LO ENTREGÓ PARA QUE LO CRUCIFICARAN.
Hoy comienza la gran semana litúrgica que nos conduce a la Pascua, la muerte y resurrección del Señor. La Semana Santa, es pues, un tiempo de profundas vivencias religiosas; el misterio del Dios «entregado por nosotros».
La pasión según San Marcos es el relato más primitivo que tenemos de los evangelios. Y en éste nos encontramos con tristeza, silencio, queja, burla, confianza, dolor y muerte. Son algunos sentimientos y circunstancias en cada persona que se hace presente en esta pasión. Jesús solo llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. A él le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas de su amada Galilea.
En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios. Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios, del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.
Hoy no podemos encerrarnos en nuestra “sociedad del bienestar”, ignorando a esa otra “sociedad del malestar” en la que millones de seres humanos nacen, sólo para extinguirse a los pocos años de una vida que ha sido de sufrimiento. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad, olvidando a quienes sólo conocen una vida insegura y amenazada. Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación.
Jesús había dedicado toda su vida a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Él seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad.
Esta es la razón por la cual nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios, entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera. Pues hermanos, lo que nos hace cristianos es seguir a Jesús. Significa seguir sus pasos, comprometernos como él a «humanizar la vida», y vivir así contribuyendo a que, poco a poco, se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo donde reine Dios y su justicia.
Pues, seguir a Jesús, es una tarea apasionante: es difícil imaginar una vida más digna y noble. Pero tiene un precio. Para seguir a Jesús, es importante «hacer»: hacer un mundo más justo y más humano; hacer una Iglesia más fiel a Jesús y más coherente con el evangelio. Porque en verdad ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro, el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?
Y es la realidad, pues aun cuando entramos más profundo, nos preguntamos: ¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados? Y en este tiempo de pandemia, el Crucificado desenmascara, como nadie, nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercarnos un poco más a los crucificados, semana tras semana.
Amigos, Jesús se acercó a los últimos y se hizo uno de ellos. También él viviría sin familia, sin techo y sin trabajo fijo. Curó a los que encontró enfermos, abrazó a sus hijos, tocó a los que nadie tocaba, se sentó a la mesa con ellos y a todos les devolvió la dignidad. Esta es la razón por la que Jesús se convirtió en un hombre peligroso y había que eliminarlo. Y Jesús antes de morir, “dio un fuerte grito”. No era sólo el grito final de un moribundo. En aquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. Era un grito de indignación y de protesta. Era, al mismo tiempo, un grito de esperanza.
Los primeros cristianos nunca olvidaron ese grito final de Jesús. En el grito de ese hombre deshonrado, torturado y ejecutado, pero abierto a todos sin excluir a nadie, está la verdad última de la vida. En el amor impotente de ese crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritan contra las injusticias, abusos y torturas de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero nadie se puede burlar de él. Es un Dios que sufre con los que sufren, que grita y protesta con las víctimas, y que busca con nosotros y para nosotros la Vida.
Para creer en este Dios, es necesario, además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, es necesario, además, mirar la vida desde los que sufren e identificarnos un poco más con ellos. En esos que hoy mueren sin poder respirar a causa de esta terrible enfermedad. Por eso es nuestra responsabilidad, cuidarnos y cuidar a los demás. Porque en el hermano sufriente, ahí nos encontramos con Dios. Hoy necesitamos consolar y buscar la justicia que viene de Dios.
Y la celebración la Pasión y Muerte del Señor estos días de semana santa, nos puede ayudar a ahondar en el amor perdonador de Dios. San Pablo resume su visión del Crucificado en esta síntesis inolvidable: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo y no imputando a los hombres sus transgresiones» (2 Corintios 5, 19). Ahora sufre la muerte de un pobre, de un abandonado que nada puede ante el poder de los que dominan la tierra. Y vive su muerte como un servicio. El último y supremo servicio que puede hacer, a la causa de un Dios de amor y a la salvación de unos hombres abandonados a su propia injusticia.
Hoy termino mirando tus sufrimientos Jesús, y tu abandono en Dios Padre y te hago esta petición: Señor, cuánto sufriste al ser crucificado, dame la gracia de no crucificarte con mis pecados, sino vivir en gracia para alegrar tu corazón. Y de igual manera me brota esta oración en este tiempo de esta terrible enfermedad: «Quiero que me sientas. Que estoy a tu lado. No quiero que pienses. Que Dios te ha dejado. Piensa solo en Dios. Hijo/a de mi alma. Nadie te dará. Lo que Dios te ha dado. Concéntrate en Dios. Sentirás que te amo. Adórame siempre. Que estoy a tu lado. Quiero que compartas. En la adoración. Lo que Dios te ha dado. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

