Jesús se acerca a Betania, una aldea muy cercana a Jerusalén, a hospedarse en casa de unos hermanos a los que quiere mucho. En casa están sólo las dos mujeres. Ambas adoptan posturas diferentes. Los discípulos que acompañan a Jesús han desaparecido de la escena y también Lázaro está ausente.
¿Cuál es la principal cualidad por la que estas mujeres son amigas de Jesús? y me pregunto también ¿Cuáles serían para usted, las principales cualidades que debe de tener una persona para ser amigo? Miremos las cualidades de estas dos mujeres.
Marta es la que «recibe» a Jesús, le ofrece su hospitalidad y se desvive en las múltiples tareas de ama de casa. Nada tiene de extraño; hace lo que le corresponde a la mujer en aquella sociedad. Ése es su sitio y su cometido: cocer el pan, cocinar, servir al varón, limpiarle los pies, estar al servicio de todos. Marta desbordada por el trabajo, critica la indiferencia de Jesús y reclama ayuda.
Mientras tanto, su hermana María permanece «sentada a los pies» de Jesús en actitud propia de una discípula que escucha atenta su palabra, concentrada en lo esencial. La escena es extraña pues la mujer no estaba autorizada a escuchar como discípula a los maestros de la ley.
Jesús no critica a Marta su acogida y su servicio. Al contrario, le habla con simpatía repitiendo cariñosamente su nombre. No duda del valor y la importancia de lo que está haciendo. Pero no quiere ver a las mujeres absortas por las faenas de la casa. La mujer no ha de quedar reducida a las tareas del hogar. Tiene derecho a «sentarse» como los varones a escuchar la Palabra de Dios. Lo que está haciendo María responde a la voluntad de Dios. Jesús no quiere ver a las mujeres sólo trabajando. Las quiere ver «sentadas». Por eso las acoge en su grupo como discípulas, en el mismo plano y con los mismos derechos que los varones.
Casi sin darnos cuenta, las actividades, preocupaciones y trabajos de cada día van modelando nuestra manera de vivir y de ser. Más aún. Si no somos capaces de vivir desde nuestro interior, los problemas y acontecimientos cotidianos tiran de nosotros y nos llevan de un lado para otro, sin otro horizonte que la preocupación de cada día. Y sería bueno preguntarnos: ¿cuáles son esas pequeñas cosas de la vida, que la falta de sosiego, de silencio y de oración han agrandado indebidamente hasta llegar a agobiarme y matar en mí el gozo de vivir?, ¿cuáles son las cosas realmente grandes a las que he dedicado demasiado poco tiempo, vaciando y empobreciendo así lamentablemente mi vida diaria?
En el silencio y la paz del retiro podemos encontrarnos más fácilmente con nuestra propia verdad, pues, volvemos a ver las cosas tal como son. Y, sobre todo, podemos encontrarnos con Dios y descubrir de nuevo en Él, no sólo la fuerza para seguir luchando sino también el descanso verdadero y la fuente última de paz. Necesitamos tener la experiencia del abandono en Dios. No necesito aferrarme a mí, puesto que soy sostenido. No necesito cargar con el peso, porque soy soportado. Puedo salir de mí mismo y entregarme. Cuando somos capaces de encontrar en Dios nuestro descanso y sanar desde Él nuestra existencia, la vida se convierte en una gracia. Tal vez, una de las mayores gracias que podemos recibir en medio de nuestra vida tan agitada y nerviosa.
Aprendamos a escuchar la voz de Dios en los hermanos y en las cosas. Para eso hay que aprender a tener todos los días, un tiempo, a veces largo, con la mente tranquila y callada y el corazón abierto y atento. Puede ser en el santísimo o en algún lugar de la casa. No olvides, sólo hay que aprender a callar y disponerse a escuchar.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y Luis García Dubus.

