El bautismo de Jesús nos explica en qué debe consistir el bautismo de los cristianos. El bautismo de Juan Bautista era un bautismo de agua. El bautismo de Jesús es de Espíritu y fuego. ¿Qué significa el Bautismo en el Espíritu? Según el Evangelio, es lo mismo que “nacer de nuevo”, nacer por segunda vez. Jesús se lo explicó muy bien a Nicodemo (Jn 3, 3-8): Tienes que nacer de nuevo o “Nacer del Espíritu”. En efecto, Espíritu es una palabra traducida del griego pneuma, que significa “viento”. Se nos dice que los cristianos tenemos que ser “como el viento” y Jesús nos lo explica: El viento sopla donde quiere, y oyes su ruido, aunque no sabes de dónde viene ni adónde va. Y concluye: Eso pasa con todo el que ha nacido del Espíritu (Jn 3, 8b). O sea: el bautismo nos tiene que hacer a los cristianos libres como el viento.
Confianza y Docilidad. Tú eres mi hijo. Esto significa: Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de gozo que seas mi hijo; me siento feliz»; Jesús no lo llama por otro nombre, sino, Abbá, Padre.
Esta experiencia que Jesús vivió, origina dos actitudes que quiso contagiar a todos: su infinita confianza en Dios y su docilidad. El confía en Dios de manera espontánea. Se abandona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Confía en Dios. Reconoce su filiación de hijo y enseña a todos a llamarle a Dios «Padre». Le entristece la «fe pequeña» de sus discípulos. Con esa pobre fe no se puede vivir. Les repite una y otra vez: «No tengan miedo. Confíen». Pasó su vida infundiéndoles confianza en Dios. Como hijo bueno, busca ser la alegría de su padre. Como hijo fiel, vive identificándose con él, imitándole en todo. En tiempos de crisis de fe, no hay que perderse en lo accesorio y secundario. Hay que cuidar lo esencial: la confianza total en Dios y la docilidad humilde. Todo lo demás viene después.
Yo Soy Amado. El Amado. En nuestra sociedad hemos perdido una bella tradición: Los dominicanos de hoy, llenos de miedos e inseguridad, necesitan más que nunca ser bendecidos. Los niños necesitan la bendición de sus padres y éstos necesitan la bendición de sus hijos.
Recuerdo de mi infancia una bella bendición de mi abuelo José Hidalgo: «Papitín, Hijo querido, te pase lo que te pase en la vida, tengas éxito o no, llegues a ser importante o no, goces de salud o no, recuerda siempre cuanto te aman tu padre y tu madre».
Nuestra actual sociedad dominicana ignora lo que significa la bendición y el sentido profundo que encierra. Los padres y abuelos ya no bendicen a sus hijos. Se ha olvidado que «bendecir» (del latín benedicere) significa literalmente «hablar bien», decirle cosas buenas a alguien. Y, sobre todo, decirle nuestro amor y nuestro deseo de que sea feliz.
Y sin embargo, las personas necesitan oír cosas buenas. Entre nosotros hay demasiada condena. Son muchos los que se sienten maldecidos más que bendecidos. Algunos se maldicen incluso a sí mismos. Se sienten malos, inútiles, sin valor alguno. Bajo una aparente arrogancia se esconde con frecuencia un ser inseguro que, en el fondo, no se aprecia a sí mismo. El problema de muchos no es si aman o no aman, si creen en Dios o no creen. Su problema radica en que no se aman a sí mismos. No es fácil desbloquear ese estado de cosas. Amarse a sí mismo cuando uno sabe cómo es, puede ser de las cosas más difíciles.
Hijos amados de nuestra parroquia Claret, muchos en nuestras familias necesitan escuchar hoy, en el fondo de su ser, una palabra de bendición. Saber que son amados a pesar de su mediocridad y sus errores. ¿Dónde está la bendición? ¿Cómo puede estar uno seguro de que es amado? Una de las mayores tragedias de nuestro pueblo, es haber olvidado expresar palabras como: «Yo soy amado, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque Dios es bueno y me ama de manera incondicional y gratuita en Jesucristo». Soy amado por Dios, ahora mismo, tal como soy, antes de que empiece a cambiar. Eso deberá ser también, lo más importante de este año. Cuando las cosas se te pongan difíciles y la vida te parezca un peso insoportable, recuerda siempre que eres amado con amor eterno. Amén, amén y amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, Fuentes: José Antonio Pagola y José María Castillo.

