«DESCANSARÁ SOBRE ELLOS SU PAZ»
Hijos amados y queridos de Dios, en este domingo día del Señor, damos inicio a la décimo cuarta semana del tiempo ordinario y hoy se expresa la atención entre la cercanía del reino de Dios y la labor del seguidor de Cristo. Ese reino es una realidad consumada en Jesús. Dios nos asocia a su obra salvífica y nos constituye mensajeros, portadores y misioneros de la Palabra de vida.
Cuánta maldad vemos hoy en día en el ser humano; nos cuesta ayudar a alguien, ceder el paso en las calles, darles la oportunidad a otros que pasen o levantar al que está caído. Nada de eso lo hacemos hoy. Si una persona no te agrada siempre buscamos la forma de acabar con ella, criticándola y mirando solo los defectos de esa persona. Esto porque quizás esa persona no esté de nuestro lado.
Otra cosa que hoy en día vemos mucho es que se sienten bien cuando al otro le va mal o cuando fracasa. Todo eso nos deshumaniza porque no hay razón ni motivo alguno para tratar así a algún hermano. Hoy es necesario escuchar el llamado del Señor a hacer un cambio en la vida para poder seguirle. Pues él te quiere enviar a anunciar su Palabra y su mensaje del reino.
Tal como nos lo narra el evangelio de Lucas, la misión es la predicación. Los 72 discípulos es un universo simbólico de la misión cristiana y hace referencia a que el mensaje de la salvación traspasa las fronteras de las tribus de Israel. Indica que el envío ha de ser compartido y en comunión. Por eso Jesús les envía por delante como testigos, para que lo hagan presente siempre y en todo momento. Hay unos aspectos que debemos tomar en cuenta para ser verdaderos testigos.
La oración es indispensable para poder mantenernos en pie porque hay mucha necesidad de Dios. (La mies es mucha) Y hay pocos que hacen del reino su proyecto. Muchas veces el mensaje no será acogido, habrá dificultades (y estamos como corderos en medio de lobos). Es necesario no llevar nada, ni distraernos para no perder el camino, ni el objetivo. Se nos llama a ser testigos y esto se da únicamente si transmitimos a un Dios cercano y vivo. Jesús les advierte que no todo va a ser sencillo. Pero ellos si deben confiar en Dios. No todos los escucharán, ni les aceptarán, aunque muchos actuarán con bondad.
Jesús siempre ha querido para nosotros una entrega total sin buscar reconocimiento. Pero sí que él sea el centro, para poderse quedar en esas familias y en esos lugares que tanto le necesitan y tú como cristiano estás llamado a anunciar ese mensaje con el testimonio de tu vida, palabra y obras. Y con la actitud fraterna de valentía, constancia y sobre todo de confianza.
El cristiano ha de ser un caminante que prepare el lugar por donde pase el Señor. Suscitando una adhesión libre a la paz que nace del corazón, convirtiendo la fe profesada en una vida alimentada por la fraternidad. No olvidemos que, con nuestro ejemplo y entrega, Dios puede realizar en cada ser humano una transformación en su vida, llenándola de alegría y de significado. Dejemos que nuestra alegría se haga siempre presente porque Dios está presente y nos quiere proporcionar paz y salvación. Paz que tanta falta hace en la humanidad.
Si nos damos cuenta, estos eran enviados a salir a los caminos para encontrarse con la gente. Tenían que salir de su zona de confort. Posponer sus proyectos e ir al encuentro de los que necesitan, poniendo su total confianza en Dios. Pues él nos ha dado autoridad para curar enfermos y expulsar demonios en su nombre. En donde debemos de incluir a los que pasan por nuestro lado; no podemos engendrar división porque al ser hijos de Dios y anunciadores de su reino, estamos llamados a la unión con los hermanos.
Debemos salir a las periferias a dar testimonio del evangelio y a encontrarnos con los demás. Para esto debemos tener un corazón de pobre sin apoyarse en el poder, ni las riquezas, que son los ídolos que hacen sufrir a tantos necesitados e inocentes en el mundo. La pobreza no significa desprecio de los bienes que Dios nos ha regalado, Es todo lo contrario. Estamos invitados a participar de un banquete de abundancia de la gratitud y del amor que Dios nos da. El evangelio no se impone, se ofrece, y la gran tarea que hoy tenemos es predicar, curar, liberar y anunciar la gran noticia de un Dios que todo lo puede; cabe notar que negarse a la palabra es excluirse de la paz que solo Dios nos da.
