La festividad de la epifanía significa la manifestación de Jesús a todos los pueblos y culturas. En Jesús, es Dios quien se manifiesta, se revela, se comunica. Dios no es la religión. Dios trasciende todo lo humano y lo cultural y las diversas religiones son producto de las diversas culturas. La venida los “Magos de Oriente” representa de manera simbólica que, en Jesús, Dios se encarna humano.
El significado social y popular de esta fiesta es algo muy distinto. En el sentido “mundano”, el día de Reyes es la fiesta de los regalos, sobre todos a los niños. Los intereses económicos y comerciales, unidos al poder de la publicidad, han logrado modificar el significado de este día y su forma de celebrarlo, convirtiendo una fiesta religiosa en una fiesta profana. El mayor peligro que conllevan los regalos, está en pretender (quizá sin darnos cuenta de ello) suplir la falta de amor y dedicación, mediante juguetes, y otras innumerables “falsificaciones” o negocios, que arruinan la auténtica relación humana.
Ante Jesús se pueden adoptar actitudes muy diferentes. El relato de los magos nos habla de la reacción de tres tipos de personas: Unos paganos que lo buscan, guiados por la pequeña luz de una estrella. Los representantes de la religión del Templo, que permanecen indiferentes. El poderoso rey Herodes que solo ve en él un peligro.
Los magos no pertenecen al pueblo elegido. No conocen al Dios vivo de Israel. Nada sabemos de su religión ni de su pueblo de origen. Solo que viven atentos al misterio que se encierra en el cosmos. Su corazón busca verdad. En algún momento creen ver una pequeña luz que apunta hacia un Salvador. Necesitan saber quién es, dónde está, y rápidamente se ponen en camino.
Cayendo de rodillas, lo adoraron. Orar es tan sencillo que hasta un pequeño niño puede hacerlo. Pero a veces parece tan difícil, pues millones de hombres son incapaces de elevar su corazón a Dios y comunicarse con él. La verdad está siempre envuelta en humildad y en amor.
«Orar, ¿para qué?». Es lo primero que brota del hombre que se mueve entre la autosuficiencia y el utilitarismo. ¿Para qué quiero a Dios? ¿Me va a resolver los problemas? ¿Me va a dar de comer? ¿Me va a procurar trabajo, dinero, seguridad? ¿Cómo me dirijo a alguien que no me sirve para nada? Y, sin embargo, sigue siendo verdad que «no sólo de pan vive el hombre)»; ¿Acaso el hombre de hoy ya no necesita de paz interior, perdón, fuerza de conversión, esperanza?
«¿Orar? No tengo tiempo». Es otra reacción muy general, porque hoy muchos lo dicen. No hay tiempo para orar. Tenemos el día totalmente ocupado. Imposible introducir otra tarea más. Sin embargo, siempre tenemos tiempo para lo que realmente nos interesa. Decir «no tengo tiempo para orar», casi siempre equivale a decir «Dios no me interesa». Cada uno sabe cómo va construyendo su vida. Pero si un creyente no encuentra tiempo para estar con Dios, tampoco lo tendrá para estar consigo mismo, ni para estar en profundidad con las personas, ni para crecer interiormente. ¿Dónde alimentará su fe?
«¿Orar? No sé hacerlo. ¿Qué le puedo decir yo a Dios?». Son muchos los que hablan en términos parecidos. Se sienten bloqueados interiormente. No aciertan a ponerse en comunicación con él.
Las razones pueden ser diferentes, pero detrás de todos los razonamientos casi siempre se esconde una verdad pura y llana. Sentimos miedo a la oración. Tenemos miedo a vernos tal como somos y a descubrir cuan frágiles son los apoyos sobre los que se sustenta esa fachada de lo que aparentamos ser. No nos atrevemos a afrontar nuestra propia verdad. La misma santa Teresa decía: «Me espanto de ver en la oración tantas verdades y tan claras».
¿Qué podemos hacer? ¿Seguir huyendo de Dios y de nosotros mismos? El episodio de los magos no es sólo un relato lleno de encanto. La búsqueda esforzada de esos hombres hasta caer de rodillas ante el Niño en actitud de adoración, es una llamada que se nos hace a todos. La vida del hombre alcanza su mayor grandeza cuando sabe arrodillarse interiormente ante Dios. En él encuentra su auténtica verdad, el perdón y la paz.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, Fuentes: José María Castillo y José Antonio Pagola.

