Para él todos están vivos.
Para entender el relato de Jesús tenemos que tener presente que: 1) La teología de los saduceos no admitía la resurrección de los muertos, mientras que los fariseos si creían en la resurrección después de la muerte. 2) En el antiguo Oriente estaba muy extendida la “ley del levirato”, que pretendía perpetuar el nombre y asegurar el mantenimiento de la propiedad familiar. (Deu 25, 5-10; Gen 38, 8). El matrimonio se entendía como como una “unidad económica”, más que una “unión afectiva”, emocional o sexual de un hombre y una mujer que están enamorados. Lo que estaba en juego era la descendencia y la posesión de la herencia, cosa que, en el caso de que haya otra vida, es un asunto que ya no interesa.
Jesús quiere dejar claro que, en cualquier caso, el Dios que se nos revela en Jesús, es Dios de vida. De ahí que, si Dios sigue siendo Dios para los que se nos van de este mundo, su destino no es la muerte, sino la vida. No sabemos cómo será esa vida. Lo que sabemos es que, con la muerte, no se acaba la vida. La vida sigue adelante. Y sigue, sin las limitaciones propias de esta vida, entre ellas, las inevitables limitaciones que entraña el amor conyugal y familiar.
Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. No pretende engañar a nadie haciendo descripciones fantasiosas de la vida, más allá de la muerte. Sin embargo, su vida entera despierta esperanza. Vive aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagia una confianza total en Dios. Su pasión es hacer la vida más humana y dichosa para todos, tal como la quiere el Padre de todos. Solo cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de su corazón creyente, la convicción que sostiene y alienta su vida entera: Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos son vivos”.
Su fe es sencilla. Es verdad que nosotros lloramos a nuestros seres queridos porque, al morir, los hemos perdido aquí en la tierra, pero Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama. No puede ser. Dios está compartiendo su vida con ellos porque los ha acogido en su amor insondable. El rasgo más preocupante de nuestra República Dominicana es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un Futuro último, y las pequeñas esperanzas de esta vida no terminan de consolarnos. Este vacío de esperanza está generando en muchos, la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena. Es fácil entonces el nihilismo total.
Y en estos tiempos de desesperanza, nos preguntamos: ¿no nos están pidiendo a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado y por el que muchos siguen preguntando, ¿no será el fundamento último en el que podemos apoyar nuestra confianza radical en la vida? Al final de todos los caminos, en el fondo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestras interrogantes y luchas, ¿no estará Dios como Misterio último de la salvación que andamos buscando? La fe se nos está quedando ahí, arrinconada en algún lugar de nuestro interior, como algo poco importante, que, en estos tiempos ya no merece la pena cuidar. ¿Será así? Ciertamente no es fácil creer, y es difícil no creer. Mientras tanto, el misterio último de la vida nos está pidiendo una respuesta lúcida y responsable.
Según el Teólogo K. Rahner, la experiencia de Dios consiste en «tomar conciencia más explícitamente y en aceptar libremente un elemento constitutivo del hombre, generalmente soterrado y reprimido, pero que es ineludible y recibe el nombre de gracia, y en el que Dios mismo se hace presente de modo inmediato». Amigos esta vida pequeña de cada uno de nosotros, llena de trabajos, sufrimientos, lágrimas y algunas pequeñas alegrías, se convertirá por fin en Vida, Amor, Felicidad.
Esta respuesta es decisión de cada uno. ¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte, como una falsa ilusión que no nos ayuda a vivir? ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia confiando que ahí encontraremos la respuesta, la acogida y la plenitud que andamos buscando ya desde ahora? La actitud fundamental del cristiano, es la alegría, como orientación de todo su ser. Con esta actitud deberían recibirse todas las experiencias de la vida, incluso las del sufrimiento y la muerte.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

