas, para hacer desaparecer de entre los hombres el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese sufrimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado y la muerte. El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. No hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás.
Jesús confía en el Padre, se pone serenamente en sus manos. Incluso, cuando la angustia le ahoga el corazón, de sus labios brota una plegaria: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.
Jesús es claro en su invitación: hay que tomar la cruz, hay que arriesgar la vida, hay que perder los privilegios y seguridades que nos ofrece la sociedad si queremos ser fieles al mensaje. ¿Cómo vivimos en la familia y la comunidad parroquial, la dimensión profética de nuestro bautismo? ¿Estamos dispuestos a correr los riesgos que implica el seguimiento de Jesús? ¿Conocemos personas que han vivido la experiencia del martirio por el Evangelio? ¿Ya no es tiempo para mártires, o lo es para mártires de otra manera?
Oración: Oh Dios, Amor eterno, que has engendrado a todos los seres y los envuelves en tu ternura materna. Acrecienta en nosotros una actitud de confianza en la bondad de la Vida y de la Existencia, para que seamos también creadores de Vida por Amor. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf
