Una de las instituciones más profundamente afectadas por cambios, sobre todo en las últimas décadas, es la familia. La inestabilidad, la inseguridad y la desinformación que se vive, se debe en gran parte, a la transformación que se está produciendo en la institución familiar. El cambio más fuerte consiste en que el matrimonio está siendo sustituido por la pareja. El matrimonio, se entiende y se vive como un compromiso para siempre: “Hasta que la muerte nos separe”. La pareja, en cambio, es un concepto enteramente libre. Algo así como la amistad o una simple relación humana. Ni siquiera los hijos o las propiedades son ya elementos que dan estabilidad al grupo familiar.
Hoy celebramos el Día de la Familia Cristiana. Una fiesta establecida recientemente para que los cristianos celebremos y ahondemos en lo que puede ser un proyecto familiar, entendido y vivido desde el espíritu de Jesús. No basta defender de manera abstracta el valor de la familia, ni es suficiente imaginar la vida familiar, según el modelo tradicional de la familia de Nazaret, Seguir a Jesús nos exige cuestionar y transformar esquemas y costumbres muy arraigados en nosotros.
La familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. Lo decisivo no es la familia de sangre, sino más aun, esa gran familia que debemos ir construyendo los humanos, según el proyecto del único Padre de todos. Incluso sus padres lo tendrían que aprender, no sin problemas y conflictos.
Según el relato de Lucas, los padres de Jesús lo buscan acongojados, al descubrir que los ha abandonado sin preocuparse de ellos. ¿Cómo puede actuar así? Su madre se lo reprocha en cuanto lo encuentra: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús los sorprende con una respuesta inesperada: «¿Por qué me buscan? ¿No saben que yo debía estar en la casa de mi Padre?».
Sus padres «no le comprendieron». Ahondando en sus palabras y en su comportamiento frente a su familia, descubrirán progresivamente que, para Jesús, lo primero es la gran familia humana: una sociedad más fraterna, justa y solidaria, tal como la quiere Dios.
Por tanto, lo más urgente es educar a las nuevas generaciones para fomentar en sus vidas la capacidad de cariño, de saber tratar a los demás, de convivir en paz, respecto, bondad, capacidad de perdonar y, sobre todo, la fidelidad a la palabra dada.
No podemos celebrar responsablemente la fiesta de hoy en Nuestra Parroquia Claret, sin escuchar el reto de nuestra fe.
Reflexionemos como son nuestras familias. ¿Viven comprometidas en una sociedad mejor y más humana, o encerradas en sus propios intereses? ¿Educamos para la solidaridad, la búsqueda de paz, la sensibilidad hacia los necesitados, la compasión, o solo para el bienestar insaciable, el máximo lucro y el olvido de los demás?
¿En nuestros hogares se cuida la fe, recordamos a Jesucristo, se aprende a rezar, o en cambio, se transmite la indiferencia, la incredulidad y el vacío de Dios? ¿Se educa para vivir desde una conciencia moral responsable, sana, coherente con la fe cristiana, o favorecemos un estilo de vida superficial, sin metas ni ideales, sin criterios ni sentido último?
En esta fiesta que hoy celebramos, damos gracias al Señor por todas las familias de Claret que, comprometidas en nuestra comunidad, son ejemplo y testimonio vivo, de que el proyecto de Dios es posible entre nosotros.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, Fuentes: José María Castillo y José Antonio Pagola.

