LOS ANCIANOS: ARTÍFICES DE UN MUNDO JOVEN
Según la ley judía, todos los primogénitos tenían que ser ofrecidos al Señor. María y José se sometieron a esta disposición y Lucas no deja escapar la oportunidad para decir que la familia de Nazaret pertenecía a la clase de los pobres.
Este mensaje está dirigido a todos los padres cristianos. Que son llamados a consagrar los hijos al señor que es mucho más que darles una instrucción, un lugar en el tejido de la sociedad civil.
Educar en la fe es mucho más importante que enseñar oraciones o imponer el cumplimiento de prácticas religiosas. Es sembrar en el corazón de los hijos el amor por “el camino” recorrido por Jesús; es ofrecerlos al Señor con el fin de que Él los transforme en constructores de paz y de un mundo nuevo.
La vida cristiana de los padres es la mejor catequesis que se puede dar a los hijos. Si los padres rezan en casa, los hijos aprender a rezar con ellos; si los padres leen la Biblia, los hijos aprenden a buscar la luz de su vida en la Palabra de Dios; si los padres participan fielmente en los encuentros de la comunidad cristiana, los hijos los seguirán y se convertirán en cristianos comprometidos; si los padres practican el amor, el perdón, la generosidad hacia los hermanos, los hijos los imitarán.
En la segunda parte del relato de Lucas, entra en escena un anciano, Simeón, definido como “hombre honrado y piadoso que esperaba la liberación de Israel”.
Es un anciano ejemplar, siente que se le acaban las fuerzas y, sin embargo, sigue siendo capaz de cultivar grandes esperanzas. Ha vivido a la luz de la palabra de Dios, y, por tanto, no teme la muerte; es feliz y pide al Señor que lo acoja en su paz.
Simeón “toma el niño de los brazos de sus padres”, en esta conmovedora escena está representada la tarea de la transmisión de la fe al interior de cada familia. Estamos llamados a acoger al Señor de las manos de los padres que, alegres, transmiten su experiencia a hijos y nietos para que también Jesús se convierta para ellos en luz que dé sentido a todo acontecimiento de la vida.
Simeón continúa diciendo a María que su hijo se convertirá en un signo de contradicción: para algunos significará Salvación, para otros constituirá un motivo de ruina, y una espada atravesará el alma de la madre. La imagen de la espada que atravesará el alma no es el anuncio del drama de María a los pies de la cruz. La madre de Jesús está aquí simbolizando a Israel.
En la tercera parte del relato aparece otra persona anciana: la profetisa Ana, perteneciente a la tribu de Aser, la más pequeña e insignificante de todas las tribus de Israel. Con ello Lucas muestra, una vez más, que los pobres son los mejores dispuestos a reconocer en Jesús al Salvador.
Simeón y Ana nos muestran que las personas ancianas no se sienten nunca inútiles cuando tienen esperanza. Pueden desarrollar servicios que, aunque humildes, son preciosos y dan alegría a los hermanos. Tienen, sobre todo, la tarea de hablar de Jesús a todos aquellos que están en búsqueda de un sentido de la vida.
El pasaje evangélico concluye señalando que Jesús no era diferente a los demás niños de su aldea, “crecía y se fortalecía llenándose de sabiduría y el favor de Dios lo acompañaba”. A pesar de ser el Hijo de Dios, aceptó en todo nuestra condición humana y compartió, desde su infancia, todas nuestras experiencias.
Jesús María Amatria, cmf.

