Apreciados hijos amados de Dios, hoy con ramos, palmas, júbilo y cantos recibimos a Jesús, para dar inicio este domingo a la Semana Santa, donde recordamos la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Este es el centro de la fe de los cristianos y lo hacemos con esperanza, luz y gloria, el cual es recibido con las puertas abiertas y es donde Jesús sufrirá el dolor y la muerte de cruz, solo por amor.
Esa alegría y esperanza no durará y hoy mismo se nos recuerda que un profeta no puede morir fuera de Jerusalén y Jesús es mucho más que un profeta. Por eso, este día nos empuja a vivir con intensidad nuestra fe. Jesús entra como rey a la gran Jerusalén. En donde calles, plazas y casas verán dentro de poco, la dignidad del hombre por el precio de la sangre de Dios.
Al entrar a la ciudad ya Jesús sabe lo que se acerca, pero él piensa en como acompañar a cada uno de nosotros. Él ve lo que puede hacer y lo quiere hacer a través de su entrega por amor. Este domingo nos prepara para la Semana Santa y nos muestra algunos cambios que ha dado la humanidad, los cuales han cambiado nuestras vidas. Esta celebración se podría decir que trae consigo alegría y dolor. Porque en ella celebramos, tanto la entrada central de Jesús, como el anuncio de su pasión.
Mirar a Cristo nos conlleva también a mirarnos a nosotros mismos. Jesús nos empuja a confiar en él a pesar del dolor. Y debemos prepararnos para vivir paso a paso. Sin dejar de lado el padecimiento que sufrió Jesús por cada uno de nosotros. La humillación de Cristo clama a nuestra humanidad sorda y ciega, que grita e implora misericordia.
Ya en el evangelio hemos escuchado la Pasión de Jesús que nos muestra quién es él, cuál es su condición y su señorío, que se desarrolla en el texto proclamado: La cena, el huerto de los olivos, la tortura de los soldados, el juicio ante el sanedrín, la presencia ante Herodes y Pilato, el camino al Gólgota y la muerte de cruz.
Hoy vemos el señorío y la grandeza de Jesús y todo a través del amor. Se nos hace una invitación para nuestro día a día, así podremos reconocer a Jesús como nuestro Señor, doblar toda rodilla ante él para que venga sobre nosotros con júbilo y esperanza. Porque él nos trae la salvación, la liberación, la dignidad y la plenitud. Y que esa acogida, el Señor nos la brinde.
Mantengámonos fieles, no reneguemos de este siervo sufriente. Pues su camino hacia la cruz conduce a la gloria y responde al plan de salvación de Dios. Sirve de salvación para todos los que se encuentran en el camino de la cruz. Jesús revela la misericordia de Dios al punto de excusar a sus mismos verdugos. El sufrimiento de Jesús no es estéril, es productivo, redentor y se inserta en el designio de salvación de Dios. Mediante los sufrimientos del Mesías, se es redimido y liberado, porque se puede contemplar en él, el flagelo del pecado.
Se nos invita a volvernos a Dios y por estrecho que sea el camino, sé que hoy nuestros ojos están puestos en la cruz de Cristo, pero también en la cruz nuestra, la cual abrazamos cada día en el seguimiento del Maestro. Y así como Jesús padeció para traernos paz. Así de esta manera él quiere traer la paz necesaria a tu vida y a tu corazón.
Él se quiere convertir en ti, como ese Mesías humilde y sufriente. Capaz de transformar el sufrimiento del pueblo por la fuerza del amor, en un amor que acoge a la muerte para poder vencer desde la cruz su poder destructivo. Jesús nos enseña el seguimiento como clave central. Y aun al borde de la muerte, nos enseña para que confiemos en el amor inmenso de su Padre Dios.
Hoy también podríamos tener presente que, si aceptamos la invitación de Jesús de llevar la cruz detrás de él, cada día sería como un viacrucis. Donde podremos ser condenados al desprecio, sentir el silencio que hiere y que muchas veces condena nuestra fidelidad cristiana. En nuestra pasión también hay momentos de caídas, de cansancio y de fragilidad. Pero tenemos a Jesús que siempre nos acompaña en nuestro caminar y no nos abandona.
