La resurrección, significa que Jesús es el gran argumento que el cristianismo ofrece a la humanidad, para mostrar que la vida es más fuerte que la muerte. El Resucitado nos dice que, más allá de todas las evidencias que se nos imponen, la muerte no tiene la última palabra en el destino de los humanos. No estamos destinados al fracaso y la corrupción, sino a la vida y la felicidad.
Nunca se debería olvidar que la esperanza en “otra vida” más allá de la muerte, puede convertirse en una amenaza para “esta vida”. Sin llegar a los excesos de deshumanización, la esperanza hace daño a la vida humana, cuando esa esperanza en la vida divina justifica cualquier forma de agresión a lo humano. Sabemos que hay personas que, por ser fieles a sus creencias de eternidad, menosprecian o incluso desprecian a quienes no piensan como ellos, tienen otras creencias religiosas o no se ajustan a las exigencias de un determinado credo. A los seres humanos hay que respetarlos y quererlos, no porque así se consiguen premios eternos, sino porque los seres humanos merecen nuestro respecto y nuestro amor.
La «confianza» es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las más esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza caminamos solos, aislados en una especie de “túnel”, construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes.
A veces se olvida que Pascua es, antes que nada, la fiesta de la confianza. Ahora sabemos en manos de quién estamos. Nuestra vida, creada y formada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo. No hay nadie que no esté incluido en ese destino último de vida plena. En el fondo, todos nuestros miedos y angustias brotan de la angustia ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad, a quedar contagiados por el virus, en fin, hasta acercarnos a los humanos. Nos agarramos a todo lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra angustia, tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».
La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con confianza. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza de la vejez, sin hundimos en la soledad y el pesimismo, sin agarrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo, a la corrupción y a tantas formas de olvido y evasión.
Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido. Sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte parece amenazamos por todas partes. El hambre y el horror de la miseria destruyen a poblaciones enteras. Siguen la tortura, el exterminio y la crueldad. La confianza en la victoria final de la vida no nos vuelve insensibles. Al contrario, nos hace sufrir y compartir con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente en nuestra sociedad dominicana y el mundo. Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, pero, por eso precisamente, nos enfrentamos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida.
Ojalá que nuestra sociedad dominicana no vuelva a ser la misma después de esta pandemia. Los discípulos ya no volvieron a ser los mismos. El encuentro con Jesús, lleno de vida después de su ejecución, transformó totalmente su forma de vivir. Lo empezaron a ver todo de manera nueva. Dios era el resucitador de Jesús. Dios pone vida donde otros ponen muerte.
Dios es defensor de los pobres. «Felices los pobres porque ellos tienen a Dios». Dios es el último defensor de los que no interesan a nadie. Dios resucita a los crucificados de la sociedad. Dios no está del lado de los que crucifican, está con los crucificados. Sólo hay una manera de imitarlo: estar siempre junto a los que sufren, luchar siempre contra los que hacen sufrir. Al final Dios secará nuestras lágrimas. Un día él «enjugará todas nuestras lágrimas, y no habrá ya muerte, no habrá gritos ni fatigas. Todo eso habrá pasado». Dios sólo quiere la vida, la vida eterna, la vida para todos.
Hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos, de los enfermos incurables y de los moribundos. Es la fiesta de los que viven muertos por dentro y sin fuerza para resucitar. La fiesta de los que sufren en silencio agobiados por el peso de la vida o la mediocridad de su corazón. Es la fiesta de los mortales, porque Dios es nuestra resurrección. Y nada ni nadie nos separará del amor de Dios. Entonces «toda carne verá a Dios» (Isaías 15, 3).
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José M. Castillo.

