«ESTE HIJO MÍO ESTABA PERDIDO Y LO HEMOS ENCONTRADO».
Apreciados hijos amados de Dios, seguimos avanzando en este tiempo de cuaresma y en este cuarto domingo se nos propone detenernos para acoger de corazón una palabra de vida que es liberadora, centrada en la idea del retorno que siempre viene acompañado de la conversión, que consiste en la renovación del corazón. Tras un largo caminar por el desierto, hemos salido de la esclavitud y al igual que el pueblo de Egipto, nos acercamos a la tierra prometida para iniciar una nueva historia.
Ya en el evangelio se nos presenta la parábola conocida como: “El hijo pródigo”, que nos narra el amor del Padre y el descarrilamiento del hijo que, viviendo de forma superficial, malgasta parte de la herencia paterna. Pero el Padre no deja de ser Padre. Por eso cuando regresa, lo acoge y lo perdona. Mostrando así su misericordia.
El hecho extraordinario de este encuentro en el evangelio es que la misericordia de Dios es tan grande que anula el pecado del hombre. Aunque el pecado es y será siempre una negación del amor, es decir, un huir del amor de Dios para poder obrar por cuenta propia. Cuando este hijo se marcha, se aleja de la gracia, pero al sentirse lejos y desamparado, vuelve arrepentido ante el Padre de amor, capaz de recibirle y brindarle lo mejor.
Hoy, cuántos de nosotros somos ese hijo menor que hemos sido desobedientes, que nos hemos alejado del lado de nuestro Padre Dios, que le hemos dado la espalda, y hemos malgastado todo cuanto tenemos. Nos hemos convertido así en la figura de las personas marginadas. Llega un momento que aquel hijo menor reconoce que algo anda mal porque nada de lo que está haciendo le deja avanzar, y es él, que, por cuenta propia, reconoce que debe cambiar y volver a los brazos amorosos de su Padre. Reconoce que faltó. Esto le causó un dolor y se pone en camino. Al encontrarse con el Padre confiesa que ha faltado. Porque él creía que en las cosas del mundo y alejado de su Padre encontraría felicidad. Pero es todo lo contrario y con esto pierde toda su identidad.
El Padre, de lejos lo puede ver, y sintiendo ternura corre hacia él, lo abraza y lo besa. Ahí él reconoce que ha pecado, por eso su Padre es capaz de ofrecerle su perdón. Lo ha recibido con fiesta, agradecimiento y mucho gozo. Porque descubre que el amor que lo acoge es mayor que todos los placeres que había experimentado.
El Padre manda a que le vistan: significa que éste estaba fuera de la gracia. Con el cambio de vestidura se le da la bienvenida, porque está de nuevo en gracia. Con el anillo en el dedo: es símbolo de la alianza, Indicando que él debe ser fiel a esta nueva alianza que se le confía. Las sandalias en los pies: es para que, de igual manera, éste siga los pasos de su Padre. El ternero engordado: significa que él elige lo mejor para celebrar el encuentro con su hijo perdido. Y la fiesta: es símbolo de la alegría. Es que nuestro Padre Dios siempre nos espera de esa manera, con los brazos abiertos, para darnos una nueva oportunidad de que formemos parte de su reino, pues a él no le importa cuánto te hayas alejado, él quiere que te pongas de nuevo en camino. Y que reconozcas que has faltado. En definitiva, no le importa tu pasado, él quiere para ti un nuevo comienzo y con ello una nueva vida.
En cambio, aquí mismo nos encontramos con la figura del hijo mayor. Éste, al ver la acogida de su Padre para con su hermano menor, se torna incomprensible, a pesar del cariño y respeto que su Padre le muestra. Él no admite la misericordia de su Padre, por eso no acoge, no perdona, no acepta la oportunidad que su Padre le brinda a su hermano. El hijo mayor representa a las personas observantes y religiosas, que viven tan metidas en apariencias, con mucho trabajo, realizan miles de cosas. Que, por trabajar mucho y obedecer al Padre, se siente extraño y vive sin alegría en lo que hace. Al hijo mayor solo le preocupa cumplir y obedecer. Nunca ha experimentado el amor. Por eso se siente mal, por la oportunidad que se les da a otros.
