Yo soy la resurrección y la vida. El tema central de este relato es la vida. El triunfo de la vida sobre la muerte. Como efecto de un kairós intenso. Es el cariño de un amigo, que quiere tanto a Marta, María y Lázaro, que no soporta su dolor, su pena, su tristeza y sus lágrimas. Y se emociona y llora al palpar de cerca la ausencia del amigo al que se echa de menos. La humanidad de Jesús es fuente de vida. Jesús fue un ser humano, tan profundamente bueno, fiel a la amistad, tan entrañable, que no pudo soportar el sufrimiento de sus amigos, posiblemente los amigos a los que más quiso en esta vida.
Llorar y confiar. A todos nos pasa lo mismo. No queremos pensar en la muerte. Es mejor olvidarla. No hablar de eso. Seguir viviendo cada día como si fuéramos eternos. Ya sabemos que es un engaño, pero no acertamos a vivir de otra manera. Se nos haría insoportable. Lo malo es que, en cualquier momento, la enfermedad nos sacude de la inconsciencia. En nuestros días es cada vez más frecuente una experiencia antes desconocida: la espera de los análisis médicos ante el Coronavirus. ¿Cuál será el resultado? ¿Positivo o negativo? De pronto descubrimos, al mismo tiempo, la fragilidad de nuestra vida y nuestro deseo enorme de vivir. Si el tumor es benigno, respiramos: podemos seguir con nuestras ilusiones y proyectos. Si el resultado es negativo, nos hundimos: ¿por qué ahora?, ¿por qué tan pronto?, ¿por qué me tengo que morir?, ¿no se puede hacer nada?
Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o nuestra postura ante la vida, todos hemos de enfrentarnos a ese final inevitable. Ante la muerte, sobran las teorías. ¿Qué podemos hacer?, ¿rebelamos, deprimimos, o, sencillamente, engañamos? Ante la muerte, Jesús hizo dos cosas: llorar y confiar en Dios.
En Betania ha muerto su amigo Lázaro. Al ver llorar a su hermana y a quienes le acompañan, Jesús conmovido se echa a llorar. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!». Es su primera reacción: pena, compasión y llanto. Jesús sufría al ver la distancia enorme que hay entre el sufrimiento de los enfermos y moribundos, y la vida que Dios quiere para todos ellos. Pero Jesús tiene fe en el Padre: «Esta enfermedad no acabará en muerte». Es su segunda reacción: una confianza total en Dios. Un día Lázaro morirá. El mismo Jesús terminará sus días ejecutado en una cruz. Nadie escapa a la muerte. Pero Dios, amigo de la vida, es más fuerte que la muerte. Podemos confiar en él.
Inevitablemente, un día nuestros análisis nos indicarán que nuestro final está próximo. Será duro. Seguramente, nos echaremos a llorar. Nuestros familiares y amigos más queridos llorarán con nosotros su aflicción e impotencia. Pero, si creemos en Jesucristo, podremos decir con fe: la enfermedad no tiene la última palabra, porque Dios sólo quiere para nosotros vida y vida eterna.
Más querido que nunca. Aunque haya muerto, vivirá. No sabemos cómo relacionamos con los seres queridos que se nos han muerto. Durante un tiempo vivimos con el corazón apenado llorando el vacío que han dejado en nuestra vida. Luego los vamos olvidando poco a poco. Llega un día en que apenas significan algo en nuestra existencia. Está muy extendida la idea de que los difuntos son seres etéreos, despersonalizados, con una identidad vaga y difusa, aislados en su mundo misterioso, ajenos a nuestro cariño. A veces se diría que pensamos como los antiguos judíos cuando hablaban de la existencia de los muertos en el «sheol», separados del Dios de la vida.
Para un cristiano morir no es perderse en el vacío, lejos del Creador. Es precisamente entrar en la salvación de Dios, compartir su vida eterna, vivir transformados por su amor insondable. Al morir, nos hemos quedado privados de su presencia física, pero, al vivir actualmente en Dios, han penetrado de forma más real en nuestra existencia. No podemos disfrutar de su mirada, escuchar su voz, ni sentir su abrazo. Pero podemos vivir sabiendo que nos aman más que nunca pues nos aman desde Dios. Podemos caminar envueltos por su presencia, sentirnos acompañados por su amor, gozar con su felicidad, contar con su cariño y apoyo, e, incluso, comunicamos con ellos en silencio o con palabras, en ese lenguaje no siempre fácil pero hondo y entrañable que es el lenguaje de la fe.
Somos muchos los que estos días recordaremos a seres queridos que ya no viven entre nosotros. No los hemos perdido. No han desaparecido en la nada. Viven en Dios. Los tenemos cerca. Los podemos querer más que nunca. Para siempre. No los hemos perdido. No han desaparecido en la nada. Los podemos querer más que nunca pues viven en Dios. Es Jesús el que sostiene nuestra fe.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José A. Pagola y José M. Castillo.

