LA FE QUE VENCE EL SILENCIO
Evangelio: Mateo 15: 21-28
¡Señor socorre mi fe! ¿Es que no soy digno de tu favor?
El primer conflicto fuerte que sufrió la primera comunidad cristiana fue el exclusivismo. Los primeros cristianos se preguntaban si la salvación que Jesús traía estaba destinada a todos los pueblos, o estaba reservada únicamente para los hijos de Abraham. Algunos argumentaban que el Evangelio debía de anunciarse sólo a los israelitas.
Otros cultivaban ideas más abiertas. Estaban convencidos de que el Evangelio debía predicarse principalmente a los judíos, pero también estaban convencidos de que los gentiles también debían ser admitidos al banquete del Reino de Dios. Israel era el “primogénito” pero no el “unigénito”. La orden del Señor resucitado era inequívoca: “Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. Se resuelve este conflicto en la Asamblea de Jerusalén.
Un día, una mujer cananea, perteneciente, por tanto, a una nación enemiga, se acercó a Jesús suplicando insistentemente por la sanación de su hija.
Los discípulos de Jesús son israelitas educados en el fundamentalismo religioso más riguroso. Les sorprende la osadía de esta mujer pagana que se atreve a hablar con su Maestro. Esperan su reacción ¿respetará las normas vigentes que prohíben la comunicación con extraños o, como solía hacer, romperá con la tradición?
El evangelista relata el diálogo entre Jesús y la mujer. Ante la petición de ayuda de la mujer, Jesús adopta una actitud arrogante, esa mujer no merece ni una mirada ni una palabra. Entonces los apóstoles, algo molestos, intervienen. Quieren resolver la situación cuanto antes, le piden al Maestro que la despida. Esta es la traducción correcta.
Jesús parece seguir el consejo de los discípulos. Se vuelve más severo y dice “fui enviado solamente a las ovejas perdidas de la nación de Israel” El Señor solo se ha comprometido con los israelitas. Solo debe preocuparse por ellos. La mujer lo entiende. Sabe que no pertenece al pueblo elegido. Sin embargo, confía en la buena voluntad y la intervención divina. Postrándose ante Jesús, le suplica: “¡Señor, ayúdame!”.
En respuesta, recibe un insulto, “No está bien quitarles el pan a los hijos y echárselo a los cachorros”. “Perro” era el insulto más cruel. Era el apodo con el que los judíos llamaban a los paganos. En labios de Jesús, esta expresión nos sorprende, sobre todo si consideramos que la mujer cananea se dirigió a Él con gran respeto. Tres veces lo llamó “Señor”, el título con el que los cristianos profesan su fe en el Resucitado, y una vez “Hijo de David”, lo que equivale a reconocerlo como el Mesías.
Parece que, Jesús, como todos sus compatriotas, también sentía aversión por los extranjeros. Pero no es así. La conclusión del diálogo nos lo aclara. “¡Mujer qué grande es tu fe!”. Es un elogio que jamás se había dirigido a una mujer israelita.
Podemos concluir que la provocación, el desprecio por los paganos, la referencia a su impureza e indignidad no era más que una astuta estrategia. Jesús quería que sus discípulos cambiaran radicalmente su trato con los extranjeros. Se hizo pasar por el israelita íntegro y puro para demostrar lo ridícula e insensata que era la mentalidad separatista cultivada por su pueblo. Mientras que el rebaño se mantenía alejado del pastor que quería reunirlo, los perros se acercaban a él y obtenían la salvación gracias a su gran fe.
El mensaje sigue siendo tan relevante como siempre. La Iglesia está llamada a ser un signo de que toda discriminación relacionada con el género, la raza, el pueblo o la institución es cosa del pasado.
La mujer cananea, la pagana, la infiel, es señalada como modelo de la verdadera creyente. Sabe que no merece nada y cree que solo por la Palabra de Cristo puede alcanzar la salvación libremente. La implora y la recibe como un don.
¡Señor, hazme un testigo fiel de mi fe en ti!
Jesús María Amatria, CMF.

