Apreciados hijos amados de Dios, en los últimos tiempos y por lo que hemos vivido, es una alerta y un llamado a que preparemos nuestras vidas. Si miramos nuestro entorno, es lo que menos estamos haciendo. Por la forma como andamos, actuamos y la deshumanización que podemos hoy observar. Pues a diario podemos notar cuántas injusticias suceden en nuestra sociedad y en el mundo. Incluso hasta en nuestras propias familias, creamos estructuras en parte de sus miembros. ¿Y por qué, si Dios nos llama al amor y a la unidad, hacemos todo lo contrario?
Mira a tu lado, fíjate qué cosas puedes hacer para mejorar la sociedad que hoy está tan complicada. Todo por la falta de amor y el creerme más importante y mejor que los demás, incluso ante la presencia del mismo Dios. De esta manera no nos podemos preparar, aunque muchas veces creemos que la preparación es solo en lo académico, económico, familiar y laboral. Pero esa preparación no es suficiente para lograr una vida de felicidad. Pues debemos preparar nuestro corazón, nuestra vida y todo nuestro ser. Y así sentirnos dichosos por tener un corazón capacitado y dispuesto para acoger a Dios y a los demás. Recuerda que la vida es un viaje desafiante y no podremos estar listos sino afianzamos nuestra vida en Cristo Jesús.
En este tercer domingo de cuaresma se nos hace un llamado a la conversión, que no es más que ponerse de cara a Dios para reflejar nuestra realidad de pecado y poder corregir el camino equivocado. Pero lo primero que necesitamos saber es ¿quién es y cómo es el Dios en el que creemos? Este deseo de conocer de verdad a Dios nos viene dado a través de lo que él ha manifestado al hombre a lo largo de la historia.
También en este día se nos llama alejarnos del pecado, porque por pequeños que parezcan, nos conducen a la esterilidad y nos desvían del camino nos hacen olvidar incluso de quienes somos. No permitamos que el pecado en nuestras vidas cambie los valores que nos hacen humanos. Dejemos que, con nuestro testimonio, pongamos huellas en los corazones de los demás y que unidos, podamos vivir una cuaresma afianzada en la oración, el ayuno y la penitencia. Si tenemos siempre a Jesús como centro, podremos vivir nuestra adhesión a ese Jesús, que, guiado por su Padre, nos conduce a la libertad de los hijos de Dios.
Ya en el evangelio vemos como presentan ante Jesús el caso de los 18 hombres que murieron aplastados por una torre, de forma inesperada, y que escuchamos fue muy cruel, pero Jesús enfatiza la no culpabilidad de aquellos, y es que, muchas veces, ante acontecimientos dolorosos y de desgracia, tenemos la tentación de buscar la justificación en los posibles pecados personales. Por eso Jesús es capaz de recordar otro acontecimiento, para decir claramente que fue un accidente, y no una culpa o un castigo divino. Pero Jesús conoce a su Padre y sabe que no permite la muerte de alguien porque sea peor que los demás. Él nos enseña que, ante Dios, todos necesitamos conversión.
Jesús quiere corregir una imagen distorsionada de ese Dios que castiga con desgracias los pecados de sus hijos. Cabe notar que los sufrimientos y males de la vida no son voluntad de Dios, ni mucho menos resultado de pecados personales. Hoy Jesús también nos habla a nosotros y nos hace una invitación fuerte a la conversión. Él quiere que nos abramos a la gracia y a la vida que él te ofrece y no que lo hagas culpable de las situaciones adversas por las que hoy pasas. Jesús quiere que reaccionemos, que nos alejemos del mal y también del pecado y que luchemos por hacer siempre el bien, aunque nos cueste. Esfuérzate un poco más por hacer el bien y recuerda que no hay nadie que sea tan bueno ni tan malo; todos estamos necesitados de conversión.
Ya en otro momento, el evangelio nos trae la parábola de la higuera que no produce frutos. Esta podríamos aplicárnosla todos a nuestras vidas. La maldad no está solo en el otro sino también en ti. Es importante darnos cuenta del infinito amor y la paciencia que Dios tiene con cada uno de sus hijos. Él es compasivo y misericordioso y se deja llevar de ese sentimiento ante los que no dan frutos. Que dan una imagen de torpeza y lejanía de los signos de Dios.
