«Dio un salto y se acercó a Jesús».
El camino que viene del norte hacia Jerusalén pasa por Jericó, la ciudad más antigua de Palestina. Habitada desde 7.000 años atrás, era de gran importancia para Jerusalén, porque allí vivían los sacerdotes y los levitas que servían en el Templo.
Al ciego le extrañó percibir que pasaba tal cantidad de gente y preguntó qué era aquello. Al responderle que era Jesús de Nazaret, empezó a gritar con todas sus fuerzas: ‹‹Hijo de David, Jesús, apiádate de mí››. Por lo que había oído de él, era sin duda el Mesías esperado. Su vida había sido siempre de noche, y tal vez él pudiera devolverle la vista. ¿No es esta también nuestra situación? ¿Cristianos ciegos, sentados junto al camino, incapaces de seguir a Jesús?
Su petición era: ‹‹Maestro: que vuelva a ver››. Recordaba con nostalgia sus primeros años, cuando tenía ese maravilloso regalo de Dios. Y como, poco a poco, se le fue nublando la mirada ante la tristeza de sus padres y su propia desesperación. Los años transcurridos en soledad y amargura, cuando todos lo fueron abandonando, como si fuera un maldito de Dios. Y ahora anidaba de nuevo la esperanza en su corazón; y más que la esperanza, la certeza: Jesús le dijo: ‹‹Anda, esa fe que tienes es lo que te da la vista››. Y volvió a ver. Y desde aquel momento su vida tuvo rumbo: decidió seguir a Jesús por el camino.
Bartimeo da tres pasos que van a cambiar su vida. «Arroja el manto» porque le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre tinieblas, «da un salto» decidido, y de esa manera «se acerca» a Jesús. Es lo que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe; tomar, por fin, una decisión sin posponerla para más tarde; y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.
Si quieren entender lo que les quiero decir, no se queden sólo en la curación porque allí no está el mensaje que quiero darles. Me he servido de ese hecho como pretexto para que descubran lo que estaba pasando con los discípulos de Jesús: son como ciegos que lo proclaman Mesías de acuerdo a sus expectativas. Recuerden al primer ciego que curó en Betsaida: veía a medias, como ellos. A pesar de las instrucciones que les ha dado y de los criterios que les ha corregido, aun no lo ven como lo que es en verdad. Pero también, como este ciego, cuando vean quién es Jesús, se levantarán y lo seguirán por el camino. Y yo espero que pase lo mismo con todos los que lean lo que estoy escribiendo.
Hoy se oyen en la Iglesia quejas y lamentos, críticas, protestas y mutuas descalificaciones. No se escucha la oración humilde y confiada del ciego. Se nos ha olvidado que solo Jesús puede salvar a esta Iglesia. No percibimos su presencia cercana. Solo creemos en nosotros. ¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible reaccionar? ¿Podemos salir de la inercia?
El ciego no sabe recitar oraciones hechas por otros. Sólo sabe gritar y pedir compasión porque se siente mal. Este grito humilde y sincero, repetido desde el fondo del corazón, puede ser para nosotros el comienzo de una vida nueva: Jesús no pasará de largo.
Tener vida no significa necesariamente vivir. Para vivir es necesario amar la vida, liberarse día a día de la apatía, no hundirse en el sinsentido, no dejarse arrastrar por fuerzas negativas y destructoras. Los hombres somos seres inacabados, llamados a renovarnos y crecer constantemente. Por eso, nuestra vida comienza a echarse a perder en el momento en que nos detenemos pensando que todo ha terminado para nosotros.
A nadie se le puede convencer desde fuera para que crea. Para descubrir la verdad de la religión, cada uno tiene que experimentar que Cristo hace bien y que la fe ayuda a vivir de manera más gozosa, más intensa y más joven. Dichosos los que creen, no porque un día fueron bautizados, sino porque han descubierto por experiencia que la fe hace vivir.
Oración. Dios, Padre de bondad, que nos has creado para caminar, para salir al encuentro de los demás y de ti, y que para ello, nos abres el camino que debemos recorrer. Te pedimos ilumines nuestros ojos para que podamos caminar sin tropiezo y ayudar a caminar a los demás. Amén.
FUENTES: JOSÉ ANTONIO PAGOLA, CARLOS BRAVO, SJ Y JUAN ANDRÉS HIDALGO LORA, CMF

