En vísperas de Navidad, la liturgia nos presenta la figura de María, acogiendo en gozo a Dios en su vida. El evangelista Lucas temía que sus lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Les quería anunciar una noticia diferente a las que corrían por el imperio. Debían preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios estaba cerca, dispuesto a transformar la vida.
María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su hijo Jesús. Todos podrían unirse a ella para acoger al Salvador. ¿Es posible hoy prepararnos para recibir a Dios?
«Alégrate». Es lo primero que María escucha de Dios y es el llamado que debemos escuchar hoy, porque a todos nos falta alegría; contagiados por la tristeza del mundo olvidamos la Buena Noticia de Jesús. Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil, y no sabemos esperar, cual niños impacientes que lo quieren todo enseguida, llenos de cosas que nos impiden reconocer nuestros deseos más profundos. Debemos esperar a Dios para encontrar la alegría. Tenemos que despertar la alegría en nuestras comunidades, en nuestras familias para recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.
«El Señor está contigo». La Iglesia y la sociedad dominicana de nuestros días necesita la alegría que nace de la confianza en Dios. No estamos huérfanos. Invocamos cada día a un Dios Padre y Madre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre el bien de todos. La Iglesia necesita reencontrarse volviendo al Evangelio, porque no está sola. Jesús, el Buen Pastor, nos está buscando. Su Espíritu nos está atrayendo. Contamos con su aliento y comprensión. Jesús no nos ha abandonado. Con él todo es posible.
«No temas». La alegría es posible cuando se dejan de lado los miedos que nos amenazan por dentro y desde fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzadora?, ¿cómo olvidar nuestra impotencia y nuestra cobardía para enfrentarnos al mal? Los miedos paralizan a los seguidores de Jesús. Miedo al mundo moderno, a un futuro incierto, a nuestra debilidad. Miedo a los atracos. El miedo nos hace mucho daño, impide caminar hacia el futuro con esperanza, encerrados en la conservación estéril del pasado. Crecen nuestros fantasmas y desaparece el realismo sano y la sensatez cristiana.
Nos urge construir la Iglesia y la sociedad de la confianza. La fortaleza de Dios se revela en una Iglesia humilde y confiada, no en la poderosa. Cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene de fuera. Si estamos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Afianzando nuestra confianza en Dios sabremos defendernos de lo que nos hace daño.
«Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús». A nosotros, como a María, también se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe, que está queriendo brotar, en el Dios que humaniza. Desde nuestras parroquias, pequeñas y humildes, podemos ser levadura de un país más sano y fraterno. Estamos en buenas manos, Dios no está en crisis. Somos nosotros los que debemos atrevernos a seguir a Jesús con alegría y confianza.
Dios es la fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. Podemos sacar verdadera esperanza del misterio último de la vida. Todo cambia cuando el ser humano se siente acompañado por Dios. Celebremos el «corazón» de la Navidad, no su corteza, haciendo más sitio a Dios en nuestra vida.

