Apreciados hijos amados de Dios, este domingo quinto de cuaresma es un momento propicio para barrer y limpiar el camino para acercarnos al domingo de ramos. Y es por eso que debemos mantener nuestros ojos fijos en Jesús, quien es nuestro único Maestro y Señor. Por medio de él nos acercamos a la misericordia, al perdón, la alianza nueva de Dios con la humanidad y se nos invita a salir de nosotros mismos para compartir la fe y la vida, dar de lo que tenemos y ofrecer a los demás nuestra ayuda.
También en este día se nos llama al desprendimiento con la colecta del sacrificio, que tiene como objetivo ayudar a los más necesitados en este tiempo de cuaresma, Ofrecida como ofrenda de amor por los hermanos.
Ya en el evangelio vemos como los fariseos y maestros de la ley presentan una mujer sorprendida en adulterio. Esta es una escena que podríamos decir que es violenta, por la forma de tratar a esa mujer. Por la forma de reclamar, buscan que el Señor se pronuncie a favor de ellos, para apedrear a esa mujer que ha sido sorprendida en adulterio. Pareciera que ellos tienden una trampa a Jesús. Pero Jesús se queda en silencio; busca una respuesta porque el adulterio es cosa de dos. Pues a ellos no le importaba tanto cumplir la ley; ellos solo buscaban algo de que acusarle. Pero Jesús opta por el perdón, y no fue por humildad que no tiraron la primera piedra. Estos simplemente se marchan.
Si dice que sí, que hay que apedrearla, entonces queda su mensaje de la misericordia fuera de esta mujer; si dice que no, está desconociendo la ley de Moisés. Por eso la respuesta que da el Señor los desconcierta, y los interpela duramente. “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Ninguno se atrevió a tirar la primera piedra; mejor se fueron, empezando por los más viejos, porque ellos también eran culpables. Entonces se quedaron allí solos, aquella mujer con sus miserias ante Jesús, quien es capaz de sanar, perdonar y dar una nueva oportunidad.
Jesús demuestra que la perfección del cristianismo no se mide por la fidelidad y obediencia a la ley, sino por el modo de sentirla y actuar. Aquí está el perdón. Un perdón que se nutre de la capacidad de comprensión de Jesús, quien no condena y estimula a la conversión. Él está abierto a acoger al pecador; lo contrario de los fariseos que necesitaban verse rodeados de pecadores para que pueda sobresalir la justicia.
Necesitan a alguien a quien condenar para sentirse más justificados, no les interesa la conversión del pecador. Quieren que sigan en sus pecados para poderse sentir por encima de ellos. Pues ellos creen no necesitar la conversión; se creen buenos y los demás debilitados de buscarla. Jesús nos coloca en el centro, no nos señala, ni nos condena. Es por eso que él nos da la oportunidad de sentirnos acogidos y amados.
Vemos como Jesús le presenta un desafío a aquella mujer; él le pide que cambie. Vemos como él no la condena, pero no aprueba su proceder. Le pide que se vaya pero que no peques más. Esta expresión define el ministerio de Jesús en la tierra, dejando claro quién es Dios. Estamos de frente al centro del mensaje de Jesús y de la revelación que hace su Padre. Dios es el amor que libera y genera vida, no condena a nadie. Sin embargo, Jesús también hace lo mismo, sus palabras generan el perdón, la liberación y la capacidad del ser humano. En este caso, a la mujer adúltera, para experimentar las posibilidades más humanas para lo cual Dios nos ha creado.
Cuántos hoy actúan como los viejos de esta historia que se creían más justos y mejores que los demás. Esos representaban una manera de sentir y actuar que Jesús viene a cambiar. Ahora, dice el Señor a su pueblo: no recuerdes el ayer, no pienses más en tú pasado, yo voy a hacer algo nuevo. No olvidemos que la novedad del reino se alcanza en un proceso continuo de conversión. Aunque ésta nos exija esfuerzo y discernimiento. Señor, qué bueno tú eres, aún te ofendamos, solo debemos humillarnos y pedirte perdón y tú nos perdonas; solo quieres que no pequemos más.
Pidamos a nuestro Padre Dios que nos conceda la gracia de no señalar, de no condenar y que yo me pueda acercar con misericordia a mi hermano o hermana que ha faltado. Señor, que hoy pueda sentir la aceptación que solo proviene de ti y que yo me pueda sentir amado, valorado, acogido y perdonado por ti. Permíteme vivir en tu gracia y que yo pueda brindar a los demás lo mejor que hay en mí. En este tiempo en que vivimos, tenemos que sentir en nosotros ese desafío que nos invita a cambiar nuestras actitudes, y que podamos ser misericordiosos con los demás.
Terminemos orando a ese Dios que acoge y perdona.
«Al monte de los olivos. Pues se retiró Jesús. Pero al amanecer. Ahí fue que en el templo. Jesús se les apareció de nuevo. Y el pueblo acudía a él. Y sentado les enseñaba. Trajeron a una mujer. Los escribas y los profetas. Encontrada en adulterio. Pero la ley de Moisés. La manda a apedrear. Querían ponerlo a prueba. Y poderlo acusar. Preguntaron a Jesús. ¿Y tú, que dices? Pero con toda la calma. Inclinando la cabeza. Jesús escribía en el suelo. Y lo hacía con el dedo. Preguntaron otra vez. Pero él se paró y les dijo. Aquel que esté sin pecado. Tire la primera piedra. Cuando lo oyeron hablar. Se fueron uno a uno. Se empezó por el más viejo. Y solo quedó Jesús. El solo con la mujer. Que estaba delante de él. Y le preguntó Jesús. ¿Dónde están los que te acusan? ¿Ninguno te ha acusado? Pero ella contestó. Pues ninguno mi Señor. Tampoco yo te condeno. Lo único que te digo. Vete y no peques más. Amén».
«Aquel que se humilla. Y pide perdón. Pues Dios le perdona. Le da mucho amor. Sabes la alegría. Que siente el Señor. Porque está tocando. Ya tu corazón. Aquí está tu Padre. Que hoy te recibe. Sabes hijo mío. Que Dios está contigo. Amén».
«Qué bueno creer. En Nuestro Señor. Ábrele la puerta. De tu corazón. Si me abres tu puerta. Tú Padre entrará. De tu corazón. El nunca saldrá. Te daré la paz. Que tú necesitas. Te cambio las penas. Por una sonrisa. Amén».
«Su Dios lo defiende. Lo cuida y lo quiere. El deseo de Dios. Es que vengan al cielo. Mis brazos hijos míos. Siempre están abiertos. Pues su Dios los acoge. A todos en su pecho. Amén».
«Si estás a mi lado. No temas hijo mío. De todos tus males. Dios te libraría. Pues nada te pasa. Dios es el amor. A los hijos de Dios. Los cuida el Señor. Y lo lleva dentro. De su corazón. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

