PAZ A USTEDES
La situación del apóstol Tomás, “si no lo veo, no lo creo”. Todos nosotros aprendemos por los sentidos: por lo que vemos, oímos, tocamos, sentimos. Las señales sensibles del Resucitado son llagas de dolor y sufrimiento, que se pueden ver y tocar. En estas señales también hay vida. Dios entra por los sentidos, cuando nuestros sentidos ven y palpan dolor y sufrimiento, llagas y cicatrices de muerte, pero en las que no hay muerte, sino vida, esperanza, futuro. Y nos preguntamos: ¿Qué enseñamos nosotros como pruebas de que lo de Jesús es verdad? ¿Se palpan en nosotros llagas y cicatrices de sufrimiento? ¿Qué enseña nuestra Iglesia? ¿Poder, riqueza, privilegios, importancia, ostentación (la que sea), no el dolor de Jesús?
Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?
Está anocheciendo en Jerusalén y también en su corazón. Nadie los puede consolar de su tristeza. Lo único que les da cierta seguridad es «cerrar las puertas». Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Pero con Jesús todo es posible: liberarse del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización. Nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión.
Comunidades cristianas faltas de alegría, excesivamente replegadas sobre sí mismas, con las «puertas cerradas» y sin apenas horizonte, ¿no necesitamos, antes que nada, el aliento, la alegría y la paz del resucitado? ¿No será esto lo primero que hemos de cuidar?
Lo primero que infunde Jesús a su comunidad es su paz. Ningún reproche por haberlo abandonado, ninguna queja ni reproche. Sólo paz y alegría. Los discípulos sienten su aliento creador. Todo comienza de nuevo. Impulsados por su Espíritu, seguirán colaborando a lo largo de los siglos en el mismo proyecto salvador que el Padre encomendó a Jesús. Lo que necesita hoy la Iglesia no es sólo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un “nuevo inicio” a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Sólo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Sólo Jesús puede impulsar la comunión. Sólo él puede renovar nuestros corazones.
En el dolor y sufrimiento que estamos viviendo hoy en nuestro mundo, muchas personas se preguntan: En ese amasijo miserable que forma nuestro planeta, vuelve a atormentarnos la desesperación; surge la idea de que todo se acabará, de que sólo existen fines particulares por los que luchar… no hay un objetivo humano…, no hay más que desorden. No sé si hay Dios o no, si todo esto acaba con la muerte.
Qué fácil es comprender este género de confesiones. Todos llevamos muy dentro el deseo de una vida eterna, en el fondo el ser humano se resiste a morir sin esperanza. Todos querríamos, tras la muerte, volver a ver a nuestros seres queridos, conocer una vida nueva y dichosa, ser felices para siempre. Pero está la muerte con su oscuridad y su misterio cerrándonos el paso a cualquier ilusión ingenua.
Hoy todo sigue mezclado y confuso: vida y muerte, sentido y sinsentido, justicia e injusticia; todo aparece en desorden y a medias; dentro de nosotros mismos, luchan entre sí el deseo de vida eterna y la desesperanza. ¿Será verdad que no todo acaba con la muerte?, ¿Será cierto que al final está Dios rescatando al ser humano para una vida nueva y feliz? Desde Cristo resucitado nos llega una invitación humilde. Las palabras de Jesús a Tomás están dirigidas también a nosotros: «No seas incrédulo, sino creyente».
Tal vez la primera condición para escucharla es percibirse amado por Dios, cualquiera que sea mi postura o trayectoria religiosa. «Soy amado», ésta es la verdad más profunda de mi existencia. Soy amado por Dios tal como soy, con mis deseos inconfesables, mi inseguridad y mis miedos. Soy aceptado por Dios con amor eterno. Dios me ama desde siempre y para siempre, por encima de lo que otros puedan ver en mí. También soy bendecido por Dios. Para Dios soy algo valioso y muy querido. Puedo confiar en él a pesar de todo.
En Dios encuentro a alguien en el que mi ser puede sentirse a salvo, en medio de tanta oscuridad, maledicencia y acusaciones. Puedo confiar en él sin miedo, con agradecimiento. Siempre hay rendijas por las que se nos cuela la invitación a creer y confiar.
Cada uno podemos hacernos las preguntas decisivas: ¿Por qué no creo?, ¿por qué no confío?, ¿qué es lo que en el fondo estoy rechazando? No se me debería pasar la vida sin enfrentarme con sinceridad a mí mismo: ¿Cuándo soy más humano y realista, cuando pretendo salvarme a mí mismo o cuando le invoco con fe: «Señor mío y Dios mío»
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmd, José Antonio Pagola y José M. Castillo.

