“Hombre de poca fe, ¿Por qué dudas?”
LA FE MADURA EN MOMENTOS DE CRISIS
Evangelio: Mateo 14: 22-33
“Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti”, le dijo el ángel del Señor a Elías, que huía al desierto. “El profeta se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de ese alimento, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios” (1 R 19, 7-8). A esta famosa historia del don de pan y agua del ángel a Elías, siguió la revelación del Señor narrada en la Primera Lectura que nos presenta la liturgia de este domingo.
En el pasaje del Evangelio, la escena se repite. Los discípulos, alimentados con el pan que les ofreció Jesús, como contemplamos el domingo pasado, reciben la orden de ponerse en marcha, de subir a la barca para cruzar al otro lado. Al igual que Elías, les espera una revelación del Señor.
Hemos escuchado en el Evangelio, no una crónica, sino una lección de teología con imágenes bíblicas. El alimento que Jesús nos da es su Palabra y su propia persona presentes en el sacramento de la Eucaristía. Nutridos por este doble pan, tenemos la fuerza necesaria para caminar el difícil camino que Jesús nos va indicando.
La oscuridad es la imagen de la desorientación, la duda que atrapa incluso al creyente más convencido. A veces, aunque nos sintamos fuertes en la fe, nos sentimos solos. Hasta podemos llegar a experimentar la angustiosa sensación del silencio de Dios y preguntarnos si merece la pena seguir a Jesús, si el compromiso por hacer el bien tiene sentido.
Luego está el viento en contra. Los israelitas han experimentado el fuerte viento que azota el desierto. Se puede ver en el viento el razonamiento insensato de la gente, la mentalidad y los valores de este mundo en contraposición a la travesía que Cristo nos ofrece.
Los discípulos zarandeados por el viento y las olas temen ser vencidos por las fuerzas del mal y la muerte. Están en la oscuridad y no perciben al Maestro a su lado. Una situación dramática, pero inevitable, a la que deben enfrentarse. El texto original dice que son puestos a prueba. Las olas atormentan, casi torturan a los discípulos, pero son pruebas necesarias que deben superar si quieren seguir a Jesús con dignidad.
Hacia el final de la noche, Jesús aparece, caminando sobre las olas del mar, pero los discípulos no lo reconocen. Es la situación de las comunidades cristianas del tiempo de Mateo, también de las nuestras. Atormentadas por muchas pruebas, angustiadas por las dudas y, sobre todo, desorientadas por la ausencia del Maestro, quien les habría dado seguridad y valor. Creen que se trata de un fantasma.
El evangelista quiere iluminarnos. Jesús siempre está cerca de sus discípulos, incluso hasta el fin del mundo, como prometió, pero no es una presencia física, como cuando caminaba por los caminos de Palestina. Está presente de otra manera. También el día de Pascua sus discípulos sienten ver un fantasma. No es fácil percibir su presencia. Solo se le reconoce con los ojos de la fe.
La segunda parte del pasaje contiene un diálogo entre Jesús y Pedro. “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” Pedro, el primero de los discípulos, contempla al Maestro, el Resucitado. Sabe que está llamado a seguirlo, pero teme no lograrlo y le pide al Señor que le dé fuerzas.
Mientras mantenga la mirada fija en el Maestro, podrá acudir a él. Cuando su fe flaquea, cuando empieza a dudar de la decisión que tomó, se hunde y teme ser superado.
Es la descripción de nuestra condición. Quizá a nosotros también nos tenga que recriminar Jesús y decirnos “hombre, mujer de poca fe” sin embargo el sigue extendiendo su mano e invitándonos a cada uno de sus discípulos: vengan a mí ahora, síganme, no teman. Si confían en mi palabra, ni los vientos, ni las aguas de la muerte les asustarán, vendrá la paz. A nosotros nos toca imitar a los que estaban en la barca que le adoraron diciendo “Verdaderamente eres el Hijo de Dios”.
¿En quién pones tu esperanza? ¿A quién llamas en tus dificultades?
P. Jesús María Amatria, CMF.

