GRANDE ES EL QUE SE HACE PEQUEÑO
El pasaje que la liturgia de este vigésimos segundo domingo nos narra hay que señalarlo en el contexto de lo que eran las comidas del sábado en Israel. No eran un simple almuerzo. Eran un convite que reunía a los cercanos y se dialogaba sobre diversos temas. Cuando era invitado un rabino, el tema principal solía ser teológico o moral. Jesús impartió muchas de sus enseñanzas sentado a la mesa con los demás comensales.
Jesús observa el protocolo que se seguía a la hora de distribuir los lugares en la mesa e introduce una primera parábola. “Cuando alguien te invite a una boda, no ocupes el primer puesto… ve y ocupa el último puesto… Así, cuando llegue el que te ha invitado, te dirá: «Amigo, acércate más». Y quedarás honrado delante de todos los invitados”.
Esta invitación a la astucia desentona bastante en boca de Jesús. Pero era un proverbio muy utilizado por los rabinos de su tiempo. Pero en boca de Jesús no tiene el fin de enseñar una treta para quedar bien ante los demás. Tiene otro objetivo. Podemos observar.
Fíjate bien y caerás en la cuenta que una palabra aparece con más frecuencia que otras, son cinco veces la que aparece, es la palabra invitado-invitados, o llamado-llamados puede ser también según la traducción.
Notemos así mismo que la manera como se expresa Jesús es como si fuera el dueño del banquete, no habla como invitado.
Jesús, dueño del banquete, sabe que sus seguidores también ansiamos los primeros puestos. Así lo ha comprobado caminando con sus apóstoles. Por eso durante la Última Cena les volverá a llamar la atención para que graben en su mente y en su corazón su última voluntad: “¿Quién es mayor? ¿El que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Pero yo estoy en medio de ustedes como el que sirve”.
Después de haber narrado esta parábola, Jesús se dirige al fariseo que lo ha invitado: “Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos, porque ellos a su vez te invitarán y quedarás pagado”.
En el fariseo que lo ha invitado estamos reflejados todos sus seguidores y con estas palabras es el Cristo que nos amonesta cuando nos portamos como fariseos y hacemos distinciones y discriminamos a los demás.
¿Cuál es su mensaje? Nos dice que es necesario dar comienzo a otro banquete en que las cuatro categorías de ‘gente bien’, cedan el puesto a otras cuatro bien distintas: “Cuando des un banquete, invita a pobres, mancos, ciegos y cojos”.
Los mancos, ciegos y cojos no eran admitidos en el templo del Señor. Su condición era una clara señal de su estado pecaminoso y la asamblea de los israelitas debía estar compuesta por gente íntegra, perfecta, pura, sin defectos. Jesús anuncia haber venido a proclamar un banquete nuevo, un banquete en el que los excluidos, las personas rechazadas por todos, sean los primeros invitados a quienes les estén reservados los puestos de honor.
Concluyendo su exhortación, afirma: “Dichoso tú porque ellos no pueden pagarte; pero te pagarán cuando resuciten los justos”.
Pongamos atención a las palabras de Jesús. La invitación a ayudar al pobre pensando en la riqueza que se puede acumular en el cielo, puede llevarnos a un comportamiento egoísta. Es como servirse del pobre e “invertir mi tiempo y dinero para ganar el paraíso”. Este es un amor egocéntrico, nada oblativo. Hay que amar al prójimo porque es digno de amor, no por compasión o asumiendo una actitud de altanera superioridad, superior en riquezas o superior espiritualmente.
¿Cuál será la recompensa? Si amamos teniendo como solo objetivo la búsqueda del bien del hermano, entonces nos asemejamos al Padre que está en los cielos, experimentamos la misma alegría de Dios. La felicidad de Dios está en amar gratuitamente. Somos llamados bienaventurados y se hace realidad la promesa de Jesús: “Así será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo” (Lc 6,36). ¡Qué más se puede pedir! No se puede pedir más.
Jesús María Amatria, cmf.

