Tendrán ocasión de dar testimonio.
Es la última visita de Jesús a Jerusalén. Algunos de los que lo acompañan se admiran al contemplar la belleza del templo. Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente. Sus ojos de profeta ven el templo de manera más profunda: en aquel lugar grandioso no se está acogiendo el reino de Dios. De pronto, sus palabras han roto la insensibilidad y el autoengaño que se vive en el entorno del templo. Aquel edificio espléndido está alimentando una ilusión falsa de eternidad. Aquella manera de vivir la religión, sin acoger la justicia de Dios ni escuchar el clamor de los que sufren, es engañosa y perecedera: todo aquello será destruido.
Las palabras de Jesús no nacen de la ira. Menos aún, del desprecio o el resentimiento. El mismo Lucas nos dice un poco antes que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús se echó a llorar. Su llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta de la compasión sí. Jesús llora ante Jerusalén porque ama la ciudad más que nadie. Llora por una «religión vieja» que no se abre al reino de Dios. Sus lágrimas expresan su solidaridad con el sufrimiento de su pueblo, y, al mismo tiempo, su crítica radical a aquel sistema religioso que obstaculiza la visita de Dios: Jerusalén (¡la ciudad de la paz!) no conoce lo que conduce a la paz porque está oculto a sus ojos.
En medio de las persecuciones y la tribulación, es necesario enfrentarse a la crisis con paciencia. «Con su perseverancia salvaran sus almas». El término significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades de la vida, paciencia activa. Apenas se habla de la paciencia en nuestros días y, sin embargo, pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de grave crisis socio-cultural, incertidumbre generalizada y frustración existencial. En nuestra sociedad dominicana son muchos los que viven hoy a la intemperie y, al no poder encontrar cobijo en nada que le ofrezca sentido, seguridad y esperanza, caen en el desaliento, la crispación o la apatía.
El ser humano animado por esta paciencia, no se deja perturbar por las tribulaciones y crisis de la existencia. Mantiene el ánimo sereno y confiado. Su secreto es la paciencia fuerte y fiel de ese Dios que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas. Por eso, el ser humano paciente no se irrita ni se deja deprimir por la tristeza. Contempla la vida con respeto y hasta con simpatía. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia a su manera. Lucha y combate día a día, precisamente porque vive animado por una esperanza. «Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4, 10).
La paciencia del creyente se enraíza en ese Dios Amigo de la vida. A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra. En él ponemos nuestra esperanza.
Esta sociedad dominicana tan querida por Dios, vive sufriendo. No acierta con el camino que la podría conducir a una vida más digna y más dichosa. Lo importante es «perseverar»: no desviarnos del Evangelio; buscar siempre el Reino de Dios y su justicia, no nuestros pequeños intereses; actuar desde el espíritu de Jesús, no desde nuestro instinto de conservación; buscar el bien de todos y no sólo el nuestro. No nos engañemos: el que realmente piensa en la felicidad de todos es Dios, no nosotros. «Perseverar» no es repetir de manera vacía, palabras que ya no dicen nada, sino encender nuestra fe en contacto directo y personal con Cristo. «Perseverar» no es ponemos a la defensiva ante cualquier cambio, sino mantener la capacidad de escuchar la acción de Dios en nuestros días. «Perseverar» no es exigir a otros, sino vivir nosotros en continua conversión.
Centrarnos en lo esencial. Cada ser humano tiene sus propios problemas, dificultades y búsquedas. No hemos de perder la calma, sino asumir nuestra propia responsabilidad. No se nos pide nada que esté por encima de nuestras fuerzas. Contamos con la ayuda del mismo Jesús: «Yo les daré palabras y sabiduría»… Incluso en un ambiente hostil de rechazo o desafecto, podemos practicar el evangelio y vivir con sensatez cristiana. En los tiempos difíciles «tendrán ocasión de dar testimonio». Es ahora el momento de ser testigos humildes pero convincentes de Jesús, de su mensaje y de su proyecto.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

