La gente se agolpaba… para oír la Palabra de Dios. Al llegar al lago Genesaret, Jesús vive una experiencia muy diferente a la que había vivido en su pueblo. La gente no lo rechaza, sino que se agolpa a su alrededor. Aquellos pescadores no buscan milagros como los vecinos de Nazaret.
La escena es cautivadora. No ocurre dentro de una sinagoga, sino en medio de la naturaleza. La gente escucha desde la orilla; Jesús habla desde la superficie serena del lago. No está sentado en una cátedra sino en una barca, y desde ese escenario cotidiano, humilde y sencillo, enseñaba a la gente. Esta muchedumbre viene a Jesús para oír la Palabra de Dios. Intuyen que lo que él les dice proviene de Dios. Jesús no repite lo que oye a otros; no cita a ningún maestro de la ley. Esa alegría y esa paz que sienten en su corazón sólo puede despertarlas Dios. Jesús les pone en comunicación con él.
En las primeras comunidades cristianas, la gente se acerca también a los discípulos de Jesús para oír la Palabra de Dios. Lucas nos expresa que la gente no quiere oír una palabra cualquiera; esperan oír una palabra diferente, nacida de Dios. Es lo que se ha de esperar siempre de un predicador cristiano. Una palabra dicha con fe. Una enseñanza enraizada en el evangelio de Jesús. Un mensaje en el que se pueda percibir sin dificultad la verdad de Dios y donde se pueda escuchar su perdón, su misericordia insondable.
Dialogando con mi antiguo director espiritual (Teófilo Cabestrero, cmf), me decía que probablemente, muchos esperan hoy de los predicadores cristianos esa palabra humilde, sentida, realista, extraída del evangelio, meditada personalmente en el corazón y pronunciada con el Espíritu de Jesús. Cuando nos falta este Espíritu, jugamos a hacer de profetas, pero, en realidad, no tenemos nada importante que comunicar. Con frecuencia, terminamos repitiendo, con lenguaje religioso, las «profecías» que se escuchan en la sociedad.
Jesús desplazó la religión: la sacó del templo y del culto; y la puso en las tareas de la vida y en los afanes de la productividad que necesitamos en este mundo, para poder vivir con dignidad. Otra cosa, Jesús asocia la “presencia de Dios” con la “abundancia”. El Dios de Jesús no quiere la escasez, la falta de recursos. Así se reveló el Dios de Jesús en los relatos de la multiplicación de los panes, en el buen vino de la boda de Caná y en la pesca milagrosa del Resucitado. La religión de Jesús no quiere que nuestro trabajo se haga con vistas a la “ganancia”, sino a la “productividad” que genera “abundancia”. Y el relato termina diciendo: “dejándolo todo, le siguieron”. La religión, el trabajo, los afanes de la vida se han de centrar en “seguir” a Jesús. Éste es el verdadero milagro: creer cuando todo parece ilógico. La abundante pesca y las redes llenas de peces son sólo la consecuencia de la fe.
En el evangelio de hoy encontramos un diálogo sencillo y profundo entre Jesús y Pedro, que nos alienta mientras intentamos nadar contra corriente, en medio de las aguas tempestuosas de este mundo: La actitud de Pedro: «Apártate de mí, Señor, que soy pecador». La repuesta de Jesús: «No temas», no tengas miedo de ser pecador y estar junto a mí. Esta es la suerte del creyente: se sabe pecador pero se sabe, al mismo tiempo, aceptado, comprendido y amado incondicionalmente por Dios. A Dios le encantan los corazones sinceros.
Dios Padre Bondadoso, que misteriosamente nos pones en la existencia y nos haces depositarios de este caudal invaluable que es la vida, el tiempo, la posibilidad de ser y de elegir, de querer y de hacer, de amar y construir… Queremos expresarte nuestro deseo de ser cada vez más conscientes del valor de la vida que llevamos entre manos, y la alegría estremecida de saber que podemos hacer de ella, ante Ti y ante la Historia, una aventura personal, irrepetible, de amor y de felicidad. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola, José María Castillo y Diario Bíblico Claretiano.

