DOMINGO EN TIEMPO ORDINARIO – AÑO C
Evangelio: Lucas 23,35-43
En Roma gobernaba el emperador Tiberio cuando en la orilla del río Jordán apareció el Bautista. Lo que dice provoca entusiasmo, despierta expectativas, suscita esperanzas. Las autoridades políticas y religiosas se preocupan porque consideran subversivo su mensaje: “¡El reino de los cielos está cerca!” Después de él, Jesús comienza a recorrer ciudades y pueblitos anunciando en todas partes: “¡El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios es inminente!” Dirá también: “El Reino de Dios está ya en medio de ustedes”. El reino es el centro de la predicación de Jesús; baste pensar que, en el Nuevo Testamento, el tema del reino de Dios está presente 122 veces y 90 en boca de Jesús.
La lectura del evangelio de hoy nos ofrece las características del Rey que gobierna el Reino de Dios. Estamos sobre el Calvario. Jesús está clavado en la cruz, con dos bandidos a sus lados. Sobre su cruz está escrito: “Este es el rey de los judíos”
¿Cuáles son las características de su realeza? No está dominando desde lo alto de un trono de oro, se encuentra clavado en una cruz; no está rodeado de siervos que lo sirven, que se inclinan a sus pies; no hay soldados listos para acatar sus órdenes. Se encuentra frente a gente que lo insulta, se burla de él; no lleva un manto lujoso; está completamente desnudo. No amenaza a nadie, habla palabras de amor y de perdón para todos; no obliga a sus enemigos a morder el polvo; es él el que bebe el vinagre. A sus lados no tiene a sus ministros, los generales de su ejército, sino a dos criminales.
Al pie de la cruz aparece, primeramente, el pueblo. Están asombrados, mirando, sin tener mucha conciencia de lo que está sucediendo. Está mudo, no son los responsables de la muerte de Cristo. Más adelante se dice: “Toda la multitud que se había congregado para el espectáculo, al ver lo sucedido, se volvía dándose golpes de pecho”.
Junto al pueblo, se encuentran los jefes. ¡Ellos son los verdaderos responsables! Ellos, como los ancianos de Israel que han ungido a David en Hebrón, como leemos en la primera de las lecturas de hoy. deberían reconocer en Jesús al Mesías prometido. Pero en cambio lo ultrajan: no es el rey que les agrada; es un vencido; es incapaz de salvarse a sí mismo; no desciende de la cruz.
¿Por qué no desciende de la cruz? Si descendiese de la cruz traicionaría su misión: reforzaría la falsa idea de Dios que los guías espirituales del pueblo tenían en mente. Confirmarían que el verdadero Dios es aquel que los poderosos de este mundo han adorado siempre porque es similar a ellos: fuerte, arrogante, opresor, vengativo, armado.
Este Dios fuerte es incompatible con el que se ha revelado con Jesús en la cruz: el Dios que ama a todos, aun a los que lo persiguen, que perdona siempre, que salva, que se deja vencer… por Amor. Dios no es omnipotente porque con su inmenso poder pueda hacer lo que quiere, sino porque ama de forma inmensa, porque se pone sin límites ni condiciones al servicio del hombre. La suya no es una omnipotencia de dominio sino de servicio. Lo hemos visto en Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos: ese el verdadero rostro de Dios omnipotente, del rey del universo.
Contemplamos lo que sucede al pie de la cruz, vemos ahora la inscripción que pusieron arriba. Ocupa el centro del relato. Delante de esta inscripción, es ridículo todo deseo de gloria, toda voluntad de dominio, todo deseo de ocupar los primeros puestos
Antes de morir, Jesús pronunció una sentencia de absolución frente a sus torturadores. ¿Será cierto que aquellos que lo condenaron y lo mataron “no sabían lo que estaban haciendo?”
En esta perspectiva el juicio final no debe ser temido, sino que debe ser esperado con alegría porque… estará invertido. Al final no será Dios quien nos juzgue sino nosotros quienes lo ’juzguemos’… Despojados de la miseria, mezquindad, avaricia que han aquejado nuestra mente y obstinado nuestro corazón, curados de la ceguera espiritual que nos ha impedido comprender la Escritura, “contemplaremos su rostro”, “lo veremos como Él es”. Entonces estaremos en condición de hacer un “juicio” objetivo sobre Él. Asombrados, estaremos forzados a admitir: “Dios es más grande que nuestro corazón”.
Jesús María Amatria, cmf.

