No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
No hay ninguna duda. El gesto más escandaloso de Jesús fue su amistad con pecadores y gentes indeseables. Nunca había ocurrido algo parecido en Israel. Lo de Jesús era inaudito. Jamás se había visto a un profeta conviviendo con pecadores en esa actitud de confianza y amistad.
¿Cómo un hombre de Dios los podía aceptar como amigos?, ¿cómo se atrevía a comer con ellos sin guardar las debidas distancias? No se come con cualquiera. Cada uno acoge en su mesa a los suyos. Hay que proteger la propia identidad y santidad sin mezclarse con gente pecadora. Esta era la norma entre los grupos más piadosos de aquel pueblo que se sentía santo.
Jesús, por el contrario, se sentaba a comer con cualquiera. Su identidad consistía precisamente en no excluir a nadie. Su mesa estaba abierta a todos. No hacía falta ser santo. No era necesario ser una mujer honrada para sentarse junto a él. A nadie le exigía previamente signo alguno de arrepentimiento. No se preocupaba de que su mesa fuera santa sino acogedora.
Lo guiaba su experiencia de Dios. Nadie le pudo convencer de lo contrario: Dios no discrimina a nadie. Lo llamaron «amigo de pecadores» y nunca lo desmintió, porque era verdad: también Dios es amigo de pecadores e indeseables. Él vivía aquellas comidas como un proceso de curación: «No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos».
Era verdad. Aquellos recaudadores y prostitutas no lo veían como un maestro de moral, lo sentían como un amigo que los curaba por dentro. Por vez primera podían sentarse junto a un hombre de Dios. Jesús rompía toda discriminación. Poco a poco, crecía en ellos la dignidad y se despertaba una confianza nueva en Dios. Junto a Jesús todo era posible. Incluso, empezar a cambiar.
¿Dónde se reproduce hoy en nuestra Iglesia algo parecido? Nosotros confesamos repetidamente que la Iglesia es santa, como si temiéramos que nadie lo note. ¿Cuándo nos llamarán «amigos de pecadores»? Parejas rotas que no han podido mantener su fidelidad, jóvenes derrotados por la droga, delincuentes indeseables para todos, esclavas de la prostitución, ¿nos ven como una Iglesia acogedora?
José Antonio Pagola.

