«Yo soy el camino, la verdad y la vida»
“¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” Dios, el Padre, está en Jesús. En Jesús lo divino se ha unido con lo humano. En la conducta de Jesús vemos cómo es la conducta de Dios. Y en las preferencias de Jesús aprendemos qué preferencias tiene Dios. En muchas ocasiones nosotros preferimos que Dios esté en el cielo, allá lejos. Y nosotros aquí en nuestra tierra. Hay mucha gente que necesita un Dios lejano y grandioso al que adorar. Esa gente le teme a un Dios cercano, humano, tangible y visible, al que hay que imitar. La adoración es más fácil y menos exigente que la imitación. La adoración se hace en un rato y luego nos deja con paz y buena conciencia. La imitación es tarea de siempre, en el trabajo y en el descanso, en el templo y en la calle, en las alegrías en las penas, en la pandemia y fuera de ella. La imitación es una carga pesada que no nos deja y nos exige constante vigilancia como lo es la oración.
El cristianismo es un proyecto de unión con Dios. La “relación” consiste en observar determinadas “mediaciones” (ritos, ceremonias, costumbres…) La unión consiste en hacer; hacer a todas horas lo que hace Dios. Por ejemplo, Dios manda el sol cada mañana a buenos y malos; y hace que caiga la lluvia igual sobre justos y pecadores. Dios no hace diferencias. Creer en el Dios de Jesús es ir por la vida sin hacer diferencias: ni entre amigos y enemigos; ni entre los de derecha y los de izquierda, ni entre ricos y pobres, ni entre conocidos y desconocidos; ni entre los católicos y los de otras religiones. Solo la bondad y la fuerza de Jesús con el Espíritu Santo hacen posible este estilo de vida.
Los discípulos en la última cena, sienten tristeza y turbación. Jesús capta su aflicción. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos: “Que no se turbe su corazón; crean en Dios y crean también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.
“Yo soy el camino”. El problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento. Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad, su libertad y su compasión.
Y, ¿qué puede hacer un niño, un adolescente, un joven, o un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe, otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.
“Yo soy la verdad”. Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad.
“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva. A veces, solo tenemos que darnos cuenta que Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.
En este tiempo tan largo de encerramiento en nuestros hogares, debemos de preocuparnos de aquellos hermanos que sufren, que se encuentran sin ánimo y sin fuerzas. Podemos mostrar ese amor compasivo del Padre misericordioso. Para eso es necesario aprender a abandonarnos en sus brazos. Estar ante él en silencio, sin hablar mucho, sin pedirle muchas cosas. Sencillamente, estar ante él con fe, esperando su gracia y su perdón, dándole gracias porque, al final de todo, nos espera y nos ofrece su salvación. Qué consolador puede ser para los creyentes escuchar al final de la vida las palabras de Jesús: «No pierdan la calma, crean en Dios y crean también en mí… Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes». Todos tenemos ya preparado un lugar en el corazón de Dios.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José M. Castillo.