Cuántos de nosotros hoy somos condenados a pagar el precio por una sociedad injusta y alejada de Dios. Trae esto su propia destrucción, y es el condenar a muerte a tantos inocentes, cuando lo que debería de prevalecer sería el amor y la unidad hoy en nuestra sociedad. También podemos notar que, a pesar de sentirse abandonado, ya clavado en la cruz, el mantiene su fe y la confianza en que su Padre hará su parte. Él está convencido de que no lo abandonará.
“Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Por eso, sintiéndose ya cerca de su muerte él nos da su perdón. Quiso dejar libres a todos los que lo habían matado y que se sentían culpables. Pidamos la gracia de reconocer que los dolores de Cristo crucificado fueron por nuestros pecados. Pidamos la fortaleza a Dios para poder alejar todo lo que nos aparta del camino de Dios y que podamos renunciar a todo eso, aunque nos cueste. Pues Señor, solo tu amor infinito y el amor profundo que sale de tu corazón, sin mirar cómo estaban a los pies; tu solo miraste el amor que sientes por cada uno de nosotros.
Y pidamos a nuestro Padre Dios que nos conceda la gracia de vivir con entusiasmo el misterio más grande de nuestra fe. Y que yo pueda recibir y acompañar a Jesús, quien lo ha dado todo por amor para salvarme a mí de la muerte del pecado. Una parte clave para vivir esta semana, es el amor que Dios siente por nosotros, que es capaz de aguantar y padecer. Y es desde la cruz que él nos lo demuestra con cada una de sus palabras. Amado Señor cuánto amor hay en tu corazón; sabiendo que habías sido traicionado no te faltó el amor, ayúdanos amar como tú Señor. Pues Señor, fuiste valiente hasta la muerte, aun sabiendo que te buscaban, siempre dijiste “soy yo”. Señor dame la gracia de no negarte mucho, de hacer lo que tú me digas e ir donde tú me mandes. Señor, cuánto sufriste, sin tener culpa alguna, soportaste insultos, golpes y salivazos, solo por amor y para salvar al mundo. Señor, solo tu amor te dio la fuerza de soportar tantos maltratos, sin hablar ni quejarte por nada; dame esa gracia Señor.
Terminemos orando y aceptando la voluntad de nuestro Padre Dios.
«El hijo que piensa. En Dios solamente. Dios está presente. A su lado siempre. Solo está el Señor. Limpia los pecados. De su corazón. Por qué no te acercas. Ven aquí a mi lado. Es que todo el tiempo. Tú Dios te ha amado. Amén».
«Quiero visitarte. Jesús en el sagrario. Decirte que te amo. Con toda mi alma. No me dejes nunca. Amado Señor. Yo te llevo dentro. De mi corazón. Tú eres mi papá. Papito querido. Que será de mí. Si no estoy contigo. No me dejes solo. Que toda mi vida. Quiero estar contigo. Amén».
«El cáliz más amargo. Lo bebió Jesús. Adonde él murió. Clavado en la cruz. Dijo tengo sed. Agua no le dieron. Lo que a él le dieron. Era tan amargo. No sentía nada. Por ningunos de ellos. Solo sentía amor. Eso les daré. A todos mis hijos. Amen hijos míos. Dando mucho amor. Llegarán al cielo. Amén».
«No se aten hijos. A tantos pecados. Únanse a Dios. Que está a su lado. No ofendan a nadie. Amén hijos míos. Tú Dios te daría. Lo que más tú quieras. Pídeme el cielo. Y vendrán conmigo. Amén».
«Cuántas injusticias. Para ti Señor. Fuiste castigado. Sentiste dolor. Tú lo soportaste. Solo por amor. Que había guardado. En lo más profundo. De tú corazón. Te traigo la paz. Tú la necesitas. Te digo hijito. Acércate a mí. Si estas a mi lado. Dios te hará feliz. Amén».
«Fueron duros golpes. Que en mí descargaron. Una cruz pesada. Mis hombros llevaron. Pues caí tres veces. Pude levantarme. Si te caes, hijo. Pídeme ayuda. Aquí está tú Dios. No te dejaré. Si me pides ayuda. Yo te la daré. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

