Deja que el Buen Pastor guíe tu vida
Evangelio: Juan 10:1-10
El cuarto domingo de Pascua se llama Domingo del Buen Pastor porque en cada uno de los tres años del ciclo litúrgico se propone un pasaje del capítulo 10 del Evangelio de Juan en el que Jesús en un extenso discurso a los judíos, proclama: “Yo soy el buen pastor”. En el ciclo A se relata la primera parte de este capítulo, donde curiosamente no se habla de Jesús como Buen Pastor, sino que solo se insinúa. La imagen central de este domingo es la de la puerta.
En la primera parte del relato se introduce la figura del verdadero pastor. El inicio contiene alusiones misteriosas a peligros, enemigos y atacantes: “Cualquiera que no entre al redil por la puerta, sino que suba por otro lado, es ladrón y salteador”. Luego entra en escena el verdadero pastor. La característica que lo distingue es la ternura, conoce a sus ovejas por su nombre y las llama “una por una”.
Jesús se interesa por cada uno de sus discípulos. Presta atención a los dones, las fortalezas y las debilidades de cada uno. Contempla con alegría a los corderitos jóvenes y ágiles. Juegan y corren, pero su consideración y atención se dirigen a los más débiles del rebaño. Comprende sus dificultades, no los presiona ni les impone un ritmo de vida insostenible, sino que evalúa su situación, los ayuda y los respeta.
En contraste con este pastor, aparecen ladrones y bandidos. ¿Quiénes son? ¿Cómo se les reconoce? ¿A quién compara Jesús con ellos? En su tiempo, existían “pastores”. Los líderes religiosos y políticos se hacían pasar por guías atentos al bienestar del pueblo, buscando únicamente sus propios intereses. Sus objetivos eran la dominación, el prestigio personal y la explotación; sus métodos eran la violencia y la mentira. No eran auténticos pastores. Así que, un día, ante la multitud, Jesús se compadeció de ellos “porque eran como ovejas sin pastor”.
En esta primera parte Jesús insiste en la “voz del pastor” que se “oye” se “reconoce” y se distingue inmediatamente de la de los extraños. Hoy, esta voz sigue resonando, nítida y viva, en la Palabra del Evangelio. Es la única que le resulta familiar al discípulo. Otras voces similares, aunque fuertes e insistentes, le resultan desconocidas. Quien es guiado por el Espíritu puede discernir la voz del pastor entre otras muchas voces.
En la segunda parte del pasaje que la liturgia nos propone hoy, Jesús aparece primero como “la puerta de las ovejas” y luego como “la puerta”. Es el guardián situado en la entrada, como una “puerta”. La puerta tiene una doble función: permitir el paso a los dueños e impedir la entrada de extraños. Puede pasar y es reconocido por las ovejas quien ha asimilado sus enseñanzas, quien está dispuesto a dar su vida como Él lo hizo.
La acción del pastor es traer vida y vida en abundancia. Por la puerta no solo pasan los pastores, también entran y salen las ovejas. Jesús también se presenta como la puerta de las ovejas. Las ovejas reconocen sus pasos y sus voces. Se levantaban y lo siguen, seguras de ser conducidas a pastos de hierbas frescas y a un oasis de agua pura y abundante. Los siguen porque se sienten amadas y protegidas. Solo quien pasa por Él llega a pastos fértiles, encuentra el “pan que sacia” (Jn 6 ) y el “agua que brota para vida eterna” (Jn 4), obteniendo así la salvación.
Jesús es una puerta estrecha porque pide generosidad, amor desinteresado por los demás, pero es la única que lleva a la vida: todas las demás son trampas, fosos que precipitan en abismos de muerte: “Ancha es la puerta que lleva a la perdición, y muchos van por ella” (Mt 7,13). . ¡Su bondad y misericordia me acompañan todos los días de mi vida!
Jesús María Amatria, CMF.

