QUINTO DOMINGO DE CUARESMA – AÑO A
Evangelio: Juan 11,1-45
Como repetimos constantemente, Juan en el texto que nos propone la liturgia de este quinto domingo de cuaresma, no ha querido ofrecernos un relato de un acontecimiento sino una página de teología narrativa. El evangelista toca el tema central del mensaje cristiano: Jesús, el Resucitado, es el Señor de la Vida.
Juan nos hace ver que la familia de Betania, compuesta solamente de hermanos y hermanas, representa a la comunidad cristiana donde no hay ni superiores ni inferiores sino solamente hermanos y hermanas. El intenso lazo afectivo de los hermanos con Jesús es el símbolo de la profunda unión de Jesús con cada uno de sus discípulos, “Ya no los llamo siervos, sino amigos”, dirá durante la última Cena.
Siempre la muerte de una persona querida supone una dura prueba para la fe, hace surgir la duda de que Él “no está aquí”, de que no nos acompaña con su amor. Dejando morir a Lázaro, Jesús responde a estos interrogantes, no es su intención impedir la muerte biológica, no quiere intervenir en el curso natural de la vida. Jesús no ha venido para convertir en eterna esta forma de vida sino para introducirnos en aquella que no tiene fin. La vida en este mundo está destinada a terminarse.
Cuando nuestra relación con Dios se reduce a urgentes peticiones de intervenciones prodigiosas, desemboca inevitablemente en crisis de fe y en la duda de que “no esté aquí” quisiéramos que estuviese donde tenemos más necesidad de Él, en el dolor, en la enfermedad, en las desgracias.
El evangelista en el posterior diálogo con los discípulos pone de manifiesto su satisfacción por no haber impedido que su amigo Lázaro haya muerto pues para él la muerte no es un acontecimiento destructivo, irreparable, sino que marca el inicio de una condición infinitamente mejor que la precedente.
La parte central del pasaje es el diálogo con Marta. Jesús lleva a Marta a comprender qué sentido tiene la muerte de una persona querida. Marta se siente derrotada, superada: “Si hubieras estado aquí”. La muerte induce a sospechar la ausencia de Dios. Si Dios existe, ¿por qué la muerte?
El discípulo, explica, Jesús a Marta, no experimenta de hecho la muerte, sino que nace a otra nueva forma de vida, entra en el mundo de Dios, entra a formar parte de una existencia que no está sometida a límites ni a ninguna clase de muerte, como acontece aquí en la tierra. Es una vida sin fin. Es difícil explicar pues nos proyectaríamos en formas e imágenes de esta vida. “Ningún ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana concibió lo que Dios preparó para los que lo aman” escribe Pablo en 1 Cor 2,9.
Es importante la última escena. Se abre con el llanto de Jesús. La fe no hace al cristiano insensible, es normal derramar lágrimas cuando un amigo se va. Sabe que no está muerto, que es feliz y que vive con Dios, pero está triste porque, por un tiempo, permanecerá separado de él.
Al llanto sigue una orden: “¡Retiren la piedra!” Es una orden dirigida a la comunidad. Todas las barreras han sido abatidas, todas las piedras han sido retiradas el día de la Pascua para que pasemos de un mundo al otro sin morir.
El grito “¡Lázaro, sal afuera!” es el cumplimiento de su profecía: “Les aseguro que se acerca la hora, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán”. Todos aquellos que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán. Jn 5,25-29. De hecho, “el muerto” con todas las señales que caracterizan su condición, “los pies y las manos sujetados con vendas y el rostro envuelto en un sudario”, sale.
Es doloroso que un ser amado o un amigo nos deje, pero es egoísmo quererlo retener. Sería como impedir que un niño nazca. “Desátenlo para que pueda caminar”… repite hoy Jesús con dulzura a cada uno de sus discípulos, que no se resignan a la desaparición de un hermano o de una hermana. «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Jesús María Amatria, CMF.

