«EL HIJO DEL HOMBRE NO TIENE DONDE RECOSTAR LA CABEZA»
Apreciados hijos amados de Dios, en la eucaristía de hoy Dios nos invita con insistencia a ser libres y liberadores de los oprimidos. Él quiere que vivamos en libertad y que asumamos el reto que supone su llamado a servirle con amor. Aunque nos cueste, porque debemos de dejar de lado todo aquello que nos impide una total entrega a la misión.
Cuán difícil es cambiar todo en tu vida, y en estos últimos tiempos es lo que nos ha tocado hacer, cambios inesperados en el día a día. Necesidades de las cosas básicas que han aumentado grandemente: comida, techo trabajo, manos solidarias, salud y medicina. Aparte de todo eso el costo de la vida se ha sobrevaluado. Lo que provoca que tengamos una vida más complicada y difícil de sobrellevar. Porque a todos nos ha tocado ver partir a un ser querido, un amigo, un hermano o algún familiar. Y ni siquiera nos hemos podido reunir como familia, sobre todo con aquellos que han sido contagiados con este terrible virus. Pero de lo poco que tienes, siempre puedes desprenderte para mitigar un poco la necesidad que éste posee.
Ya en el evangelio, Lucas nos señala las condiciones básicas de todo discipulado: hay que dejarlo todo. Modificar el sentido de propiedad, porque todo es compartido. Hay que descubrir una nueva relación afectiva, un modo nuevo de actuar que revoluciona la dependencia y las obligaciones; Jesús en el camino hacia Jerusalén habla de varios aspectos.
En el trayecto habla de encontrar luz, con indiferencia o rechazo ante las malas actitudes de los que nos encontramos. Pues la vida de fe solo puede presentarse como ofrenda de fidelidad y plenitud. Aunque tal como nos dice hoy, en muchas ocasiones las dificultades surgen y nacen de nuestros apegos a los bienes materiales, a las comodidades que nos ofrecen y en alguna medida, al poder que nos otorgan.
Hoy se nos llama a abrirnos a la novedad del evangelio, pues este mundo, aún en medio de las divisiones que generan pobreza y muerte, sigue necesitando de la disposición tuya y mía. Para atender la llamada de Dios con nuestra libertad entendida como entrega de la vida a favor de los demás. Y con nuestra decisión para denunciar y vencer los tantos obstáculos que se oponen a la causa del reino.
No olvidemos que tenemos que dejar todo para seguir a Cristo con completa entrega; y a pesar de las dificultades, no miremos hacia atrás; mantengamos la mirada atenta a la realidad y busquemos siempre la unidad. Recuerda que Dios espera por ti; empieza a atender su llamado. Hoy se nos invita a no apegarnos a las cosas materiales de este mundo y aunque nos cueste, debemos seguir adelante y mantenernos siempre firmes en la oración, tratar de hacer silencio y luchar por mantenernos siempre en la gracia de Dios. El Padre de bondad quiere siempre lo mejor y por eso les exhorta a ser testimonio de vida con sus gestos y actitudes para con los demás.
Jesús aclara a sus discípulos que han querido y decidido seguirle adonde él vaya: “Que el hijo del hombre no tiene donde reclinar o recostar su cabeza”. Y más adelante él expresa algunas exigencias radicales para seguirle. Con esto quiere advertir a sus discípulos, los riegos y la seriedad que implica seguir sus caminos. Él nos invita a seguir un camino sin seguridad, sin madriguera, sin nido, sin ningún lugar donde reclinar la cabeza.
Cuántas veces nos hemos sentido llamados por Jesús, y hemos querido ir un poco más allá de lo que son nuestros compromisos con él. Pero muchas veces, cuando lo intentamos, ahí se presentan los impedimentos, los imprevistos y en ese momento nos damos cuenta y ponemos miles de peros… Es que mi familia, mi trabajo, mis estudios, mis amigos, entre otros.
