QUISO REMONTAR UN ABISMO CON NOSOTROS
Los lugares bíblicos tienen con frecuencia un significado teológico. El mar, el monte, el desierto, la Galilea de las naciones, Samaria, las tierras del otro lado del lago de Genesaret… son mucho más que simples indicaciones geográficas (a menudo ni siquiera exactas).
Lucas no especifica el lugar del bautismo de Jesús; Juan, sin embargo, lo especifica: “tuvo lugar en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha localizado justamente el episodio en Betabara, el vado por el que también el pueblo de Israel, guiado por Josué, atravesó el río, entrando en la Tierra Prometida. En el gesto de Jesús se hacen presentes el recuerdo explícito del paso de la esclavitud a la libertad y el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida.
Betabara tiene otra particularidad menos evidente pero igualmente significativa: los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra (400 m bajo el nivel del mar).
La elección de comenzar precisamente aquí la vida pública no puede ser simple casualidad. Jesús, venido de las alturas del cielo para liberar a los hombres, ha descendido hasta el abismo más profundo con el fin de demostrar que quiere la Salvación de todos, aun de los más depravados, aun de aquellos a quienes la culpa y el pecado han arrastrado a una vorágine de la que nadie imagina que se pueda salir. Dios no olvida ni abandona a ninguno de sus hijos.
Todos los evangelistas dan importancia al bautismo de Jesús porque ha señalado el inicio de su vida pública. Pero no es tanto sobre el episodio en sí que ellos quieren llamar nuestra atención, sino sobre la revelación del cielo que tiene lugar en este acontecimiento. Los evangelios sinópticos nos la presentan con tres imágenes bien comprensibles para los lectores: la apertura del cielo, la paloma, la voz del cielo
En el bautismo de Jesús los cielos se han rasgado: han sido restablecidas para siempre las relaciones entre Dios y el hombre, han caído las fronteras y han terminado todos los miedos de los castigos de Dios. Ahora aparece evidente cuán absurdos fueron los temores de quienes todavía lo imaginan airado, vengativo y violento. No debemos estar ya angustiados por cómo aplacarlo porque Él no rechaza a nadie, no se comporta como juez, sino que está siempre de parte del hombre.
El segundo objeto de la “visión” es el Espíritu que desciende sobre Jesús como una paloma. Cuando el Señor destina a alguien para una gran misión, le da siempre también la fuerza para llevarla a cumplimiento.
«La voz del cielo». Vuelca el juicio pronunciado por los hombres y desmiente las esperanzas mesiánicas del pueblo de Israel, que no concebía que el Mesías pudiera ser humillado, derrotado, ajusticiado. El modo como Dios ha cumplido sus promesas ha sido para todos, también para el Bautista, una sorpresa.

