El evangelio de Mateo presenta, en dos metáforas, lo que el propio Jesús pensaba sobre cómo debemos hacernos presentes los cristianos en la sociedad. De ninguna manera por la presencia llamativa de nuestros templos, monasterios y catedrales. Ni por medio de nuestros rituales o ceremonias religiosas. Tampoco por las imágenes que sacamos a la calle en festejos y peregrinaciones populares.
Los cristianos somos sal y somos luz. Una comida sosa, una habitación a oscuras, se hacen desagradables, quizá insoportables. En todo caso, la sal y la luz se palpan, se sienten. Así deben ser los cristianos; que se note enseguida lo que son. Por su forma de vivir, sus convicciones, sus costumbres, sus preferencias, su estilo de vida las veinticuatro horas de cada día.
Es decir, que la gente, al ver nuestras buenas obras, se sienta motivada a glorificar a nuestro Padre del Cielo. Escuchemos con atención la afirmación de Jesús: No oculten nada de su vida, no lleven una doble vida en la que haya cosas que tapar, que todo sea transparente, que todo se sepa de forma que, precisamente al saberse lo que hacen y por qué lo hacen, la gente se sienta motivada a creer en Dios y no tenga más remedio que decir: esta forma de vida solo es posible porque esta gente cree en algo o alguien que nos supera a todos. No es la fuerza de los argumentos. Es la fuerza de la vida, la que convence y seduce al ser humano.
Por eso el reino de Dios no es como quisiéramos; una manifestación extraordinaria de poder, haciendo justicia. Es en este preciso momento, en el día a día, minuto a minuto; y se manifiesta cada vez que somos capaces de actuar movidos por un amor solidario y gratis, que no brota de si, sino de algo que le impulsa y respeta siempre su voluntad. Sólo son felices quienes centran su interés en algo distinto a su propia felicidad. Como lo he visto en muchas personas cercanas de la Parroquia Claret, dedicadas a producir la mayor felicidad posible en otros, (niños, adolescentes, jóvenes y adultos) sin esperar nada a cambio, sólo movidas por esa misteriosa fuerza del amor solidario. Estas son personas muy felices. Gracias Señor por estas personas tan especiales en nuestra comunidad.
“Ustedes son la sal de la tierra”. Las gentes sencillas de Galilea captan espontáneamente el lenguaje de Jesús. Todo el mundo sabe que la sal sirve, sobre todo, para dar sabor a la comida y preservar de la corrupción a los alimentos. Del mismo modo, los discípulos de Jesús han de contribuir a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción.
“Ustedes son la luz del mundo”. Sin la luz del sol, el mundo se queda a oscuras, y en medio de las tinieblas, no podemos orientarnos ni disfrutar de la vida. Los discípulos de Jesús pueden aportar la luz que necesitamos para orientarnos, ahondar en el sentido último de la existencia y caminar con esperanza.
El Papa Francisco ha visto una Iglesia encerrada en sí misma, paralizada por los miedos, y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos para dar sabor a la vida moderna. Su respuesta es: “Hemos de salir hacia las periferias”. “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro”. “No podemos quedarnos tranquilos, en espera pasiva, en nuestros templos”. “El Evangelio nos invita a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro”. Necesitamos una Iglesia que cultive el “encuentro”, que “cure heridas y de calor a los corazones”. Quizá hemos caído en «una anemia de vida interior», que nos impide experimentar y vivir la vida de cada momento, de una manera más intensa, gozosa y fecunda.
¿Dónde está la sal de los creyentes? ¿Somos los creyentes una «buena noticia» para alguien? ¿Dónde hay creyentes capaces de contagiar su entusiasmo a los demás? ¿No se nos ha vuelto sosa la fe? En medio de tanta actividad y agitación, ¿dónde están nuestras «buenas obras»? Necesitamos redescubrir que la fe es sal que se puede saborear y nos puede hacer vivir todo de una manera nueva: la convivencia y la soledad, la alegría y la tristeza, el trabajo y la fiesta. ¿En la actual sociedad dominicana, ponemos los cristianos algo que dé sabor a la vida, algo que purifique, sane y libere a los hombres, de la descomposición espiritual, de la violencia enquistada contra la mujer, del egoísmo brutal e insolidario? ¿Vivimos algo que pueda iluminar a las gentes, en estos tiempos de incertidumbre electorales, y ofrecer una esperanza y un horizonte nuevo a quien busca salvación?
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José M. Catillo.