En este pasaje se nos presenta la imagen del camino, que nos recuerda que seguir a Jesús implica desinstalarnos de todo, superar las dificultades, aceptar nuevos compromisos y acercarnos a los más pobres y marginados. Llevarles el amor de Dios y su mensaje de salvación y así, poder convertirnos en artesanos del reino de Dios. Aceptar con madurez la invitación que él nos hace. Pero siempre con nuestra fe firme mirar hacia delante y nunca hacia atrás.
Luchemos por llevar siempre la paz a los que están a nuestro lado. Sirvamos de apoyo a los demás y seamos transmisores de luz en medio de tanta oscuridad. Pidamos al Señor en este día la gracia de atender a su llamado, de seguirle y servirle en todo momento. Y que donde quiera que estemos, seamos entes de paz. Que el amor que Dios nos da, lo podamos transmitir a los demás con un corazón puro como el de nuestra Madre María. Señor dame la gracia de estar preparado para recibirte siempre y ser buen samaritano.
Que hoy tú puedas dar un si firme en el seguimiento y el proyecto del reino de Dios. Para esto te propongo las siguientes preguntas.
- ¿Eres tú de los que condicionan a Jesús para poder seguirle?
- ¿A cuáles problemas te enfrentas después que has decidido seguir a Jesús? ¿Cómo lo enfrentas?
- ¿En qué te ha afectado la situación actual que estás viviendo? Por ejemplo, en el trabajo, con los amigos, con las enfermedades e incluso la misma muerte.
Que al analizar estas preguntas puedas sentir en cada proceso de tu vida que el Señor va contigo. Y es él quien siempre te fortalece para poder continuar por sus caminos. Señor ayúdame a dejar todo por ti; que yo no pise el arado mirando hacia atrás; que siempre mire hacia adelante Señor.
Terminemos orando con su palabra.
«Quiero que me ayudes. A reconocer. Aquellos momentos. De desolación. Pues yo quiero ser. Un samaritano. Para recibirte. Con todo mi amor. Santiago y Juan. Querían bajar fuego. Yo quiero Señor. Que tú mandes fuego. Del Espíritu Santo. Que queme por dentro. Lo que no te agrade. De mi corazón. Límpiame Señor. Por dentro y por fuera. Eso es lo que quiero. Estar yo contigo. En lo alto del cielo. Amén».
«Un hombre dijo a Jesús. Mientras iban de camino. Señor, yo quiero seguirte. Donde quiera que tú vayas. Pero contestó Jesús. Las Zorras tienen madriguera. Y nido tienen las aves. Dónde se va a recostar. La cabeza de mí Dios. Que es él Hijo del Hombre. Lo que quería Jesús. Es que todos lo siguieran. Pero todos contestaron. De diferente manera. Mientras uno le decía. Déjame enterrar a mí padre. Otro quería seguirle. Pero primero quería. Despedir a su familia. Quiero que pongas tu mano. Que sea sobre el arado. No vuelvas la vista atrás. Porque tú no servirás. Para ir al reino de Dios. Amén».
«Qué gozo cuando veo. Que tú te sientes muy bien. Porque lo que me has pedido. Te lo pude conceder. Que tú y yo estemos solos. Eso también yo lo quiero. Que presenciemos el cielo. En lo alto de la montaña. Oigo pájaros cantar. Y a los ángeles danzar. De gozo allá en el cielo. Amén».
«Todo el tiempo que tú quieras. Tu Dios te lo va a dar. Que lo sepas aprovechar. Porque vas a estar conmigo. Yo te serviré de abrigo. Para que no tengas frío. Con mi amor tú te calientas. Porque mi amor es tan fuerte. Que no sentirás el frío. Amén».
«Nunca pierdas la fe. Ni tampoco la esperanza. De lo que dice el Señor. Siempre confía en mí. Yo soy amor y verdad. Y también le doy la paz. Al que se le ha perdido. Por causa del enemigo. Que te vino a molestar. Yo lo mandé a su lugar. Yo soy quien tiene la fuerza. Hijo soy tu fortaleza. Tu Dios te vino ayudar. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

