Ningún profeta es bien mirado en su tierra.
Privados de Espíritu Profético. La oposición a Jesús se fue gestando poco a poco: el recelo de los escribas, la irritación de los maestros de la ley y el rechazo de los dirigentes del Templo fueron creciendo hasta acabar en su condena y ejecución en la cruz.
Jesús leyó el comienzo del capítulo 61 de Isaías. Pero él mismo suprimió el final en el versículo segundo, que habla de desquite de nuestro Dios. Los israelitas, oprimidos y humillados en Babilonia, querían y esperaban que Dios se desquitara (se vengara) de los opresores del pueblo.
Jesús no quería ni venganzas, ni desquites. Él, que viene a promover un mundo más humano, orientado hacia su salvación definitiva en Dios, no quiere “nacionalismos” que crean tensiones, divisiones y enfrentamientos. Así, no se arreglan las cosas, ni esos procedimientos mejoran nuestras vidas. Ni la política se hace más digna. Ni la economía se fortalece.
Cuando la religión y la política nacionalista se funden y confunden, el resultado es el fanatismo intolerante y violento, que se antepone a lo más elemental de la religión, que es el respeto y el amor a los demás, sea cual sea su nacionalidad, su origen o sus creencias. Jesús no es patrimonio de ninguna cultura, raza o religión. Jesús es patrimonio de toda la humanidad por igual. Con los ejemplos que puso sobre las preferencias de Dios con los extranjeros, provocó el conflicto violento, que llevó a los vecinos de Nazaret a intentar el asesinato de Jesús. No invoquemos argumentos de libertad, democracia o derecho, para imponer nuestros fanatismos, a los que no piensan como nosotros.
Hoy de nuevo, preocupados por restaurar “lo religioso” frente a la secularización moderna, los cristianos corremos el peligro de caminar hacia el futuro privados de espíritu profético, y nos puede suceder lo que a los vecinos de Nazaret: Jesús se abrirá paso entre nosotros y “se alejará” para proseguir su camino en su tarea liberadora. Otros, venidos de fuera, reconocerán su fuerza profética y acogerán su acción salvadora.
Nadie está solo. Dios que crea a todos por amor, vive volcado sobre todas y cada una de sus criaturas. A todos llama y atrae hacia la felicidad eterna en comunión con él. No ha habido nunca un solo hombre o mujer que haya vivido sin que Dios lo haya acompañado desde el fondo de su mismo ser. Allí donde hay un ser humano, cualquiera que sea su religión o su no religiosidad, allí está Dios suscitando su salvación. Su amor no abandona ni discrimina a nadie. Como dice san Pablo: «en Dios no hay acepción de personas» (Rm 2,11).
Jesús le recuerda a su pueblo la historia de la viuda de Sarepta y la de Naamán el sirio, ambos extranjeros y paganos, para hacer ver con toda claridad que Dios se preocupa de sus hijos, aunque no pertenezcan al pueblo elegido de Israel. Dios no se ajusta a nuestros esquemas y divisiones. Todos son sus hijos, los que viven en la Iglesia y los que la han dejado. Dios no abandona a nadie. A todos los quiere tener para siempre en su felicidad eterna. El modelo más limpio lo encuentra el cristiano en ese Jesús capaz de ser fiel a su misión, a pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino.
A mi juicio, amigos, el cristiano está llamado hoy a vivir una fe humilde, que mira a la tierra y se preocupa por mejorarla (humilde viene de «humus», tierra); una fe lúcida, que es tolerante sin ser indiferente, comprometida sin ser fanática; una fe firme, que no se disuelve en cualquier cosa; una fe confesante, que no adopta una postura de cruzada, pero no se avergüenza de presentarse en público y de actuar según las propias convicciones.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

