
La liturgia del Primer Domingo de Cuaresma (Mt 4, 1-11) nos presenta a Jesús en el desierto, enfrentando las tentaciones que buscan apartarlo del camino del Padre. El texto ayuda a comprender el sentido profundo de este combate espiritual. En primer lugar, aclara el significado de dos palabras clave: “diablo”, de origen griego, significa “el que separa o divide”, y “Satanás”, de origen hebreo, significa “adversario” o “acusador”. La tentación, por tanto, no es solo un impulso interior, sino una fuerza que pretende separar a Jesús del proyecto de Dios, desviándolo de su misión.
La primera tentación es la del tener y poseer. Jesús, después de ayunar, siente hambre, y el tentador lo invita a usar su condición de Hijo de Dios para convertir piedras en pan. Esta propuesta refleja la mentalidad apocalíptica de la época: se esperaba un Mesías que resolviera de inmediato la situación del pueblo mediante gestos espectaculares, sin compromiso ni participación. Jesús rechaza esta visión. Para él, el pan no puede ser un símbolo de poder, sino fruto de la solidaridad y de la gratuidad de Dios. Tener abundancia mientras otros pasan hambre contradice el deseo del Padre de que todos vivan con dignidad. Jesús responde con la Escritura: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. La Palabra también alimenta y sostiene, y el Padre no abandona.
La segunda tentación es la de la gloria y el prestigio. El diablo propone a Jesús un acto espectacular: arrojarse desde el templo, citando incluso el Salmo 91 para justificarlo. Jesús responde con firmeza: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Conocer el proyecto de Dios no es motivo de exhibición ni superioridad. Aquí se revela también el sueño de un Mesías triunfalista y poderoso, que Jesús no comparte.
La tercera tentación es la del poder: dominar “todos los reinos del mundo” a cambio de rendir culto al adversario. Jesús recuerda que solo a Dios se debe adorar y servir. La comunidad cristiana también puede caer en la trampa de convertir el servicio en dominación, confundiendo logros humanos con el Reino de Dios.
Las tres tentaciones son, en el fondo, una sola: desviar a Jesús de su identidad. Para el tentador, ser Hijo de Dios es tener poder y gloria; para Jesús, es obedecer al Padre. Los cuarenta días en el desierto evocan los cuarenta años de Israel: un tiempo de prueba y preparación antes de iniciar una nueva etapa. Así, la Cuaresma se convierte en camino de purificación para vivir, como Jesús, en fidelidad. Jesús nos enseña que solo debemos obedecer al Padre Dios.
Fuente: Red Bíblica Claretiana (REBICLAR).