Y es tan fácil entender que lo primordial no solo es el cumplir, sino el amor por lo que tú haces con los demás. Para que tu relación con el Padre no sea tan rígida y carente de vida, y que cuando el Padre acepte a un hijo arrepentido, tú no te molestes ni exijas, sino que, con gozo, también tú festejes el perdón que da el Padre a quien está dispuesto a regresar a la casa paterna, es decir con su hacedor.
Hoy Dios nos quiere brindar a todos, una acogida especial, luego de sentirnos alejados de sus caminos. Él quiere que tú te alejes de esos malos pasos. Él quiere que tú te levantes y vuelvas al camino correcto. Hoy es un buen momento para que podamos gustar, con corazón agradecido; la grandeza de la misericordia de Dios hacia cada uno de nosotros.
Pidamos a nuestro Padre Dios que nos conceda la gracia de reencontrarnos con él y de ofrecerle nuestra vida y nuestra historia, para que sea él quien actué en medio de ella. Permite Señor abrazarme a ti, y que yo pueda transformar mi vida a través de mi encuentro contigo. Pues, cuánto amor hay en el corazón de ese Padre, que no miró nada. Solo miró el amor que sentía por su hijo. Señor, que yo no me apegue a ninguna herencia de la tierra; solo quiero heredar la herencia del cielo.
Y sería bueno que hoy te preguntaras: ¿Cómo es tú relación con Dios? ¿Con cuál de estos hijos te identificas? ¿Eres tú de los que se alegran por los que vuelven a casa? O ¿De los que se molestan cuando este hermano regresa?
Terminemos orando a ese Padre misericordioso.
«Publicanos y pecadores. Se acercaron a Jesús. Era para escucharlo. Fariseos y letrados. Murmuraban a Jesús”. Acoge a los pecadores. Se pone a comer con ellos”. Pero les dijo Jesús. Lo que le pasó a aquel hombre. Que tenía dos hijos. El menor pidió su herencia. Y pronto se marchó. Se fue a un país lejano. Derrochó lo que tenía. Viviendo perdidamente. Pero ya no tenía nada. Y todo lo había gastado. Vino un hambre muy grande. Y empezó a pasar trabajo. Pidió ayuda a un hermano. Y lo mandó para el campo. Para cuidarle los cerdos. Y podía comer. De aquellas algarrobas. De las que comían los cerdos. Cuando recapacitó: En la casa de mi Padre. Tienen abundante pan. Y yo aquí me muero de hambre. Pero me pondré en camino. Iré junto con mi Padre. Y le pediré perdón. Porque pequé contra el cielo. Pero también contra él. No me llames hijo tuyo. Su Padre era muy bueno. Cuando lo vio desde lejos. Y se compadeció de él. Pero se echó a correr. Enseguida lo abrazó. Y de besos lo llenó. Fue una alegría tan grande. El Padre dijo a su criado. Vístelo del mejor traje. Y un anillo en la mano. Y sandalias en los pies. Pero él mandó a matar. El ternero más cebado. Celebraron un banquete. Es que lo creían muerto. Y lo he encontrado vivo. Su otro hijo estaba en el campo. Y se acercó a la casa. Había música y baile. Llamó a un mozo y preguntó. Es que ha vuelto tú hermano. Y tu Padre ha matado. El ternero más cebado. El hijo se enfadó. Y no quería entrar. Su Padre intentó calmarlo. Pero él le respondió. Con tanto amor que te sirvo. No te he desobedecido. A una orden que hayas dado. Pero nunca tú me has dado. Un cabrito para matarlo. Para yo hacer un banquete. E invitar a mis amigos. En cambio, tú a tu hijo. Que se ha comido tus bienes. Y fue con malas mujeres. Pero el Padre le dijo. Tú estás conmigo siempre. Y todo lo mío es tuyo. Pues te debes alegrar. Tú hermano estaba perdido. Y lo hemos encontrado». Amén.
«Abandónate hijo mío. Cuando estés en oración. Hablarás con el Señor. Y pide lo que más quieras. Pues lo que más yo quisiera. Es ver tu rostro Señor. Ayúdame te lo ruego. Ofenderte a ti no quiero. Lo único que quisiera. Es llenar tu corazón. De rosas hermosas Señor. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

