La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es un relato abierto que puede suscitar diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar en que Dios hará justicia a quienes les gritan día y noche. ¿Qué repercusión puede tener hoy en nuestra República Dominicana este dramático relato que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?
Este relato no pertenece al mundo del derecho, sino al de la moral: la conciencia y la ética profesionales del juez están a nivel cero. El juez, no teme a Dios, ni respeta a nadie; no le importa la ley, no le importa Dios y no le preocupa lo que se diga o se piense de él. Es un caso extremo de desvergüenza judicial. Por otra parte, tenemos el poder que tiene la oración de petición, cuando es insistente y no cede al cansancio ni se rinde por agotamiento.
El primer personaje de la parábola es un juez que “ni teme a Dios ni le importan los hombres”. Es la encarnación exacta de la corrupción que denuncian repetidamente los profetas: los poderosos no temen la justicia de Dios y no respetan la dignidad ni los derechos de los pobres. No son casos aislados. Los profetas denuncian la corrupción del sistema judicial en Israel y la estructura machista de aquella sociedad patriarcal.
El segundo personaje es una viuda indefensa en medio de una sociedad injusta. Por una parte, vive sufriendo los atropellos de un “adversario” más poderoso que ella. Por otra, es víctima de un juez al que no le importa en absoluto su persona ni su sufrimiento. Así viven los millones de personas indefensas de todos los tiempos, en la mayoría de los pueblos y en nuestra sociedad dominicana.
En la conclusión de la parábola, Jesús no habla de la oración. Antes que nada, pide confianza en la justicia de Dios: “¿No hará Dios justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”. Estos elegidos no son “los miembros de la Iglesia” sino los pobres de todos los pueblos que claman pidiendo justicia. De ellos es el reino de Dios.
Para una gran mayoría de la humanidad, la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos sólo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo. ¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: “Haznos justicia”? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?
Jesús hace una pregunta que es todo un desafío para sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. No está pensando en la fe como adhesión doctrinal, sino en la fe que alienta la actuación de la viuda, modelo de indignación, resistencia activa y coraje para reclamar justicia a los corruptos.
Jesús no compara a Dios con un juez “bueno”, sino con un juez tan “malo” y tan “canalla”, que resulta difícil imaginarse algo peor. Pues si hasta el más canalla no se resiste, ¿cuánto más el Dios que, por definición, es amor, bondad, misericordia y compasión? Lo de fondo es como está nuestra confianza en Dios. ¿Nos fiamos realmente de Él? Donde más y mejor se nota esta fe, es en las situaciones más desesperadas que nos presenta la vida, cuando no vemos solución y, sin embargo, seguimos firmes en esa fe.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

