
SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA | MATEO 17, 1-9
El pasaje de la Transfiguración se sitúa después del primer anuncio de la pasión y de las condiciones para seguir a Jesús. Él ha dejado claro a sus discípulos que antes de alcanzar la gloria debe ir a Jerusalén para vivir plenamente el misterio pascual: pasión, muerte y resurrección. Quien quiera seguirlo debe aceptar también el camino de la cruz, porque sólo entregando la vida por Cristo se alcanza la verdadera vida. Por eso, quienes rechazan la lógica de la cruz y pretenden un mesianismo triunfalista “piensan como los hombres y no según Dios”.
En este contexto, Jesús se acerca a un momento decisivo de su misión, y el episodio de la Transfiguración sirve como anticipo de la luz pascual. El rostro resplandeciente y los vestidos blancos simbolizan la gloria futura. Sin embargo, esa visión no pretende hacer olvidar el paso doloroso por la muerte, sino fortalecer la fe de los discípulos para que no se desanimen ante las pruebas. Pedro, fascinado por la experiencia, quiere permanecer allí, aferrándose a la gloria sin cruz. Pero la Transfiguración no es un lugar de permanencia, sino un impulso para seguir adelante. Es una invitación a mantener la esperanza, a sostenerse en la fe y a no temer el camino que conduce a la resurrección.
Pedro expresa también el deseo humano de una gloria fácil, sin esfuerzo. Quisiera retener a Jesús glorioso junto a Moisés y Elías, pero Jesús muestra que la verdadera gloria sólo llega tras la entrega de la propia vida. La Transfiguración une el presente de lucha con el futuro de plenitud: quienes se comprometen con el Reino pueden atravesar la cruz, pero la vida triunfa siempre sobre la muerte.
La presencia de Moisés y Elías, figuras centrales del Antiguo Testamento, confirma que Jesús es el Mesías esperado. Moisés, representante de la Ley, y Elías, representante de los profetas, dialogan con Jesús, indicando que toda la Escritura encuentra su cumplimiento en Él. La voz del Padre, igual que en el bautismo, proclama nuevamente: “Este es mi Hijo, el Amado… escúchenlo”. Es una invitación a comprender la Palabra desde la escucha fiel a Jesús.
Finalmente, Jesús explica que Elías ya ha venido en la persona de Juan Bautista. Su destino —la persecución y la muerte por denunciar la injusticia— anticipa lo que vivirá el mismo Jesús y lo que enfrentarán quienes trabajan por la justicia del Reino. La pregunta queda abierta para nosotros: ¿seremos capaces de asumir esa misión profética en nuestro tiempo? Señor, sólo Tú eres la respuesta a todos nuestros anhelos y aspiraciones. Concédenos saber escucharte siempre para poder discernir el bien y el mal y, con tu gracia, Señor hagamos tu voluntad. Gracias por recordarnos que nunca debemos temer, porque Tú siempre estás llenando nuestra vida vida de dones que, en ocasiones, dejamos pasar. Libres de temor, levantémonos y sigamos junto a Jesús.
Fuente: Red Bíblica Claretiana (REBICLAR).

