Un escriba fariseo que creía en la resurrección, había la escuchado su manera de discutir con ellos, y apreció lo bien que les había respondido. Era un hombre abierto. Se acercó a Jesús, no en plan de ponerle trampas, sino de buena fe, y le planteó algo que le inquietaba: ‹‹Maestro -le dijo- ¿cuál es para ti el primero y más importante de los mandamientos? ››. La pregunta no era fácil; los fariseos, en su deseo de cumplir totalmente la voluntad de Dios, la habían concretado en seiscientos trece mandamientos, de los cuales hay 248 preceptos y 365 prohibiciones. Pensaban que no todos tenían la misma importancia, pero no se ponían de acuerdo a la hora de determinar cuál era el más importante para Dios. Para unos era guardar el sábado, para otros, el ayuno, para otros, el pago del diezmo.
Jesús le respondió con la confesión de fe judía más ortodoxa y tradicional que está en el libro del Deuteronomio: ‹‹Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas››. Luego Jesús citó otra antigua fórmula del libro del Levítico, que para él tenía la misma importancia que la anterior: ‹‹y el segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que estos››. Había tomado posición pública en este punto tan importante para la fe judía. Ésta es la síntesis de la vida.
El amor no está en el mismo plano que otros deberes. No es una «norma» más, perdida entre otras normas más o menos importantes. «Amar» es la única forma sana de vivir ante Dios y ante las personas. Si en la política o en la religión, en la vida social o en el comportamiento individual, hay algo que no se deduce del amor o va contra él, no sirve para construir una vida humana. Sin amor no hay progreso.
Se puede vaciar de «Dios» la política y decir que basta pensar en el «prójimo». Se puede vaciar del «prójimo» la religión y decir que lo decisivo es servir a «Dios». Para Jesús «Dios» y «prójimo» son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.
El riesgo de distorsionar la vida desde una religión «egoísta» es siempre grande. Por eso es tan necesario recordar este mensaje esencial de Jesús. No hay un ámbito sagrado en el que nos podamos ver a solas con Dios, ignorando a los demás. No es posible adorar a Dios en el fondo del alma y vivir olvidado de los que sufren. El amor a Dios, Padre de todos, que excluye al prójimo se reduce a mentira. Lo que va contra el amor, va contra Dios.
Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. La mayoría da por supuesto que el ser humano sabe amar espontáneamente. Hay quienes piensan que el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se pasan la vida esforzándose por lograr que se les ame.
Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la vida al liberarnos de la soledad y la separación, para hacernos entrar en la comunión con Dios y con los otros.
La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que ocurre en su intimidad. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor. Una escucha más honda, un silencio más prolongado ante Dios, y una apertura mayor a su Espíritu, pueden hacer surgir poco a poco de nuestro ser, posibilidades del amor que hoy sospechamos. Lo segundo es aprender a dar. No hay amor donde no hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él. Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro sin retirar rápidamente la amistad o el amor. Devolver bien por mal. Terminemos preguntándonos: ¿Qué espacio ocupa Dios en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en todo mi ser?
Juan Andrés Hidalgo Lora. CMF. Fuentes: José Antonio Pagola, Carlos Bravo, SJ.

