Acercarnos a celebrar el nacimiento de Jesús conlleva recordar la condición de mujer y la fe de María. El episodio, del evangelio de Lucas, llamado de la visitación. nos relata el encuentro de dos mujeres madres, ocupando toda la escena: María, la galilea que va a Judá, llevando dentro de ella a su Hijo, y ante el saludo de la joven, el niño que Isabel está a punto de dar a luz “salta de gozo” (vv. 41 y 44).
María, que ha llegado aprisa desde Nazaret, se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos, que muchos otros que le han sido añadidos posteriormente, a partir de advocaciones y títulos más alejados del clima de los evangelios.
María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Este es el punto de partida de toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».
María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.
María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Esa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no solo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va, lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador. María va deprisa a visitar a Isabel. La presencia de Jesús, en un ser humano, impulsa a este al encuentro. El encuentro que acerca y une a las personas. El primer signo de la presencia de Jesús es el deseo de encuentro, de fusión, de diálogo, de alegría compartida. Donde están ausentes estas experiencias y sentimientos, no está Jesús, ni está el Espíritu de Jesús.
María, portadora de alegría. El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate… el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.
María, portadora de bendición. Bendecir significa decir el bien, ensalzar, glorificar. Con anterioridad al nacimiento de Jesús, aparecen en los evangelios bendiciones por parte de Zacarías, Simeón, Isabel y María. Todos bendicen a Dios por lo que hace. Pero, al mismo tiempo, Jesús bendice a los niños, a los enfermos, a los discípulos, al Padre. Toda bendición va dirigida a Dios. La oración de bendición es, sobre todo, alabanza de acción de gracias. De este modo celebramos la Eucaristía. Pero también la bendición se extiende a todas las criaturas incluso a las inanimadas: ramos, ceniza, pan y vino. Son bienaventurados los santos y especialmente “bendita” es María, la madre de Jesús.
Hermanos, sucede que ahora, cuando más medios de comunicación tenemos, más incomunicados y solitarios vivimos. En los pueblos y campos todo el mundo se saluda. En la gran ciudad de Santo Domingo, hay personas que viven muchos años en la misma casa, se encuentran con frecuencia en la escalera y ni se saludan. Hemos organizado una sociedad, en la que ciertamente hay mucha división y hay poco saludo de encuentro, a fondo y de verdad. Hoy recordamos ese saludo de María, que contagia la alegría de Jesús, e hizo saltar de gozo a Juan Bautista en el seno materno
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, Fuentes: José María Castillo y José Antonio Pagola.

