Evangelio: Lucas 6,27-38
Después de proclamar benditos a los discípulos porque son pobres, tienen hambre, lloran, son perseguidos, en el texto de hoy Jesús se dirige a las multitudes que lo escuchan con cuatro imperativos, ama, haz el bien, bendice y ora. Claramente vemos cómo Jesús rechaza el uso de la violencia.
El Maestro pide amar. No es suficiente no responder al mal con el mal. Hay que dar el primer paso para llegar a quien nos hizo el mal, para ayudarlo a salir de su difícil situación. No es tarea fácil. Por eso Jesús recomienda la oración. Solo la oración desata la agresión, desarma el corazón, comunica los sentimientos del Padre que está en el cielo, da la fuerza que proviene del amor de Dios. La oración por el enemigo es el punto más alto del amor porque presupone un corazón dispuesto a purificarse de todas las formas de odio. Cuando uno se pone delante de Dios entramos en sintonía con el corazón del Padre que está en el cielo, “que hace salir el Sol sobre los malos y los buenos, y que llueva tanto sobre los justos como los injustos”.
En la segunda parte del texto, Jesús nos pone cuatro ejemplos: “Al que te golpee en una mejilla, ofrécele la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica; da a todo el que te pide; al que te quite algo no se lo reclames”.
Entendamos las palabras del Maestro. El amor no significa aguantar en silencio, sin reaccionar. El cristiano está activamente comprometido con poner fin a la injusticia, la intimidación y los robos. Para restablecer la justicia, no recurre a las armas, a la violencia, a la falsedad, al odio, a la venganza. “No permitas que el mal te derrote, sino vence al mal con el bien” (Rom 12,17-21). Cuando uno no puede restaurar la justicia con medios evangélicos, lo que queda para el cristiano es tener paciencia. Esta virtud indica la capacidad de soportar, de resistir.
El pasaje continúa con la llamada regla de oro: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes”.
En los siguientes versículos, Jesús menciona tres casos de personas que consideramos “justas”: aman a quienes los aman, hacen bien a aquellos de quienes reciben bien y hacen préstamos y luego son retribuidos. Lucas les pregunta: “¿dónde está tu gracia?”, es decir: “¿qué haces gratis?”. Es ‘la propina’ lo que caracteriza la acción del cristiano, lo que nos permite identificar, a los hijos de Dios.
Jesús continúa: “Ama a tus enemigos”. Aquí se indica la situación privilegiada en la que es posible manifestar amor gratuito. Sigue Jesús “Haz el bien y presta sin esperar nada a cambio”. Esta recomendación excluye toda búsqueda de una ventaja propia, incluso espiritual. el discípulo de Cristo no se deja tocar por ningún pensamiento egoísta, ninguna complacencia, ninguna búsqueda de gratificación personal. Ni siquiera piensa en acumular méritos para el cielo. Ama y cede en pura pérdida
El pasaje termina con la exhortación a los miembros de la comunidad cristiana para que hagan visible ante los ojos de los hombres el rostro del Padre celestial que es compasivo. Compasivo significa, en lenguaje bíblico, “ser sensible al dolor, a las desgracias y a las necesidades de los pobres y desafortunados”. Jesús invita a sus discípulos a cultivar sentimientos e imitar las acciones del Padre que está en el cielo. Con dos prohibiciones, no juzgar, no condenar y dos advertencias positivas, perdonar, dar, también imitamos la conducta del Padre.
En consecuencia, podríamos resumir el mensaje del Evangelio diciendo que hay tres categorías de personas: en el peldaño más bajo, están los malvados (aquellos que, aunque reciben el bien, hacen el mal); más alto están los justos (aquellos que responden al bien con el bien y el mal con el mal) y, finalmente, hay quienes responden al mal con el bien. Solo ellos son hijos de Dios y reproducen en sí mismos el comportamiento del Padre.
Jesús María Amatria, CMF.

