El evangelista Juan insiste en nuestra necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo, por medio de un lenguaje muy fuerte: Según él, es necesario comer a Jesús: «El que me come a mí, vivirá por mí». Sólo así experimentaremos en nosotros su propia vida.
PAN Y VINO. Empobreceríamos gravemente el contenido de la eucaristía, si los creyentes olvidáramos que en ella encontramos el alimento divino que ha de nutrir nuestra existencia. Ciertamente la eucaristía es una comida compartida por hermanos unidos en una misma fe, pero aun siendo muy importante esta comunión fraterna, lo decisivo de ella es la unión con Cristo, que se nos da como alimento.
Para redescubrir el hondo significado de la eucaristía, debemos recuperar el sentido básico del pan y del vino que el hombre necesita comer y beber, para subsistir. La sociedad contemporánea está perdiendo la capacidad de descubrir el significado real de los gestos básicos del ser humano.
Ese pan y ese vino que se convertirán en «pan de vida» y «cáliz de salvación» para los cristianos, será la «verdadera comida» y «verdadera bebida» que nos dice Jesús, la cual alimentará nuestra vida sobre la tierra, invitándonos a trabajarla y mejorarla, y nos sostendrá mientras caminamos hacia la vida eterna.
Alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; es interiorizar sus actitudes básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores haciendo de él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio.
LA EUCARISTÍA «DICE MUCHO». Se suele escuchar con frecuencia: «La misa no me dice nada». Las razones pueden ser diversas: actuación rutinaria del celebrante, desconocimiento del significado de los gestos litúrgicos, lenguaje alejado de la realidad actual. Sin embargo, la razón es fundamental: por muy cálida y viva que sea la celebración, si la persona no participa interiormente y se abre a Dios en cada momento, la Eucaristía «no le dice nada».
En el desarrollo de la Eucaristía, hay cuatro etapas importantes que necesitamos vivir con la actitud apropiada. El primer momento es de encuentro. Llegamos a la Iglesia, nos saludamos y formamos entre todos la asamblea litúrgica. Es momento de acogernos mutuamente y preparar nuestro corazón para la celebración. Los ritos iniciales nos ayudan a distanciarnos de nuestro ritmo de vida a veces tan agitado y tenso, a despertar nuestra fe, a pedir perdón y disponernos a vivir un encuentro gozoso con Dios.
El segundo momento es de escucha. Escuchamos sentados la Palabra de Dios. Después de oír durante la semana tantas palabras, noticias, comentarios e información, ahora nos disponemos a escuchar una Palabra diferente, capaz de iluminar y orientar nuestras vidas; La Palabra que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Ante el Evangelio nos ponemos de pie, pues las palabras de Jesús Son «espíritu y vida».
El tercer momento es de acción de gracias. Estamos de pie y unidos al celebrante, que en nombre de todos, pronuncia la plegaria eucarística con «los corazones levantados hacia el Señor» dando gracias y alabando su bondad. Aquí ya no se predica ni se enseña, no se analiza ni se medita. Estamos en el corazón de la Eucaristía y lo importante es la alabanza y el profundo agradecimiento a Dios por el regalo de su Hijo Jesucristo.
El último momento es de comunión y encuentro íntimo con el Señor. Todo nos conduce a participar en la mesa preparada para nosotros: el «Padrenuestro» que nos recuerda que somos hermanos, hijos de un mismo Padre; el gesto de la paz que nos reconcilia e invita al mutuo perdón; la procesión hacia el altar para extender nuestra mano y alimentarnos del Señor. Es el momento de comulgar con Cristo y con los hermanos. A quien la vive desde dentro, la misa «le dice mucho».
ORACIÓN. Oh Dios, Padre nuestro, Madre nuestra: Tú que quieres que nuestra Comunidad de CLARET sea ejemplo de fraternidad, de común-unión, de compartir, de vivir la eucaristía como fuente y culmen de nuestra vida cristiana. Tú, que partes para nosotros y repartes el pan y la palabra para alimentarnos y renovarnos, haznos cada día más coherentes con nuestra propia Humanidad. AMÉN.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