Que en este día yo pueda recibir el llamado para ser enviado por el Padre y pueda transmitir vida adonde se me envía. Manteniéndome en comunión con mis hermanos, luchando por mantener una vida de oración y que yo viva y me mantenga en esas coordenadas de paz y fidelidad para así ser útil y fecundo para los demás. Que nuestro Padre Dios nos conceda la gracia de poder ponernos en camino y llegar a la vida de los demás, acogerlos y llenar su vida de amor, paz y esperanza, para que así ellos puedan tener un mejor encuentro con ese Cristo vivo que nos envía a llevar paz a cada hogar.
Señor, yo sé que hay pocos obreros para trabajar. Aquí estoy yo, mándame donde tú quieras y te serviré con gusto. Que hoy tú te sientas parte, para ir a trabajar en la misión que el Señor nos ha encomendado de ir anunciar la paz a todo el mundo; para eso te propongo las siguientes preguntas:
– ¿Estás dispuesto anunciar el Evangelio? – ¿Puedes transmitir paz a los demás en medio de la tormenta que hoy el mundo está viviendo? – ¿A qué cosas tú debes de renunciar para poder ser mensajero del reino?
Que, al desarrollar estas preguntas, tú puedas llegar al corazón de los demás con tu testimonio, tu amor y tu humildad. Y que estos puedan a su vez, descansar en los demás. Señor que yo pueda vivir lleno del Espíritu Santo, pero también lleno de humildad para ver lo que tú me muestres, oír lo que me digas y hacerlo en tu nombre.
Terminemos orando a ese Padre de amor y de ternura.
«Que tenga que ir. A donde me mandes. Lleve tu palabra. Como un tronco fuerte. Que de muchos frutos. Que el fruto que escojas. Que sea muy bueno. Y lo multipliques. Que los jornaleros. Puedan recogerlos. Y tú cogerás. Frutos de tus hijos. Porque lo han sembrado. Y son para ti. Con todo el amor. Que tú no me saques. Nunca mi Jesús. De tú corazón. Amén».
«Yo no necesito luz. Para poderte mirar. Pues tengo una luz radiante. Que te miro desde lejos. Los pecados que tú tienes. Yo te los puedo mirar. Y te puedo perdonar. Pues yo puedo sanarte. De cualquier enfermedad. Que sientas que está contigo. Pues yo soy tu medicina. Y la llevo en mis manos. Por eso hoy te quedas sano. De cualquier enfermedad. Amén».
«Yo sé que me necesitan. Y yo también a ustedes. La ayuda que les doy. Se la mando desde el cielo. Hijos, cuando la reciban. Está mi amor por entero. Por eso es que yo prefiero. Que estén muy cerca de mí. No me separo hijo mío. Porque el amor que yo tengo. Tú Dios te lo trajo a ti. Amén».
«Hijos déjense abrazar. Por los brazos de su Padre. Que es un abrazo del alma. Que me sale para ustedes. Es su Padre que los quiere. Y los mira con amor. Nadie los ha abrazado hoy. Y yo lo seguiré haciendo. Mis hijos sigan viviendo. El amor que yo les doy. Amén».
«Qué hermoso regalo. Te trajo tu Padre. Hecho para ti. Salido del alma. Te lo trajo tu Padre. Con mucha alegría. Yo quiero hijo mío. Que tú me regales. Aunque sea un poquito. De tú corazón. Yo te daré el mío. Para ti enterito. Así andaremos. Juntitos tú y yo. Cogido de manos. Junto a tu Señor. Y te quedarás. Por toda la vida. en mi corazón. Amén».
«Las almas llegan al cielo. Porque oran mucho por ellas. Se gozan aquí en el cielo. Agradecidas de ustedes. Ellas pudieron subir. No llegaron a cumplir. El plazo que les tocaba. Eran tantas las oraciones. Que a ellas les llegaron. Todas vinieron volando. Aquí se encuentran gozando. Del reino que está en el cielo. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

