
QUINTO DOMINGO DE PASCUA – CICLO A
Evangelio: Juan 14:1-12
El pasaje de hoy comienza con una frase que puede interpretarse desde otra perspectiva como se ha interpretado: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; de otra manera, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar. Y después de haberme ido y haberles preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo. Sin embargo, ustedes saben a dónde voy”
Esta casa no es el paraíso, sino la comunidad cristiana. Hay muchos lugares, es decir, muchos servicios, muchas tareas que realizar en ella. Hay muchas maneras en que el don de la vida se manifiesta. Los “muchos lugares” no son sino los “diversos ministerios”, las diferentes situaciones en las que cada uno está llamado a poner a disposición de los hermanos su capacidad, los muchos dones recibidos de Dios. La primera lectura de la liturgia de hoy nos lo muestra con la elección de los diáconos.
Hasta el Concilio Vaticano II, los laicos no eran considerados miembros activos de la Iglesia. No participaban, sino que asistían a la Eucaristía; no celebraban la reconciliación; acudían a recibir la absolución. A menudo eran meros espectadores de lo que hacían los sacerdotes. Hoy entendemos que todo cristiano debe ser activo, no por falta de sacerdotes, sino porque todos tenemos una labor que realizar en la comunidad.
Jesús dice que durante el ministerio no puede haber motivos para la envidia ni los celos. Los “lugares”, es decir, los servicios que se deben prestar a los hermanos son muchos. La sociedad civil se evalúa en función del poder, del prestigio social que confiere el dinero que se paga por él. El lugar preparado por Jesús, en cambio, se mide en función del servicio: el mejor “lugar” es servir más y mejor a la comunidad.
El pasaje invita, por tanto, a reflexionar sobre la vida comunitaria: ¿cuál es el porcentaje de miembros activos? ¿Hay compromisos que nadie quiere asumir? ¿Existen rivalidades por asumir responsabilidades? ¿Hay personas desempleadas? ¿Por qué?
La segunda parte del Evangelio de hoy se centra en la pregunta de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y con eso basta”. ¿Podemos ver a Dios? En el libro de Éxodo Moisés pidió al Señor: “Déjame ver tu gloria”, y Dios le respondió: «No puedes ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y vivir» (Éxodo 33,18-20). Pero también podemos leer: “Busco tu rostro, oh, Señor. No me escondas tu rostro” (Salmo 27,8-9); “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo iré a ver el rostro de Dios?” (Salmo 42,3).
Felipe parece interpretar este anhelo íntimo del corazón humano y piensa que Jesús puede satisfacer su aspiración secreta. Presenta una petición que parece hacerse eco de los sentimientos expresados por Moisés y los salmistas.
En su respuesta, Jesús nos muestra el camino para ver a Dios. Necesitamos mirarlo a Él. Él es el rostro humano que Dios ha tomado para manifestarse, para establecer una relación de intimidad, amistad y comunión de vida con las personas. Él es “la imagen del Dios invisible” Conocer al Padre no requiere argumentos ni razonamientos. No vale la pena perderse en investigaciones filosóficas insuficientes. Basta con contemplar a Jesús, observar lo que hace, dice, enseña sobre cómo comportarse y cómo ama a aquellos a quienes prefiere, a quienes atiende y acaricia, y por quienes se deja acariciar, con quienes cena, a quienes elige, a quienes defiende… porque el Padre así lo hace. La obra que Jesús cumple es la del Padre.
Hay un momento en que el Padre revela plenamente su rostro: en la cruz. Allí revela su amor supremo por la humanidad. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”, afirma Jesús. Pero esta visión no se limita a la mirada de conocer los acontecimientos. Se requiere una mirada de fe, una mirada que contemple la revelación de Dios en las obras de Jesús. Este ver equivale a creer. Se trata de entregarse a sí mismo por amor. Así el Padre seguirá realizando en los discípulos las obras de amor que realizó en Jesús. ¡Si Jesús esta en ti y contigo, está vivo y ya conoces a Dios!
Jesús María Amatria, CMF.