Él simplemente quiere bajar a tu tronco para abonar tu vida. Para transformarla y convertirla, para que pueda dar buenos frutos y que así logre hacer el bien por los demás. Trabaja por la unidad. Jesús es el viñador que poda nuestras ramas y echa abono a nuestro alrededor para que de esta manera demos frutos en abundancia. Él nos da un tiempo para que nos convirtamos. También nos alerta a no quedarnos estáticos, ni vivir fuera de su gracia. Pues la muerte puede llegar de modo imprevisto, como les pasó a los Galileos que ofrecían sacrificios tomando un camino equivocado.
Jesús nos invita a una conversión sincera, pues nuestro Padre nos ha ofrecido su perdón. Por eso nos llama a transformar el corazón para lograr una vida nueva transformada y moldeada por ese Dios que nos ama. Que hoy podamos autoevaluar y ver si soy de esos que le provocan tristeza al corazón de Dios. Porque no encuentra ningún fruto en mí. Si no lo doy, sería el momento adecuado para pedirle a Dios que me pode para poder dar lo mejor de mí.
Hoy Dios quiere que tú des frutos. Pero para eso no debes conformarte con lo que la sociedad actual te ofrece, y es una vida estéril que se centra en gastar, tener comodidades y darse placeres. No de animarse a curar los corazones heridos e infundir consuelo y esperanza a nuestro alrededor; y eso nos conduce a una vida estéril. Pero hoy es un buen momento para ir más allá del desierto y bajar por el Tabor para llegar a la transformación y fecundidad en nuestras vidas. Y que nos afiancemos en ese Padre Dios para que nos ayude a vencer los ataques del maligno. Para yo poder seguir avanzando en mi camino de conversión. Y que hoy yo pueda dar los frutos de una verdadera conversión.
Que en este día yo pueda pedir al Señor que me transforme y que sea María la intercesora para que yo pueda continuar, a pesar de las adversidades, ser mensajero de la palabra de Dios y que pueda ser fiel al Señor en todo momento. No olvidemos que Dios siempre espera a sus hijos y los quiere a su lado para hacer la voluntad de Dios. Señor, danos la gracia de ser un árbol que de muchos frutos para agradarte a ti y que por medio a esos frutos haya muchas conversiones. Y que no sea como aquella higuera que nunca dio frutos y hubo que cortarla. Con tu ayuda daré frutos en abundancia y que toda la gloria sea para ti Señor.
Terminemos orando a nuestro Padre de bondad y ternura.
«Le contaron a Jesús. Lo que Pilato había hecho. Que unos de sus soldados. A unos galileos mataron. Que ofrecían sacrificios. Pero mezclaban la sangre. Con la de los animales. Pero les dijo Jesús. Que tenían que pensar. Que aquellos galileos. Ellos se habían muerto. ¿Porque eran más pecadores, que los demás galileos? Pero el que no se vuelva a Dios. También se puede morir. Como aquellos dieciocho. Que encima les cayó a ellos. La torre de Siloé. ¿Porque eran más culpables, qué aquellos que vivían, allá en Jerusalén? Pero les contó Jesús. Que había una higuera. Que nunca tenía frutos. Y que era mejor cortarla. ¿Porque ocupaba terreno? El árbol que no da frutos. Cortarlo es lo mejor. Amén».
«Que sólo en tu corazón. Pueda vivir yo hijo mío. Como tú has vivido siempre. En mi corazón también. El que está dentro de mí. Está lleno de mi amor. Yo soy quien te lo he dado. Así estarás a mi lado. Gozándote en el Señor. Amén».
«No vuelvas a irte de mi lado. Acércate un poco más. No te vayas más para allá. Porque te siento muy lejos. Tú sabes que yo no puedo. Que te separes de mí. Cuánto amor yo te di. Y también mi corazón. Pues yo te digo aquí estoy. Porque vine a acompañarte. Solo no puedo dejarte. Tú Dios vino a estar contigo. Amén».
«Las diez cuentas del Rosario. Mencionan a la Madre de Dios. En la que dice Gloria al Padre. Es que están juntos los dos. La que dice gloria al hijo. Y al Espíritu Santo. Se unen las tres personas. Que nos fortalecen tanto. Amén».
«Que bello recuerdo. Tengo de mi Madre. Hago el Rosario. Junto con María. Es la Madre mía. Que está en el cielo. Yo sé que me quieres. Que oras por mí. Tú siempre te ocupas. De todos tus hijos. Caminen conmigo. Yo nunca los dejo. Mi amor es de ustedes. Con todo el amor. Que una Madre tiene. A todos mis hijos. Lo espero en el cielo. Amén».

